EL AUTO EXTRAVIADO

 

Por: César Vergara

Se había puesto como bestia, discutió con sus amigos y casi salió de pleito con un desconocido.

Cuando abrió los ojos, lo único que tenía claro era que la noche anterior había estado lloviendo.

Demasiado tabaco y demasiado ron: tenía dolor de cabeza.

Brevísimas horas después de llegar a su casa –el sueño nunca es suficiente cuando uno está crudo–, entró chancleando su madre a la habitación hecha una pálida furia envuelta en bata.

Luego de la consabida regañiza que no esperaba respuesta, así como las mil amenazas y maldiciones para los borrachos como él que nunca harían nada de su vida que fuera de provecho, preguntó:

–¿Ora dónde dejaste el coche?

Al momento que se arrebujaba en las acogedoras sábanas tratando de huir al doloroso palpitar de su corazón en las sienes, respondió:

–Ahí está.

Casi pudo sentir cómo su demacrado rostro palidecía aún más al escuchar la biliosa respuesta.

–No, no está. Párate y ve a buscarlo, a ver en casa de qué golfa lo dejaste esta vez.

Entonces fue que se permitió abrir los ojos.

–¿Cómo que no está?  Si yo ahí lo dejé.

Habiendo dejado el tiempo mínimo indispensable para una respuesta coherente, la furibunda madre chancluda en rosado camisón oloroso a detergente, continuó su regaño.

 

–¡Mira nada más cómo te pones! Ya no te acuerdas ni de lo que haces. Párate de esa cama ya mismito y me vas y me buscas ese automóvil. ¡Córrele que me urge usarlo!

Con toda su pereza y toda su resaca a cuestas, reforzada por una creciente cruda moral, se levantó de la cama. Se obligó a un regaderazo de agua helada para despejarse, luego de lo cual visitó a uno por uno de sus habituales compañeros de parranda, con quienes creía recordar que había pasado la velada.

Los diálogos que sostuvo en cada ocasión, con más o menos palabras malsonantes y tonos de reclamo, se desarrollaron de forma similar:

–Te pusiste bien imbécil, manito, nos gritoneaste a todos, se la armaste de bronca a un chavo, agarraste tu coche y te fuiste al diablo.

–¿Pero dónde quedó mi coche?

–Pues tú has de saber: te fuiste solo.

Horas más tarde, cabizbajo y abatido, volvió a su casa.

Sigilosamente se dirigió a su habitación.

Al ver en el piso su calzado de la noche anterior lleno de lodo, recordó:

había salido del bar hecho una furia, y para despejarse decidió conducir sin rumbo fijo durante un buen rato, aprovechando que le habían prestado el auto familiar.

Llovía con fuerza.

Al cabo de un buen rato de doblar esquinas sin ton ni son, se halló en una calle a penas trazada, el piso de tierra apisonada, a causa del interminable chubasco, se había transformado en un denso fango chicloso donde el auto terminó por atascarse.

Docenas de acelerones hacia adelante y de reversa, acompañados de las imprecaciones más soeces del idioma español, de poco le valieron.

Al final, resignado a su suerte (¿había dormitado un rato?) cerró bien el automóvil y vagó perdido en la noche.

Rayaba el sol cuando un compasivo taxista se detuvo.

Lo despertó al llegar frente a su casa. ¿Qué taxi habría sido? Comenzó a llover otra vez. Las palabras de su padre, mil veces repetidas, retumbaban en sus sienes al ritmo implacable de su corazón embravecido:

–Si ser borracho no te va a dejar nada bueno, ser borracho bilioso te llevará a la ruina.

Buscó su auto, sin éxito, durante semanas.

Jamás apareció.

 

 

 

 

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