EL FINAL DEL TURNO

Por: @vergaracesar1

Las cuatro de la mañana.  Le dicen la hora de las brujas: los que están por terminar la guardia ya se encuentran más dormidos que despiertos, mientras que quienes inician a esas horas, aún no se han despabilado por completo.

Noche de perros, además: un frío de ésos que se dejan sentir con profusión de humedad y que calan hasta los huesos. En noches así las sábanas se sienten húmedas, apochcahuadas, diría mi abuela.

Cama. Eso era lo que ya pedían los oficiales de la policía de caminos que hacían el recorrido por la sierra cerca de Juchitán, Oaxaca. Seca, húmeda, como fuera. Ansiaban llegar a dormir.

La niebla hasta abajo, que casi no se podía ver poco más allá de las narices propias.

Y a esas horas luego de tanto andar, el motor irradiaba un calorcito hacia el resto de la patrulla, como si todo no fuera más que un malévolo plan para que Juan Domínguez, primer oficial, se quedara dormido al volante.

Su acompañante no iba mucho mejor, con los ojos irritados, que daban comezón;  frotándose la cara con frecuencia con las manos para espantar el sueño: ya no traía chicles ni cigarros.

El radio de frecuencia policiaca en silencio: nada que reportar a esas horas.

Vuelta en redondo en el límite de la demarcación y ya nada más una larga, insoportable media hora para volver a la base.

Aún tendrían que llegar a rendir su informe: sin novedad, por lo menos esta vez, y eso si nada surgía sorpresivamente en el último tramo del trayecto, como es clásico que ocurra. Casi siempre se iban a la cama con la luz del día.

¡Qué nochecita! Sólo el rítmico vaivén de los limpiaparabrisas, como queriendo hipnotizar a los policías.

En noches como esta no sería difícil, tampoco inverosímil, ver a la Llorona cruzar la carretera, o al hombre lobo, o al chupacabras…

Pero los policías no vieron nada de eso; el primer oficial Juan Domínguez vio, por un instante pero nítidamente, la fantasmagórica imagen de una jirafa a galope tendido, en dirección opuesta a ellos, por el carril contrario.

–Estoy cansado–, se dijo.

Su acompañante, segundo oficial Demetrio Sánchez, que ya cabeceaba, se obligó a abrir bien los ojos cuando por un lado del camino vio pasar lo que bien pudo haber sido un camión sin luces, pero a juzgar por la trompa y las orejotas, agitándose al ritmo de la carrera del animal, más bien tenía cara de elefante.

–Ya estoy soñando con los ojos abiertos—se recriminó –. No se me vuelven a olvidar mis chicles, y cada vez que inicie turno, he de acordarme de comprar cigarros.

Juan Domínguez encendió momentáneamente las luces altas para distinguir cómo entre la bruma cobraba forma un melenudo león africano bostezando.

–Qué nochecita –, dijo para sí–. Voy a solicitar mi cambio de turno, para la noche ya no sirvo: veo visiones.

Abruptamente, al salir de una curva cerrada, hallaron un camión del circo volcado sobre la cuneta. Varias jaulas abiertas y retorcidas por el accidente.

Los policías federales de caminos se miraron entre sí.

–¿Entonces tú también viste la jirafa?

–Sí, ¿y el elefante?

–sí, ¿Y el león?

Encendieron las luces de la torreta y descendieron de la patrulla.

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