EL GOLPE AL AUTO

Por: @vergaracesar1 

 

Durante los quince días que Judith pasó en el hospital convaleciendo después de la golpiza recibida, e incluso cuando ya llevaba años divorciada, nunca le acabó de entrar en la cabeza en qué parte había fallado la estrategia que hasta entonces tan bien había estado funcionando.

Este era un matrimonio aparentemente como cualquier otro, el hombre serio y trabajador; la esposa, de muy buen ver, llevaba la casa al punto.

Durante ya casi dos años se había estado viendo con Carlos, su primer amor de la adolescencia y actual fogoso amante, todos los jueves a las once, para que no hubiera riesgo de que Julián el marido los descubriera, ya que en ese momento celebraban junta general en su trabajo.

Julián, el buen marido, juicioso, responsable, sano (sobre todo sano), desfogaba su gran energía en el gimnasio… toda su energía la aplicaba al levantamiento de pesas, de manera que a la hora de la intimidad Judith se quedaba apenas en las etapas preliminares cuando el marido, habiendo despachado la poca vitalidad que le quedaba luego de tanto ejercicio, se daba la vuelta y procedía a roncar plácida y despreocupadamente.

Carlos no tenía, ni con mucho, la figura de Adonis de su marido, pero en cambio era mucho más divertido, imaginativo, infatigable… y siempre la había querido.

Casi dos años esperando con ansiedad semana a semana que llegara la mañana del jueves para perderse entre sus brazos y olvidarse del mundo y de la desquiciante monotonía responsable de la vida de casados.

Después de una breve ducha para ahuyentar cualquier aroma o sustancia comprometedores, al supermercado a hacer la compra.

Cobertura impecable.

A veces llamar al marido para importunarlo en su junta mensual mientras Carlos ya estaba en ella… con eso cerraba todo y se disipaba cualquier duda.

–Estoy en el súper, ¿necesitas algo?

–No gracias: estoy en una reunión semanal con mi jefe, te veo en la casa más tarde.

La compra podía durar de quince minutos a dos horas, según se hiciera necesario.

Judith se estremecía de pies a cabeza soñando qué pasaría si algún día toda la musculatura de su marido se convirtiera en pasión, por algún inexplicable milagro.

Después también se estremecía pensando lo que le haría con esas poderosas manazas el día que llegara a descubrirse todo.

Mientras tanto, el músculo en reposo de su amante la volvía loca de felicidad: –Un hombre sin panza es como una noche sin estrellas –, reían.

Un día en el automóvil de él, otro día en el de ella: cuidado con la costumbre que vuelve a la gente descuidada. El exceso de confianza producía los errores. También la falta de concentración y la prisa.

Justamente eso fue lo que pasó: las horas de pasión se prolongaron más de la cuenta.

–Ya es tardísimo.

Decidió dejar el regaderazo para cuando llegara a su casa y la compra para más adelante.

Atropelladamente subieron al auto.

La colisión fue inevitable: al conducir de reversa no se percató del otro vehículo que venía entrando en este momento al motel y por supuesto que no se iba a detener a discutir el punto justo en ese lugar tan comprometido y a esa hora tan tardía. Tenía que llegar todavía a guisar.

Dejó al satisfecho Carlos en el estacionamiento del supermercado y enfiló rumbo a su casa a toda velocidad. Ya vería qué pretexto inventar cuando su marido –su celosísimo marido – notara el golpe que había estropeado la defensa y parte del guardafangos.

Afortunadamente Julián llegó a la casa tarde porque su junta se prolongó, gracias a lo cual pudo bañarse, cambiarse y tener la comida lista. ¿Y el golpe? Ah sí, qué mala suerte, me pegaron en el estacionamiento del súper: cuando salí ya así estaba.

Al día siguiente salieron a cenar, a “disfrutar” como llamaba Julián a esa hora de aburrimiento despacio y en silencio. Para ese momento el tema ya estaba casi olvidado.

Estacionaron el auto cerca del restaurant. Puesto que hacía calor, se sentaron en las mesas de afuera, dando a la calle.

Desde que llegaron, el marido notó que un hombre lo veía con insistencia.

Al cabo de un rato se olvidó de él, enfrascado como estaba en planear con Judith las próximas vacaciones, dentro de seis meses.

Llegó la ensalada. El hombre lo veía.

Terminaron la carne y el hombre lo seguía mirando, discreta pero insistentemente. Nada de azúcar: se va directo a la lonja. Con verduras hervidas, sin sal.

Apenas disimulando la tediosa cara de hartazgo, se paró al tocador, donde se propuso tardarse todo lo que fuera posible, para que llegara pronto el momento de volver a casa a dormir… ¡Qué emoción! Con un poquito de suerte y hasta tendrían una brevísima sesión del sexo más soporífero de la historia.

Aprovechando el momento, el desconocido aquel se aproximó al marido, muy prudentemente.

Julián hacía cálculos de cuántas abdominales tendría que hacer extra para quemar las calorías de una cerveza que estaba dudoso de pedir, cuando el desconocido lo sacó de su profundo filosofar.

–Buenas noches –, saludó, cortés –. Disculpa que te moleste, pero quisiera que nos pusiéramos de acuerdo antes de que tu esposa regrese.

–¿De qué hablas? – preguntó extrañado.

–Del golpe que me diste, ¿quieres verlo?—comentó en tono confidencial.

El marido, lleno a la vez de curiosidad y extrañeza, accedió.

Fueron al estacionamiento. El desconocido explicó:

–Mira: aquí están los restos de pintura de tu coche, en la puerta del mío.

Compararon los vehículos: coincidía perfectamente el golpe. No había equívoco posible.

–Es muy simple: quiero que me pagues el daño.

–Aclárame una cosa –, quiso saber Julián –: ¿Dónde es que dices que te pegué?

–Ay, hombre, pues ayer a medio día: yo iba llegando al motel, tú ibas saliendo ya con prisas. Me pegaste. No hay bronca, nomás me pagas y asunto olvidado.

El marido no respondió. Caminó decidido de regreso al restaurant. Una roja nube homicida nublaba su visión.

 Tan pronto vio a la esposa, la molió a golpes ahí mismo. Se la tuvieron que quitar antes que la matara.

El quejoso, reconociendo su imprudencia, silenciosa y juiciosamente se retiró.

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