BALAS PARA EL PELOTON DE FUSILAMIENTO

 

Por: César Vergara

Esta historia se desarrolla en un momento aún muy bélico de nuestro pasado nacional, quizá al final de la Revolución o en algún momento de la Cristiada.

–Mi general, ahí los buscan.

El personaje en cuestión, que del uniforme no ostentaba más que la cachucha y las cananas sobre los calzones y camisa de manta, salió del caserón que fungía como cuartel general, cárcel y caballeriza, a ver qué se ofrecía.

En el patio distinguió a una joven de blanco vestido de manta, piel tostada, trenzas; pies descalzos.

–Dígame.

Sin preámbulos, la muchacha espetó:

–Vengo a pedirle que le perdone la vida a mi padre.

El General, de huaraches raídos y ralos bigotes, se volvió hacia su sosteniente; lo interrogó con la mirada.

–Es la hija del don ése al que tenemos encerrado.

Al comprender de quién se trataba, el general respondió:

–Discúlpeme, señorita: no lo puedo perdonar.

–Su falta no es grave…

–No lo puedo perdonar –, interrumpió, tajante.

–¿Por qué no? – indagó la joven.

–El mató a mi padre, y ahora que está en mis manos, me corresponde la venganza – fue la explicación brutal –. Por favor no insista: no lo puedo perdonar, pero si hay algo más en que le pueda servir, con mucho gusto…

Altiva, la joven alegó:

–Pues ya que lo va a matar, por lo menos no lo ahorque como a un vulgar ladrón: afusílelo.

–Lo haría si pudiera, pero tampoco puedo, sabe usted: no tengo yo municiones. A mí cada bala me cuesta un peso, y necesito cuando menos cuatro para el pelotón de fusilamiento.  Andamos escasos de recursos, con trabajos hay para la soldada de los muchachos…

Seca, recia, la joven mujer respondió:

–Ah, de manera que usté lo que nesita es dinero. Ta güeno. Péreme, orita regreso.

Sin agregar palabra ni esperar respuesta, se retiró al paso ligero de sus pies descalzos y el firme contoneo de sus robustas caderas de mujer de campo.

–Ahí está de nuevo la seño, mi general – le informaron.

Cuando salió al patio, ella estaba sacando del seno un paliacate, mismo que, luego de desanudar, arrojó unos pasos frente a sí.

–Tenga –, le dijo –: ahí están diez pesos de plata, pa que compre las balas. No ahorque a mi padre: afusílelo.

–A ver –, indicó a su sosteniente –: recoge ahí.

El aludido se apresuró a obedecer.

Presentó el dinero al general.

Este, sin tocarlo, verificó la cantidad.

–Ta bueno. Vaya y compre balas–, ordenó.

En un santiamén volvió el enviado con las municiones envueltas en un cartucho de papel de estraza.

Trajeron al reo, que con terca altivez fingió no estar ahí, como si no viera ni a su hija, ni al general enemigo, ni a la tropa que se disponía a “ajusticiarlo”.

La alta muchacha en cambio, no le quitó un instante los ojos de encima.

Minutos después terminó todo. El general bien educado y mal vestido vio consumada su venganza.

El viejo recibió una muerte digna ante el paredón y la joven de ropa raída y dignidad de acero obtuvo permiso de llevarse el cuerpo.

Se lo echó a cuestas. Sin derramar una lágrima, se retiró con el cadáver de su padre para irlo a sepultar.

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