CHILLA LA COCHINA, PAPÁ

En el tiempo que se desarrolla esta historia, por allá de los años setenta, todavía se acostumbraba en Coscometepec, Ver., frío y húmedo pueblo de la serranía, que el matancero sacrificaba los sábados en su casa, con el  método de colgar al cochino de las patas traseras y degollarlo, hundiéndole un cuchillo en la yugular, de manera que el animal se desangraba, pero antes de morir chillaba durante interminables minutos a todo pulmón, de manera que el vecindario completo se enteraba de que estaban sacrificando. De ahí surge la expresión de “a chillidos de marrano, oídos de matancero”. De manera similar, cuando alguien hace la advertencia de que si pasa tal cosa, chilla la cochina, se está refiriendo a que se va a armar un chisme gordo y que todo el pueblo se va a enterar.

Otro cometario previo es este:

El ganado de la raza Angus es lo mejor que hay para filetes. Originario de las serranías de Escocia, se adapta de preferencia a zonas húmedas y templadas. Se caracteriza por su mansedumbre.

Pues bien, esta historia es en torno a don Úrsulo Schraut, gigantesco alemán de ojos azules coléricos, intransigente consigo mismo y con el mundo, sobre todo en cuestiones de trabajo. No toleraba la ineficiencia ni la lasitud de los mexicanos, pero sobre todo le desesperaba la poca sal que muchas veces demostraban tener en la mollera. Su devoción al trabajo y su rectitud parecían tener la flexibilidad de una roca.

Don Úrsulo llegó a México en una de tantas oleadas de inmigrantes que arrojaron a nuestro suelo a muchos europeos y árabes que venían huyendo de la Primera y Segunda Guerras Mundiales y otros conflictos bélicos y climáticos de aquellos rumbos durante la primera mitad del siglo XX.

Pero como este mundo es de contrastes, don Úrsulo, que se había casado con una mexicanita de buen ver tan pronto tuvo centavos suficientes para hacerse de una propiedad adonde llevarla a vivir, había engendrado hijos, uno de los cuales, también de nombre Úrsulo, era completamente lo contrario de su padre: fiestero, parrandero y dado a muchos vicios.

Don Úrsulo trabajaba como burro de sol a sol, todos los días, en el rancho ganadero “Bavaria”. Llevaba ese nombre en honor a la región de Alemania de donde era originario el hombre, tan trabajador y tan recto, que por lo mismo de vez en cuando se daba ciertos permisos según él juzgaba pertinente, siguiendo quién sabe qué criterios de libertad a cambio de trabajo duro. Así, cada dos o tres años se iba a Alemania a visitar a sus familiares, a beber mucha cerveza en el Oktoberfest y por lo general de regreso traía diversas cosas para su casa o para su rancho, tales como las navajas suizas, que en aquel tiempo era prácticamente imposible conseguir en este lado del mundo.

Por cierto que en aquellos años el transporte era más complicado: las mercaderías de Europa llegaban por barco al igual que mucha gente. Sólo unos cuantos podían darse el lujo de viajar en avión. Si en nuestros días de la globalización es difícil trasladar mercancías de un país a otro, en aquellos años era bastante más complejo. Más aun tratándose de seres vivos. Traer un animal era casi milagroso, entre otras cosas por las trabas fitozoosanitarias, ya que los criterios no eran uniformes de un país a otro, y ya ni hablar en el caso de que se tratara de naciones en donde hubiera usos idiomáticos diferentes.

Ahora bien, las pocas veces que Úrsulo hijo llegaba a poner pie en el rancho era: para pedir dinero, cuando el papá estaba, o para hacer una fiesta, cuando no.

Lo único que sabía del ganado era que se vendía para ganar dinero o se destazaba para guisarlo y comerlo.

En una de estas ocasiones, Úrsulo hijo aprovechó la ausencia del hombrón bilioso para dar una fiesta en el rancho: una carne asada a la que toda la juventud de la región había sido convocada.

