EL GAMBUSINO DE COATEPEC

POR: @vergaracesar1

A finales de la década de los ochenta, en una región tan tradicionalista y provinciana como es Coatepec, Veracruz, se organizó la búsqueda de un tesoro. La leyenda había circulado en la familia desde los tiempos del abuelo Simón, aquel hombrazo rubio de ojos azules, alto y fornido como un roble que llegó de España siendo niño, a abrirse camino en tierra tropical: “en la Casa de Altos espantan porque hay un tesoro enterrado”, pero nunca había pasado del comentario hasta ese momento, en que estaban en pláticas para venderla. El primo Lucino dio una enérgica opinión:

–       Pues hay que escarbarle antes de deshacernos de ella

De inmediato se unieron a la partida los familiares más entusiastas, o los más ambiciosos. Antes que canta un gallo, ya habían conseguido un gambusino, es decir, una persona especializada en este tipo de menesteres.

Acordaron verse para tal día en una cafetería de Coatepec, para charlar sobre el tema. El gambusino, de nombre Reyes, resultó  ser un hombrón gigantesco, de más cien kilos de peso, cuadrado como un ropero y luengas barbas. Les hizo saber que él contaba con amplia experiencia en la extracción de tesoros, que había recuperado doblones españoles frente a las costas de Antón Lizardo, que contaba con tales y cuales aparatos para detectar metales, aunque estuvieran enterrados a muchos metros de profundidad, y por si fuera poco, poseía sensibilidad y clarividencia particulares, que le permitían saber con exactitud en qué parte podía hallarse algún tesoro.

Lucino y compañía se convencieron de que él era la persona que necesitaban. Acordaron los porcentajes a repartirse una vez encontrado el cofre lleno de monedas de oro o lo que hallasen, yconvinieron iniciar los trabajos a la mañana siguiente, y así fue. Desde temprana hora se dieron a la tarea de recorrer el caserón aquel, de sótano a techo, sin dejar de revisar un solo rincón, con detectores de metales muy sofisticados, que tenían unos alambritos en forma de ele y, asidos en los puños, se movían solos, conforme particulares corrientes de esotérica energía los guiase, mientras el hombre extendía las palmas extendidas de sus manazas. Hacia ese mediodía, Reyes concluyó:

–       El tesoro se halla en el patio central

Y hacia allá fueron. El lugar exacto lo indicaron los alambritos aquellos, al ponerse en cruz uno sobre el otro:

–       aquí es  – confirmó.

Las excavaciones comenzaron. Éste fue un peregrinar de tías, primos, ahijados y amigos que, picados de curiosidad y un poquito de codicia, desfilaban por el caserón de varios siglos de antigüedad, donde a lo largo de los años varias familias habían asentado sus reales desde la época de la Colonia y donde comprensiblemente habían llevado a cabo construcciones, demoliciones y fortificaciones conforme les era menester en su momento.

Pero al cabo de las semanas, lo que había sido emoción y gusto, desapareció para dar paso al tedio. Poco a poco, los curiosos desaparecieron. No era muy emocionante pasar las horas viendo a Mateo echar paladas y más paladas de tierra. Mateo era chiquilicuatro * y rebejillo **, rubio tostado de ojos verdes, lo que se dice un güero de rancho, cuya peculiaridad consistía en ser sordomudo. Empleado de Lucino, éste lo había asignado para ser el cavador de la “expedición”.

A este chiquilín le correspondía el pesadísimo trabajo de excavar, ora con pico, ora con pala, mientras el resto de la expedición (el gambusino, el tío Juan, Jorge y el primo Lucino, todos ellos por el metro ochenta y tantos de estatura, y una robustez y barrigas de concurso) lo observaban atentamente, no fuera a ser que de repente apareciera alguna moneda de oro, y que éste se la embolsase. En una de tantas sesiones, Reyes, compadeciendo al pobre muchacho por el duro trabajo, pidió que cesara la acción y les indicó :

–       Este tesoro está enterrado muy profundo. Con mis poderes lo voy a subir aunque sea un poco, para que nos sea más fácil sacarlo

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Acto seguido, cerró los ojos y se puso en trance. Poco después, informó:

–       Ya siento el tesoro, está muy hondo

Posteriormente, con sus fierritos en forma de ele en sendas manos, apuntando hacia abajo en algún punto frente a sí, procedió a hacer esfuerzos sobrehumanos, siempre con los ojos bien apretados, frunciendo el entrecejo y haciendo muecas por el intenso empeño que ponía. Al mismo tiempo, iba levantando los brazos muy lentamente, hasta que los alambritos, en vez de apuntar a las rodillas, terminaron por apuntar a la panza de la persona que tenía delante.

