SUEÑO MARINO

Por: @vergaracesar1

En aquel tiempo yo era el capitán de un barco, un bergantín.

Yo iba al timón.

Michelle venía con su dama de compañía; se hospedaban en el camarote. Tenía el cabello ensortijado igual que ahora, pero completamente negro. Vestía de azul, azul claro el vestido con una mantilla en la cabeza haciendo juego.

Me dolían las piernas, en especial la cicatriz en la parte posterior del muslo izquierdo: eran las heridas antiguas provocadas por la metralla de un cañón.

 En ese tiempo mi mamá no era mi mamá sino mi hermana. Era muy jovial. Quería mucho a Michelle.

Michelle entonces no se llamaba Michelle sino Dora.

Ser capitán es cansado, duele. Es una lucha constante, interminable por mantener el control, hacer que la gente obedezca nuestra voluntad siempre. Es un permanente esfuerzo por contener el llanto, la frustración. Un interminable rechinar de dientes y dolor de mandíbulas.

A mí no me gustaba gritar, pero era la única forma de mantener el rigor y la disciplina.

Michelle sentía por mí más miedo que amor, aunque sí me quería.

Un día me hice a la mar.

Nos cayó encima una tormenta atroz, infame, inmisericorde. Las olas saladas cual agujas de hielo subían por los costados del navío como una invasión que atería los sentidos, entumía los dedos aferrados al timón, a la borda, a las rugosas cuerdas. La lluvia casi horizontal azotaba en el rostro, se metía por los adoloridos ojos, como si quisiera llegar al cerebro; hería los brazos desnudos.

Nos habíamos salido de rumbo y estábamos muy al sur.

Perdí a todos mis hombres.

Se hundió mi barco.

Y yo me hundí con él.

Dora lloró mucho.

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