LA DESPEDIDA

POR: @vergaracesar1

A toda carrera, Oscar llegó al rancho, no como quien va a cobrar herencia, sino como quien va a despedir a un moribundo antes de que sea tarde.

Dejó la camioneta estacionada frente a la casa grande, sin preocuparle en lo más mínimo si quedaba bien estacionada o estorbaba el paso de otros vehículos.

Como un vendaval entró a la casa y al mismo paso corrió escaleras arriba.

Su esposa e hijos lo siguieron casi con la misma premura.

Rápidamente intercambió miradas con sus hermanos menores y su madre, quienes aguardaban rezando en voz baja afuera de la habitación principal. Comprendió el hombre maduro que no había un instante que perder. Entró sin tocar.

En la cama, al fondo de la habitación en semipenumbra, se cernía el viejo. Entre la tos del aire que huía de sus fatigadísimos pulmones y los espasmos que anunciaban el final inminente, alcanzó a decir, con una voz en que se mezclaban ira, desesperación y consuelo:

–¡Pen… pendejo! mero y… ¡mero y no llegas!

Un nudo en la garganta le impidió a Oscar responder nada. No atinó sino a mirar a su anciano padre con los ojos cuajados en llanto.

Éste, que no estaba para pausas, al borde del sofoco, indicó:

–Pronto, híncate; tu mujer, tus hijos: hínquense todos: les voy a dar mi bendición.

Los familiares de Oscar habían llegado justo a tiempo para acatar la voluntad del moribundo.

Ya que todos estuvieron de hinojos, habló el agonizante viejo, con una voz que se mantuvo firme cuando dijo:

–Bendita sea la tierra que pises tú, y toda tu descendencia.

Con mano igualmente firme hizo la señal de la cruz. En silencio, todos se persignaron.

–Ahora, que se salgan todos, quiero estar a solas contigo.

Antes de que la puerta se cerrara, una de las hermanas de Oscar vino con un vaso de agua y medicina.

–Dice el doctor que se tome esto.

Oscar permanecía mudo. Se acercó a la cama. Al fin reunió valor para hablar:

–Tómese esto, papá: le va a hacer bien.

El anciano, que una vez habiendo cumplido con la sagrada misión de bendecir a su hijo mayor, se hallaba más despreocupado, ahora sí en los últimos estertores, aclaró:

–Ya no: así es como me quería yo ir: me quiero morir en tus brazos, hijo.

Se abrazaron.

No había nada más que decir.

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