–       ¡ya!  – dijo en tono triunfal.

Enjugándose el sudor, producido por tamaño esfuerzo mental, aclaró:

–       Logré levantarlo medio metro, está muy profundo, debemos seguir –

Lucino hizo una seña y Mateo reanudó la tarea.

Un buen día, cuando ya habían sacado camionadas de tierra y el agujero llevaba unos diez metros de profundidad, hallaron una especie de anillo perfectamente cilíndrico, un brocal preciosamente tallado en piedra, más allá, se abría un abismo, cuyo fondo no se alcanzaba a vislumbrar con la luz de las linternas.

–       Allí está el tesoro, ésta es la entrada que lleva a él –  afirmó el gambusino –

Los participantes de la aventura, se miraron entre sí, nadie podría caber por el estrecho pasadizo gracias a sus anchas espaldas, por no hablar de sus tremendas barrigas. Nadie… salvo el sudoroso mudito que, sofocado, jadeaba recargado en una pala.

–       Mateo – ordenó Lucino – vas para adentro – y acompañó sus palabras, de elocuente gesto.

Un torrente de biliosos balbuceos incomprensibles fue la respuesta. El hombrecito no se movió de su lugar, en cambio, seguía emitiendo sonidos guturales mientras señalaba el antro y luego alzaba las manos al cielo como dando a entender: ¡pero a quién se le ocurre!

Trajeron una soga, pero para atársela a la cintura, fue forzoso inmovilizarlo entre todos. Él se resistía.

–       órale, mudo, tú puedes – lo alentaban entre exhorto y amenaza.

Ataron el cabo de la soga a un árbol, y para meter al hombrecito al hoyo, tuvieron que llevarlo en vilo. Mateo profería entrecortados gritos y amenazaba con los puños mientras tiraba mordiscos. Al final, casi a patadas, lo hicieron pasar por el angosto orificio y le dieron soga. Poco a poco, lo fueron bajando cosa de diez metros.

–       ¿cómo vas, Mateo?

Pujidos biliosos subían desde las profundidades.

–       oigan – dijo alguien – ¿Cómo nos va a explicar lo que vio allá abajo?

Luego de lo que consideraron un plazo razonable, izaron al mudo. Mateo salió del antro, iracundo, con el rostro desencajado. Al borde del paroxismo, se dio a la tarea de señalar a cada uno de los miembros de la expedición, menos a Lucino, que a fin de cuentas era su jefe. Después hizo una pantomima, como si tocara el violín y apuñalara a éste con el arco, clavando éste hasta la empuñadura, lo que se dice hacer un violín. Al mismo tiempo, su balbuceo incoherente no cesaba.

–       ¿qué viste, mudo? – le preguntó el tío Juan, muy comedido.

Por toda respuesta, Mateo renovó la pantomima de cruzar un brazo por encima del otro con los puños cerrados, señalando a cada uno, para hacerle entender que era él y ningún otro, el receptor de tal majadería. Esta vez fue Lucino el que le preguntó:

–       ¿Qué viste allá abajo, Mateo?

Y de nueva cuenta, el güerejo sordomudo, presa de un terrible coraje, que no alcanzaba a externar, volvía a su gutural balbuceo, y a señalar a cada uno, para luego mentárselas de aquella manera poco verbal pero efectiva. A todos, pero a su jefe no, a éste, le hizo una seña con las palmas de las manos hacia abajo,  indicando que tuviera paciencia, y nuevamente hizo una ronda de frescas a todos los presentes, mientras sus gimoteos transmitían claramente su intención, por más que no utilizara verbo ni vocablo alguno.

Ya con la ira un tanto disminuida, le explicó a Lucino a qué lugar lo habían hecho descender. Él desde un principio, supo de qué sitio se trataba, de ahí su negativa profunda al forzado descenso y más claro tenía, que ahí no se encontraba tesoro alguno, ni nada que lo pareciese. La pantomima de Mateo no podía ser más elocuente. Acuclillándose, se llevó una mano al rostro, como quien piensa o hace alguna cosa con suma intensidad. El brocal aquel tan labrado, no era sino la boca de una letrina, y la caverna del supuesto tesoro era el lugar adonde iba a parar todo aquello de lo que la gente se desprende cuando va de visita a tales lugares. Se trataba de una antigua fosa séptica.

Finalmente Lucino y sus familiares cerraron el trato y cumplidas las fechas, entregaron la casa llena de agujeros en pisos y  muros. Del tesoro, jamás hallaron la mínima huella. La Casa de Altos es, hoy, una cafetería.

