EL VIEJITO CON OJOS DE CONEJO

Por: @vergaracesar1

Cerca de Teocelo, en un ranchito muy pintoresco, había un hombre que estaba ya todo viejecito, ñanguito de a tiro. Lo que más llamaba la atención de él eran sus ojos: chiquitos como de coyote, pero rojos, como si fueran de conejo.

Contaban los que sabían que el viejito, en vez de dormir, pasaba toda la noche cortando rueditas de cartón.

Luego, por ahí de las cuatro de la mañana, se iba al monte y en una colina muy alejada, extendía muy cuidadosamente todas aquellas rueditas de cartón. Cuando les daba la primera luz del sol, se transformaban en centenarios. Ahí se esperaba un ratito.

Ya que el día estaba claro, guardaba todas las monedas de oro en su morral y regresaba a su casa. Dicen que tenía cuartos enteros de estas monedas. Podía hacer tales prodigios  porque le había vendido su alma al diablo. Así logró hacerse un hombre muy rico.

Pasó el tiempo y por razón natural el viejito se murió. Toda la familia lamentó mucho el suceso. Los hijos entonces se repartieron el oro, que era mucho.

Las casas de Teocelo en ese tiempo las hacían de un solo nivel, con un patio central al cual comunicaban todas las habitaciones, que eran independientes.

Pasaron los meses. De repente una noche encontraron un burro metido en el cuarto que fuera del viejito. El hermano que lo halló se puso hecho una furia.

BURRERO

–¡Ándale, burro condenado! –. A gritos y riatazos lo echaron para afuera.

A la noche siguiente, de nuevo ahí estaba el burro en el cuarto del viejito. Otra vez lo sacaron a varazos.

Esta situación se repitió en varias ocasiones: así cerraran la habitación a piedra y lodo, era cuestión de días para que el animal se llegase de nuevo por ahí. De manera que acordaron ir a ver a la curandera del pueblo, ya que se trataba de alguien que conocía mucho de esas cosas misteriosas.

Ella les explicó que el viejito había regresado del más allá reencarnado en burro como castigo por haberle vendido su alma al diablo, así que lo tenían que atender.

De ahí en adelante, a pesar de que todos los hijos se habían vuelto ricos por tanto oro que les dejó su papá, en lugar de la recámara del viejito construyeron una caballeriza en donde le servía de comer alfalfa y avena, le tendían su cama de paja, etc. Lo siguieron atendiendo para siempre porque sabían que era su papá que había vuelto de ultratumba.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: