ANÉCDOTA DE TRES VECES SUERTUDO

Por: César Vergara

Cuando llegué a vivir a Puerto Vallarta, hace más de 25 años, no había hotelazos, ni grandes restaurantes. Era un alegre y pintoresco pueblito de pescadores donde si acaso había restaurancitos y cantinas.  Yh justamente en una de esas fascinantes cantinas de techo de palma y piso de arena en la playa donde conocí al hombre cuya historia voy a relatar.

Llegó a Vallarta poco despúes del temblor del 85.

—Yo era taxista en la capirucha, en el defectuoso. En ese trabajo uno ve muchas cosas y conoce mucho, pero también está uno expuesto a toda clase de peligros. Como lo que me pasó aquella noche.

Eran alrededor de las once, faltaba poco para terminar mi turno, cuando me hicieron la parada tres sujetos malencarados. A mí luego, luego me dio mala espina, pero ¿qué le va uno a hacer? con seis bocas que alimentar…

—Abre la cajuela y súbete—, me dijeron.

Con eso más me alarmé, pero ¿ya qué hacía?

Medio alcancé a ver por el espejo retrovisor que subían una maleta grande.

—Llévanos allá y allá —, me dieron las indicaciones. Los tres viajaban en el asiento trasero, como para que no los conociera.

La colonia que me indicaron estaba pero bien apartada. Minutos después, que a mí se me

hicieron una eternidad, dijeron:

—A la derecha nos bajamos, métete en la esquina.

La calle era cerrada y muy oscura. Yo nada más pensaba:

—Ay, mamacita, se me hace que hasta aquí llegué.

Ni oí lo que me decían.

Uno de ellos, en tono francamente violento, Me repitió la orden:

—¿Qué no oyes, bruto? Abre la cajuela y súbete —.

Obedecí rapidito: fui, abrí la cajuela y me regresé al asiento, cuando aquellos hombres todavía se estaban arrimando para salir del auto. Dos de ellos se dirigieron a la cajuela a bajar la maleta. El otro cortó el cartucho y me puso la pistola en la cabeza. Se me cruzó por la cabeza la imagen de mi mujer y mis seis chilpayates y me dije:

—No los voy a dejar desamparados.

Así que, lleno de pánico, metí reversa y aceleré a fondo pensando huir. Me llevé a los dos de atrás.

El otro no sé cómo le hizo para atorarse en la puerta. También me lo llevé. Claro que no me iba a regresar a ver, pero me imaginé que los había matado a los tres.

Todavía temblando de miedo me fui para la casa, allá por el rumbo de Tlaltelolco. Mi mujer, que me esperaba en la cama tejiendo, se sobresaltó cuando le dije:

—Vieja, deja todo y vámonos. Despierta a los niños.

—¿Qué te pasa, te volviste loco?

—No te puedo explicar ahorita, prepara a los niños y ya vámonos. De camino te cuento.

—¿Pero cómo? ¿Hago maleta o qué?

—No, vieja, no. Deja todo y vámonos pero corriendito. Vístete.

Entonces recordé que en la cajuela iba la maleta aquella.

De inmediato la fui a abrir para ver qué tenía adentro. ¡Cuál no sería mi sorpresa! Estaba toda pero bien llenecita de billetes. Como puede la bajé y la llevé a la casa. Corrí a dejar las llaves del taxi con el vecino. Le inventé cualquier pretexto.

Y ahí vamos todos, con niños en brazos llorando y demás. Ni tiempo dio de cambiarle el pañal a la niña. Como pudimos llegamos a la estación de autobuses y tomamos el

siguiente que salía para Guadalajara.

No apagamos ni el boiler.

Mi señora me traía cocido a preguntas.

—¿Qué hiciste? ¿Ayudaste a asaltar un banco? ¿Mataste a alguien o qué?

Ya de madrugada, una vez que los niños y todo el mundo en el camión estaba bien dormido, le dije al oído, muy en secreto, todo lo que me había pasado.

—Por poco me matan—, concluí.

Estaba amaneciendo cuando nos sentamos a desayunar en una birriería en Guadalajara en el mercado de San Juan de Dios.

Tentado estuve de pedir una cerveza: tamaño susto me había dado muchísima sed.

—¡No qué cerveza!— Replicó mi mujer—. Mejor pide un café y ve pensando bien qué vamos a hacer ahora.

Estábamos pagando la cuenta cuando salió en las noticias de la televisión la desgracia que había sido el temblor del 85.

Tres veces tuve suerte:

Me salvé de los matones aquellos, me quedé con ese mundo de dinero y me salvé junto con mi familia de que la casa nos hubiera aplastado si no nos íbamos de la capirucha esa misma noche.

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