A finales de la década de los ochenta, en una región tan tradicionalista y provinciana como es Coatepec, Veracruz, se organizó la búsqueda de un tesoro. La leyenda había circulado en la familia desde los tiempos del abuelo Simón, aquel hombrazo rubio de ojos azules, alto y fornido como un roble que llegó de España siendo niño, a abrirse camino en tierra tropical: “en la Casa de Altos espantan porque hay un tesoro enterrado”, pero nunca había pasado del comentario hasta ese momento, en que estaban en pláticas para venderla. El primo Lucino dio una enérgica opinión:

–       Pues hay que escarbarle antes de deshacernos de ella

De inmediato se unieron a la partida los familiares más entusiastas, o los más ambiciosos. Antes que canta un gallo, ya habían conseguido un gambusino, es decir, una persona especializada en este tipo de menesteres.

Acordaron verse para tal día en una cafetería de Coatepec, para charlar sobre el tema. El gambusino, de nombre Reyes, resultó  ser un hombrón gigantesco, de más cien kilos de peso, cuadrado como un ropero y luengas barbas. Les hizo saber que él contaba con amplia experiencia en la extracción de tesoros, que había recuperado doblones españoles frente a las costas de Antón Lizardo, que contaba con tales y cuales aparatos para detectar metales, aunque estuvieran enterrados a muchos metros de profundidad, y por si fuera poco, poseía sensibilidad y clarividencia particulares, que le permitían saber con exactitud en qué parte podía hallarse algún tesoro.

Lucino y compañía se convencieron de que él era la persona que necesitaban. Acordaron los porcentajes a repartirse una vez encontrado el cofre lleno de monedas de oro o lo que hallasen, yconvinieron iniciar los trabajos a la mañana siguiente, y así fue. Desde temprana hora se dieron a la tarea de recorrer el caserón aquel, de sótano a techo, sin dejar de revisar un solo rincón, con detectores de metales muy sofisticados, que tenían unos alambritos en forma de ele y, asidos en los puños, se movían solos, conforme particulares corrientes de esotérica energía los guiase, mientras el hombre extendía las palmas extendidas de sus manazas. Hacia ese mediodía, Reyes concluyó:

–       El tesoro se halla en el patio central

Y hacia allá fueron. El lugar exacto lo indicaron los alambritos aquellos, al ponerse en cruz uno sobre el otro:

–       aquí es  – confirmó.

Las excavaciones comenzaron. Éste fue un peregrinar de tías, primos, ahijados y amigos que, picados de curiosidad y un poquito de codicia, desfilaban por el caserón de varios siglos de antigüedad, donde a lo largo de los años varias familias habían asentado sus reales desde la época de la Colonia y donde comprensiblemente habían llevado a cabo construcciones, demoliciones y fortificaciones conforme les era menester en su momento.

Pero al cabo de las semanas, lo que había sido emoción y gusto, desapareció para dar paso al tedio. Poco a poco, los curiosos desaparecieron. No era muy emocionante pasar las horas viendo a Mateo echar paladas y más paladas de tierra. Mateo era chiquilicuatro * y rebejillo **, rubio tostado de ojos verdes, lo que se dice un güero de rancho, cuya peculiaridad consistía en ser sordomudo. Empleado de Lucino, éste lo había asignado para ser el cavador de la “expedición”.

A este chiquilín le correspondía el pesadísimo trabajo de excavar, ora con pico, ora con pala, mientras el resto de la expedición (el gambusino, el tío Juan, Jorge y el primo Lucino, todos ellos por el metro ochenta y tantos de estatura, y una robustez y barrigas de concurso) lo observaban atentamente, no fuera a ser que de repente apareciera alguna moneda de oro, y que éste se la embolsase. En una de tantas sesiones, Reyes, compadeciendo al pobre muchacho por el duro trabajo, pidió que cesara la acción y les indicó :

–       Este tesoro está enterrado muy profundo. Con mis poderes lo voy a subir aunque sea un poco, para que nos sea más fácil sacarlo

Acto seguido, cerró los ojos y se puso en trance. Poco después, informó:

–       Ya siento el tesoro, está muy hondo

Posteriormente, con sus fierritos en forma de ele en sendas manos, apuntando hacia abajo en algún punto frente a sí, procedió a hacer esfuerzos sobrehumanos, siempre con los ojos bien apretados, frunciendo el entrecejo y haciendo muecas por el intenso empeño que ponía. Al mismo tiempo, iba levantando los brazos muy lentamente, hasta que los alambritos, en vez de apuntar a las rodillas, terminaron por apuntar a la panza de la persona que tenía delante.

