EL CARCELERO MATERNO

Por: Cesár Vergara

 

Este hombrecito de voz tipluda laboraba en el interior del Reclusorio.

Menudito, enclenque, de gruesos lentes y poco pelo seboso, era el encargado de atender a los ladroncillos y criminales de poca monta, y darles el acceso a “la grande”.

 

Con esa vocecilla suya tan delgada los entrevistaba. En realidad era un interrogatorio, pero más parecía una cariñosa reprimenda de un padre a su hijo, o por mejor decir, de una madre, por la voz delgadita, casi afeminada, lo mismo que el tonito.

 

—Pero, ¿qué haces aquí a tu edad, hijo?

 

—¿Yo? Nada.

 

—¿De qué te acusan?

 

—De robarme un coche.

 

Y se alarmaba todo.

 

—Ay, papá, ¿y por una cosita así ya te estás dando a conocer? ¿No te das cuenta cómo estás arruinando tu vida? Todavía estás a tiempo de corregir rumbo. Mira, date cuenta, eres joven. Puedes aún labrarte un porvenir, si tú quieres. No te dejes llevar por el camino fácil. Créeme, a la larga es el más difícil.

 

Total que casi los hacía llorar de arrepentimiento.

 

—¿Eres huérfano? Porque a mí se me hace que no tienes madre.

 

—No, viven los dos.

 

—Pues ahí está, hijo mío: pídeles perdón y trata de iniciar un nuevo camino, una vida diferente. Cambia… pero no, qué vas a cambiar, si cuando uno entra a la grande hace maestría y hasta doctorado en todas las malas artes. Todo lo que no estudiaron en la escuela, ahí lo aprenden. El que no está pervertido, lo echan a perder sin remedio…

 

Y así seguía, con esa vocecita quejumbrona.

 

Cuando se cansaba de hablar, ya que el rostro del vaguillo se encontraba surcado de llanto, suspiraba, se encogía de hombros y murmuraba.

 

—Ay, papá, qué forma de arruinarte la vida por tan poco–. Suspiraba –: Vamos, tienes que entrar.

 

 

 

Abría el cajón de su escritorio, de donde sacaba una pistolota calibre .45 automática que se incrustaba en la cintura.

 

La oficina donde se hallaban conversando distaba unos cien pasos de la entrada a la penitenciaría en sí.

 

Por cuestiones de seguridad un corredor perfecta y absolutamente recto tendría que haber unido esos dos puntos, sin embargo, por un error de cálculo, por una falla del arquitecto, un capricho de la naturaleza o por la razón que haya sido, en dicho corredor había unos recovecos, una torcedura aquí y otra allá, de manera que existía un punto ciego donde no se veía qué pasaba, ni a simple vista ni con las cámaras de video vigilancia, como si lo hubieran construido de los lados hacia el centro y del centro hacia los lados, pero  al estar ya cerca se dieran cuenta de que no desembocaban de frente, sino unos metros más allá y más acá unos del otro, por lo que se hubieran apresurado a construir sesgadito y rapidito, antes de que se armara un problema mayúsculo cuando se enteraran los jefes.

 

Sucedió entonces que cuando iban pasando por este punto ciego, se escucharon unas detonaciones.

 

De inmediato llegaron corriendo los custodios de ambos lados de las rejas.

 

—¡Qué pasó, jefe! ¿Está usted bien?

 

 

 

Y aquel pobrecito, alisándose el cabello con una mano luego de la conmoción, la pistolota todavía humenate en la otra, con su vocecita tipluda, se lamentó:

 

—¡Malagradecido! Todavía que les da uno amor, ya no digamos de padre, ¡de madre!… Y así me pagan: este desdichado se me tiró encima, me atacó. No me quedó más remedio que matarlo.

 

Pero nunca se le hubiera pasado a nadie por la cabeza lo que sucedió en realidad. Al llegar a este punto ciego, aquel hombre tan bonachón y cariñoso se transformó pavorosamente en un energúmeno. Casi se le salían los ojos de las órbitas cuando gritó, con la voz ronca del odio más acendrado:

 

—Perro infeliz ¡Lacras como tú no merecen vivir!

 

Acto seguido sacó la pistola y se la vació en el pecho al desgraciado en cuestión: tres, cuatro, cinco tiros, a quemarropa.

 

El pecho del ladronzuelo quedó hecho picadillo, ni la más leve posibilidad de salvarle la vida.

 

Esta escena llegó a repetirse más de una vez.

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