Unos compraron la cerveza –varios barriles, al más puro y refinado estilo alemán – otros llevaron cacahuates, chicharrones, guacamole y demás botana.

Así pues, la víspera fueron Úrsulo y sus amigos a llevar mesas, sillas, barriles de cerveza y demás al rancho. Pero, sobre todo, fueron a hacerse con el becerro que iban a sacrificar.

Resultó que en el corral había un animalito no muy grande, mansito, negrito, todo él muy simpático.

–Pues éste –, decidió Úrsulo, considerando que por tratarse de un animal jovencito, le hacía menos mella a la economía del rancho que si se llevaba una vaca o un novillo.

Al cabo de las semanas que don Úrsulo regreso de Alemania, lo primero que hizo fue ir al rancho a supervisar que todo caminara adecuadamente, que no se hubiera muerto ningún animal, que las indicaciones que dejara se hubieran cumplido a cabalidad, etc.

Desde luego, inmediatamente echó de menos el becerro del corral.

–¿Dónde está? –, preguntó a sus vaqueros.

–¿Cuál?

–El semental Angus que me llegó de Europa antes de que me fuera de viaje: uno negro.

–Ah–, le respondió uno de los vaqueros, muy animado al tener la rara oportunidad de ser fuente de información novedosa para su patrón –: Ése lo preparó su hijo a las brasas y se lo merendó con sus amigos, por cierto que dijeron que la carne estaba buenísima: muy suavecita.

Al oír esto, claro que don Úrsulo casi se murió del coraje. Arrojaba espumarajos e imprecaciones en alemán y en su dialecto bávaro nativo, a la vez que maldecía el momento en que decidió dejar su tierra y poner pie en suelo mexicano. Reprendió a los vaqueros por no haberle advertido al hijo del animal tan especial que se estaba llevando, traído directamente desde las serranías de Escocia.

Se explicó uno de los vaqueros:

–Nosotros dijimos: Úrsulo es patrón también, es el patroncito, como quien dice: él ha de saber. A lo mejor usted le había dejado dicho que lo probara para ver si la carne era suave o así, ¿no, patrón?

Don Úrsulo estaba que se daba al diablo. Mandó llamar a su hijo. Lo amonestó, reprendió e incluso ofreció dárselo en sacrificio a las fuentes prístinas, árboles centenarios, Valquirias del bosque y demás deidades bávaras paganas, para así, de paso, liberar a la humanidad de tan pernicioso ser como era su hijo adolescente.

Úrsulo hijo se limitó a murmurar.

–Tienes razón, papá: me equivoqué, pero ya párale ahí porque chilla la cochina.

–¡Cómo! ¿También mataste una cochina?

–No, no, pero mejor así déjalo.

Don Úrsulo continuó profiriendo maldiciones el resto de la semana, le reclamó a su mujer por haberle dado un vástago tan cretino y terminó por acudir a la policía a denunciar a todos los amigos que habían participado en el convivio, incluido su hijo: por cómplices de abigeato: el robo del manso sementalito.

Una vez más, Úrsulo en voz muy mesurada, dijo:

–Ya déjalo ahí porque chilla la cochina, papá.

Para entonces, el iracundo alemán ya había desfogado ira suficiente, de manera que se controló un instante y preguntó:

–¿De qué estás hablando?

–De que en mi misma escuela va un muchacho casi de mi misma edad, que se llama Úrsulo como tú y como yo, y tiene nuestro apellido. Es hijo de una señora italiana muy guapa que a mí se me hace que a lo mejor hasta llegó contigo de Europa en el mismo barco en que tú venías.

Don Úrsulo palideció. Estaba mudo.

–Así que mejor ahí deja el asunto, papá, porque chilla la cochina y todo mundo se va a enterar, empezando por mi mamá.

Don Úrsulo retiró la denuncia, se tragó su coraje y hasta ahí quedó la cosa. La esposa se enteró años después y armó tremendo escándalo, pero eso es otra historia.

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