–       ¡ya!  – dijo en tono triunfal.

Enjugándose el sudor, producido por tamaño esfuerzo mental, aclaró:

–       Logré levantarlo medio metro, está muy profundo, debemos seguir –

Lucino hizo una seña y Mateo reanudó la tarea.

Un buen día, cuando ya habían sacado camionadas de tierra y el agujero llevaba unos diez metros de profundidad, hallaron una especie de anillo perfectamente cilíndrico, un brocal preciosamente tallado en piedra, más allá, se abría un abismo, cuyo fondo no se alcanzaba a vislumbrar con la luz de las linternas.

–       Allí está el tesoro, ésta es la entrada que lleva a él –  afirmó el gambusino –

Los participantes de la aventura, se miraron entre sí, nadie podría caber por el estrecho pasadizo gracias a sus anchas espaldas, por no hablar de sus tremendas barrigas. Nadie… salvo el sudoroso mudito que, sofocado, jadeaba recargado en una pala.

–       Mateo – ordenó Lucino – vas para adentro – y acompañó sus palabras, de elocuente gesto.

Un torrente de biliosos balbuceos incomprensibles fue la respuesta. El hombrecito no se movió de su lugar, en cambio, seguía emitiendo sonidos guturales mientras señalaba el antro y luego alzaba las manos al cielo como dando a entender: ¡pero a quién se le ocurre!

Trajeron una soga, pero para atársela a la cintura, fue forzoso inmovilizarlo entre todos. Él se resistía.

–       órale, mudo, tú puedes – lo alentaban entre exhorto y amenaza.

Ataron el cabo de la soga a un árbol, y para meter al hombrecito al hoyo, tuvieron que llevarlo en vilo. Mateo profería entrecortados gritos y amenazaba con los puños mientras tiraba mordiscos. Al final, casi a patadas, lo hicieron pasar por el angosto orificio y le dieron soga. Poco a poco, lo fueron bajando cosa de diez metros.

–       ¿cómo vas, Mateo?

Pujidos biliosos subían desde las profundidades.

–       oigan – dijo alguien – ¿Cómo nos va a explicar lo que vio allá abajo?

Luego de lo que consideraron un plazo razonable, izaron al mudo. Mateo salió del antro, iracundo, con el rostro desencajado. Al borde del paroxismo, se dio a la tarea de señalar a cada uno de los miembros de la expedición, menos a Lucino, que a fin de cuentas era su jefe. Después hizo una pantomima, como si tocara el violín y apuñalara a éste con el arco, clavando éste hasta la empuñadura, lo que se dice hacer un violín. Al mismo tiempo, su balbuceo incoherente no cesaba.

–       ¿qué viste, mudo? – le preguntó el tío Juan, muy comedido.

Por toda respuesta, Mateo renovó la pantomima de cruzar un brazo por encima del otro con los puños cerrados, señalando a cada uno, para hacerle entender que era él y ningún otro, el receptor de tal majadería. Esta vez fue Lucino el que le preguntó:

–       ¿Qué viste allá abajo, Mateo?

Y de nueva cuenta, el güerejo sordomudo, presa de un terrible coraje, que no alcanzaba a externar, volvía a su gutural balbuceo, y a señalar a cada uno, para luego mentárselas de aquella manera poco verbal pero efectiva. A todos, pero a su jefe no, a éste, le hizo una seña con las palmas de las manos hacia abajo,  indicando que tuviera paciencia, y nuevamente hizo una ronda de frescas a todos los presentes, mientras sus gimoteos transmitían claramente su intención, por más que no utilizara verbo ni vocablo alguno.

Ya con la ira un tanto disminuida, le explicó a Lucino a qué lugar lo habían hecho descender. Él desde un principio, supo de qué sitio se trataba, de ahí su negativa profunda al forzado descenso y más claro tenía, que ahí no se encontraba tesoro alguno, ni nada que lo pareciese. La pantomima de Mateo no podía ser más elocuente. Acuclillándose, se llevó una mano al rostro, como quien piensa o hace alguna cosa con suma intensidad. El brocal aquel tan labrado, no era sino la boca de una letrina, y la caverna del supuesto tesoro era el lugar adonde iba a parar todo aquello de lo que la gente se desprende cuando va de visita a tales lugares. Se trataba de una antigua fosa séptica.

Finalmente Lucino y sus familiares cerraron el trato y cumplidas las fechas, entregaron la casa llena de agujeros en pisos y  muros. Del tesoro, jamás hallaron la mínima huella. La Casa de Altos es, hoy, una cafetería.

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