EL ROSARIO Y EL ENANO.

Por: @vergaracesar1

Dios te dé salud y gozo,
y casa con corral y pozo.
Refrán popular.

En la población de San Buenaventura, en una pequeña propiedad con corral y pozo,  Longino y Felicitas tenían su humilde casa de adobe.

Longino, con cierta frecuencia, luego de terminadas las labores del día, acostumbraba irse a pasear a caballo en busca de aventuras o simplemente a la población cercana a beber unas copas en la cantina.  Mientras tanto, Felicitas, junto con el resto de las mujeres y los niños, se daba a la tarea de rezar el Rosario.

Las actividades cotidianas dependían en su mayor parte de la luz del sol; durante el día se lavaba, se tendía, se barrían habitaciones y corredores, se escombraba el patio, se escogía el frijol y el arroz, etc. Ya que la luz natural escaseaba, la iluminación provenía de la luna que se colaba por las ventanas, del fogón de la cocina, del quinqué de petróleo colgado de un clavo en la pared y de la vela que arrojaba destellos chisporroteantes colocada encima de la mesa.  Otro punto de iluminación lo proporcionaban las veladoras al pie del pequeño altar, donde noche a noche, por encima del canto de las cigarras, se elevaba el devoto rezo de las mujeres.

Longino, luego de apurar desganados tragos en la cantina del lugar, se montó en su caballo; éste se dirigió a paso alegre de regreso a casa.  Pasó por debajo de la frondosa higuera del patio y llegó hasta el paredón.

Sin grandes ánimos desensilló la bestia y la guardó en la caballeriza.  Acomodó montura, carona[1] y rienda sobre el burro de madera para tal efecto, y sin demasiados aspavientos le sirvió como merienda una buena ración de alfalfa.

Con más bien poco afán tomó la cubeta de madera y se dirigió al pozo. En la tranquilidad de la serranía jalisciense el aire cálido hervía con multitud de sonidos con toda la potencia del verano: millares de cigarras, grillos y  las ranas daban su concierto nocturno, haciéndose acompañar de vez en vez por alguna lechuza agorera.

Del interior de la casa, en el mismo ritmo cadencioso y monótono, llegó hasta Longino el murmullo de los avemarías y padrenuestros de las rezanderas.

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Chirrió la polea del pozo por la pesada cubeta llena de agua.  Longino siguió tirando de la cuerda hasta que tuvo el tosco recipiente frente a la altura de sus ojos.  Lo desató y fue a servirle agua al caballo.

Terminada la labor del día, fatigado, frunció el entrecejo:

—Qué bien fastidian con su #&?!=@XL>*/  rosario.

Ante la disyuntiva del Rosario o el petate, y con el calorcito de unas cuantas copas en el estómago, le pareció más apetecible recostarse a dormir de una buena vez, por lo que, para no ser sentido, entró de puntitas a la casa; muy cuidadosamente pasó cerca de las mujeres y los niños que, de espaldas a la puerta, rezaban ante el altarcito;  luego, con más sigilo que un ratón se dirigió a su recámara, donde se acostó en silencio y casi sin respirar para no hacer ruido.

Poco después roncaba plácidamente a todo lo largo y ancho del catre de yute.

De pronto, despertó sobresaltado: la ventana de madera se abrió de par en par y por ella entró, con la agilidad de un fiero tigre, un grotesco enano de afilados dientes y rostro cenizo, en el centro del cual los gigantescos ojos despidieron un rojo resplandor de ultratumba.

Fue a caer a los pies de Longino y, sin mediar palabra, lo tomó por los tobillos con sus terribles garras de temibles y retorcidas uñas negras y con fuerza sobrehumana lo comenzó a arrastrar fuera de la habitación.

Longino, a pesar de que era un hombre muy valiente, se quedó inmóvil, presa de un terror inenarrable. Con una voz cavernosa y descarnada, que no obstante parecía querer invitar a la complicidad, el jorobado y enano repugnante le dijo:

—Vente, te voy  a llevar.

Acto seguido, procedió a arrastrarlo por el piso de tierra apretada. Paralizado de miedo, Longino apenas atinó a decir:

—No, por favor no.

Y como su petición sólo obtuviera por resultado una presión más férrea en los tobillos, que le sacó algunas gotas de sangre, preguntó desesperanzado:

—¿Por qué a mí?

El enano lo soltó y vino a poner su rostro a unos centímetros de los ojos de Longino.  Invadiéndolo con su fétido aliento, le dijo:

—Yo pertenezco al diablo y tú también, así es que te vienes conmigo.

Longino protesto, inmóvil y aterrado:

—¡Pero yo no soy del diablo!

Con una apagada risa que más bien parecía el gorgeo de un piojoso buitre pestilente, el ente demoniaco sentenció:

—Si no fueras del diablo estarías allá con los tuyos rezando en lugar de estar aquí.

Longino, viendo a unos centímetros de su rostro al temible ser de pesadilla, entumecido como estaba, paralizado por un terror suprahumano, viendo qué fin tan macabro le esperaba, resignado a su terrible suerte, alcanzó a balbucear:

—Ay, Dios mío.

Lleno de un odio ruin, el negro ente jorobado emitió una especie de rugido animal al momento que daba tres pasos atrás. Sus ojos encendidos se tornaron opacos.  Abrió y cerró sus afiladas garras varias veces, indeciso, viendo al suelo.  Hasta donde  ellos se encontraban, llegaron en ese momento los dulces rezos de un Avemaría.

Finalmente, sin emitir un sonido más, con inusitada agilidad felina saltó por la ventana por la que minutos antes entrara, y se perdió en la oscuridad de la noche. Longino permaneció varios minutos todavía inmóvil en el piso frío de la habitación, sin acabar de entender bien a bien lo que había sucedido. Un ardor flamígero subía por sus adoloridos tobillos, como si estuvieran sobre brasas.

Poco después notó que podía moverse y sin pensarlo dos veces, corrió como el viento a hincarse con los que rezaban.

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