EFIMERAS AMISTADES ETILICAS

 

Por: César Vergara

Jeremías se atrevió a abrir los ojos al fin: por más que no quisiera, algunos trinos celestiales, cadenciosos e histéricamente agudos, lo forzaron a conectarse con la realidad.

El odioso vecino había puesto un disco de ópera desde temprano en venganza porque él había estado escuchando rock hasta… ¿qué hora? Imposible saberlo. Entre sueños recordaba haber apagado el aparato de sonido camino del baño, en algún momento de la madrugada, cuando ya todos se hubieron ido y él llevaba un buen rato durmiendo la mona.

Pocos instantes después comenzaron los mazazos en las sienes, al desacompasado ritmo de su corazón.

Vinieron a sus mientes diversos momentos de alegría fragmentada: risas con amigos y amigas, cigarros, cervezas, cubas…

Por cierto, ¿alguna eventual compañera de lecho?

Sin gran convicción, miró hacia el lado contiguo de su cama: vacío.

No, no tuvo suerte: todas se apretaron a la mera hora.

Masculló una maldición entre dientes. El sabor de su boca y lo que se imaginó que sería su aliento  le hicieron comprender por qué todas las amigas de la noche anterior se habían “apretado”.

Con bastante desgano se dirigió al lavabo a cepillarse los dientes.

A la pasada pudo percibir el estado general del campo de batalla:

Los cadáveres sobre la mesa. Una botella de ron vacía, refrescos a medias, botellas de cerveza; ceniceros atestados de colillas.

El piso lleno de lodo, ¿quién entró con las botas sucias?

Un cadáver de cucaracha frente al refri, en el piso.

Como obviamente el animalejo no se había suicidado, alguien lo mató de un pisotón anoche.

Poco más allá, una mesita derribada: la lámpara de pantalla azul hecha añicos en el piso y gotas de sangre formando un caminito en dirección a la puerta de la calle.

 

 

–¿Le habrá bajado a alguna amiga anoche?–, se preguntó, en su elíptica forma de razonar de ese sábado tempranero y esquivo.

Aprovechó su estancia en el baño para otras cuestiones de inmediata atención. Luego, con manos temblorosas buscó las aspirinas tras el espejo del baño. Miró su deplorable imagen reflejada. Lo recordó todo:

El gorrón ese con toda la nariz y la cara llenas barros y espinillas, en un acto reflejo netamente humano y demostrando un derroche de coordinación pese a llevar ya varias cubas entre pecho y espalda, había matada la cucaracha cuyo cadáver aún yacía en el lugar de los hechos.

Entonces Jeremías, enfrascado en su dimensión de la paz a todos los seres y el respeto a ultranza a todas las formas y manifestaciones de vida, dejó hablando sola a la amiga con quien había estado ligando y demostró su pacifismo propinándole al gorrón ese (¿quién lo había invitado?) unos buenos puñetazos en la repugnante nariz llena de granos, la cual de inmediato comenzó a sangrar.

Al calor de los acontecimientos, a Jeremías le había parecido una excelente manera de reafirmar ante el Universo su vocación de defensor de los débiles y de pacifista: demostrar a carambazos el derecho a la vida que tenía la pobre cucaracha.

Ahora, la sabiduría de esa enérgica determinación, con coraje moral incluido, ya no le parecía tan obvia.

Conforme llevaba al fregadero los platos con restos de botana, se despejó su neblinosa mente y al fin recordó que por eso se había terminado tan pronto la reunión con los nuevos amigos y por qué su ligue se había esfumado.

Decidió dejar el lavado de trastes para más adelante y volvió a la cama.

Por entre la nata de alcohol en que sentía flotar su cerebro, algunas ideas y recuerdos alcanzaban a filtrarse:

No acababa de ubicar de dónde habían salido los nuevos amigos.

Se arrebujó en las sábanas blancas.

Con el movimiento, una idea se decantó:

Los había conocido a todos en el bar, celebrando quién sabe qué cosa, ocasión importante o cumpleaños. Al calor de las copas, Jeremías, eufórico, ofreció:

–Vamos a mi depa, yo pongo el primer pomo.

Como impulsado por un resorte, se sentó en la cama.

Camelia, sí, así se llamaba: como Camelia la tejana… y para ligársela a ella fue que había invitado a toda su banda.

Pero no se la ligó; las nuevas amistades que no cuajaron como tales le vaciaron la  alacena de por sí tan raquítica.

–Tomen lo que quieran: mi casa es su casa –, se recordó diciendo, sonriente y hospitalario.

Y minutos después los había echado a todos al golpear a uno de ellos.

–Creo que me voy a bañar –, fue la salomónica conclusión.

Mientras abría la regadera, comprendió que tenía que replantearse en profundidad su forma de ligar, de hacer nuevos amigos, de beber…

 

 

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