LA ORDEÑA PELIGROSA

Por: @vergaracesar1

 Esta historia aconteció en un pueblo veracruzano.

Don Gaspar se ganaba la vida vendiendo leche, labor en la cual lo auxiliaban sus hijos Martín y José.

A los muchachitos no les molestaba tenerse que levantar a las cuatro de la mañana para ir por las vacas al potrero y meterlas al establo. Ambos habían realizado esa faena desde poco después de aprender a caminar.

Tampoco sufrían la rutina diaria de la ordeña en sí.

En aquellos ayeres en que las máquinas ordeñadoras aún no se habían inventado y que las inyecciones de oxitocina para bajar la leche eran inexistentes, la mecánica era laboriosa.

Primero había que atar la vaca a un poste. Ésta, ya habituada, dócilmente acercaba el cuello para facilitar la tarea.

Luego era menester atarle las patas traseras para evitar que tirara la leche o que le metiera un patadón al vaquero que lo mandara volando y viendo estrellitas.

Luego había que ir al corralito a traer el becerro correspondiente, entre el bramadero generalizado de todos los animalitos que exigían su turno, pues llevaban arrejados desde la víspera. Había que tener cuidado a la hora de abrir, no fuera a ser que el orejón en su ímpetu le diera un tope al ordeñador. Luego se le dejaba unos minutos mamando para que la vaca bajara la leche. Mientras esto hacía, el muchacho con cuidado lo ataba del cuello con un lacito y luego lo llevaba a amarrar a otro poste o a la varenga del corral.

De ahí, con el banquito de una pata en las asentaderas, atado a la cintura por medio de un mecate para facilitar la maniobra, medio acuclillado, medio asentado en el banquito ese, ordeñar, dejando siempre una chichi para la cría; todo esto a la luz de un solitario foco.

Ya casi para terminar el proceso, el muchacho tenía que retirar la cubeta de espumosa leche e ir a desatar al becerro, con la debida precaución, no fuese a ser que con la urgencia de ir a seguir mamando, el animalito le fuera a propinar un golpe en salva sea la parte.  Finalmente, debía soltar asimismo la vaca para que junto con su cría se fueran de nuevo al potrero.

De ahí seguía llamar a la siguiente vaca –ah sí, como los perritos, cada astada obedecía por su nombre, y cada vaquero se daba maña y gracia para bautizarlas–.

Posteriormente se tenía que repetir todo el proceso… hasta por ahí de las seis o siete de la mañana, en que don Gaspar acomodaba los peroles, a esas horas ya bien llenos de la tibia leche, a ambos lados del caballo.

Hasta ahí, todo bien y bonito.

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Pero a partir de ese momento era que empezaba el sufrimiento de los muchachitos, porque tenían que ir caminando detrás del caballo para ayudar a su padre en la venta del sabroso y nutritivo líquido, pero para su mala suerte y desesperación impotente, les había tocado como maldición un papá de lo más popular, parlanchín y educado de manera que cada cuantos pasos, detenía el andar de la cabalgadura, se inclinaba y saludaba de mano a todo el mundo: lo mismo a la comadre que venía saliendo de misa, a los amigos que se dirigían a la milpa a iniciar la faena del día o a uno que otro borrachín que apenas con el sol se retiraba de la cantina, quien invariablemente recomendaba la receta de leche recién ordeñada mezclada con aguardiente para los ánimos alicaídos o sencillamente para empezar bien el día.

De más está decir que de igual forma se embromaba charlando con todos sus clientes, de manera que  la venta de dos o tres o cuatro litros, operación que estrictamente hablando se llevaba menos de dos minutos –servir la leche del perol al vaso medidor y de este a la jarra u olla del cliente, tantas veces como litros quisiera éste– podía prolongarse su buen cuarto de hora largo, para tranquilidad del equino que se adormilaba, precisamente, como caballo lechero.

Terminada la operación, con esa asombrosa exactitud que dejaba rebosante el vaso pero nunca lo derramaba, volvían a caminar, pero no habían dado veinte pasos cuando ya don Gaspar detenía el caballo para inclinarse a saludar a otra persona.

Así pues, para las doce o una que ganaban el camino de regreso al rancho con los peroles vacíos, los jovencitos estaban que se querían arrancar todos los pelos de la cabeza.

Un buen día, uno de ellos ideó un plan para terminar con tan insoportable costumbre.

Explicó:

–Mira, hermano: ya sé cómo le vamos a hacer: tú le montas al caballo,  das unos cuantos pasos y luego te detienes y te inclinas como le hace mi papá para saludar. En ese momento yo le meto un leñazo por las orejas al condenado cuaco, y así varias veces.

–¡Juega el pollo!

Sin pensárselo mucho, pusieron en ejecución tan excelso plan.

Uno avanzaba un trecho en el corral, detenía al noble bruto, se inclinaba como si saludara,  y entonces venía el otro con la soga y ¡riata! Le  pegaba al caballo.

Repitieron el ejercicio varias veces, hasta que consideraron que el pobre animalito ya había quedado debidamente adiestrado.

Posteriormente, muy satisfechos, se retiraron a descansar.

Al día siguiente realizaron la faena pero de lo más contentos, convencidos de que habían dado con la fórmula para erradicarle a su padre la perniciosa manía de ser tan saludador.

Terminada la ordeña, vacas y becerros pastando en el potrero, los peroles llenos a los costados del caballo, montó don Gaspar. Lo siguieron sus hijos.

Los traviesos chiquillos intercambiaban miradas cómplices, sonreían.

El resultado del adiestramiento no se hizo esperar.

A la primera que don Gaspar, muy ceremonioso, se inclinó a estrechar la mano a su compadre, el caballo se sacó dando tremendo brinco hacia un lado.

Por allá volaron los peroles de hojalata, tirándose toda la leche, y más allá todavía voló don Gaspar que, tomado por sorpresa, casi no alcanzó a meter ni las manos.

El resultado del experimento: un  brazo y tres costillas rotas.

Durante los meses de convalecencia del buen hombre, los muchachos despacharon muy calladitos, muy mustios y a la carrera.

Don Gaspar, no bien se restableció, les midió las costillas con la misma soga con que ellos habían adiestrado al caballo.

Luego todo volvió a la normalidad.

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