EL BURRO Y EL LEÓN DE CIRCO

Por: César Vergara

Esta historia tuvo lugar hace muchos años, en un pueblo enclavado en la serranía de Veracruz, donde el sistema montañosos de los Tuxtlas enfila rumbo al mar, es decir, lejos.

Un buen día vino un circo a dar su función.

El principal atractivo eran unos perritos bailarines y unos gatos amaestrados, todos dirigidos por el único súper payaso, domador, barrendero, acomodador y propietario del circo, don Melitón Rojo Aguíñiguez, que tenía como único auxilio a un enano calvo y malhumorado.

Como parte del zoológico y desfile de atracción para el respetable público venían dos cabras, un camello todavía con dientes y un viejo y piojoso león de melena negra que pasaba la mayor parte de su día durmiendo. El resto de las actividades del pobre animal se limitaban a comer, bostezar y poco más. Su presencia en el circo era más bien propagandística, ya que sus años de rugir, saltar aros con fuego y otras acrobacias habían quedado atrás hacía mucho.

—Niños y niñas, damas y caballeros, vengan a ver el gran circo de Rojo e hijos, con el súper payaso “Dandy”. Admiren el espectáculo de los gatitos amaestrados y los simpáticos perritos bailarines. No se pierdan el fabuloso desfile de animales exóticos. Admiren a Cárdiac, el imponente y fiero león africano, último espécimen de melena negra del mundo ¡No se lo pierdan! Funciones hoy a las cuatro y seis de la tarde. Entrada general ¡veinte veinte veinte pesos!

Quiso la casualidad que ese día en la mañana, Cárdiac diera cuenta de la última parte de su bastimento: el rígido muslo de una mula vieja y coja  que habían comprado casi regalada días atrás.

Tadeo, el enano, auxiliar y malabarista de bolos, pelotas y aros, pero quien donde más suertes hacía era en las endebles finanzas del circo, se dio a la tarea de buscar, primero, un animal que además de servir como almuerzo (para el león, se entiende), fuera económico; segundo, un matancero que no cobrara caro por sacrificarlo y destazarlos en trozos convenientes al apetito selvático del taciturno Cárdiac, último espécimen del fiero linaje de melena negra del mundo.

Sin batallar mucho, Tadeo dio con un burro viejo y mañoso cuyo propietario tenía intención de venderlo a precio módico. Lo que resultó tarea imposible fue hallar al matancero y carnicero del pueblo: como era el dueño de las reses que sacrificaba, debía dedicar gran parte de su tiempo a atenderlas en el rancho. Venía más bien poco a la carnicería. En su lugar dejaba a Maclovio, un sobrino suyo de sonrisa permanente y mirada perdida que hacía las veces de aprendiz. Daba la impresión de haber pasado mucho tiempo a dieta vegetariana de la que incluye consumir únicamente hongos alucinógenos, marihuana y otros aditivos, o bien que sufría un serio retraso mental.

Luego de repetirle lo mismo tres veces, Tadeo consideró que después de tanto esfuerzo había logrado transmitirle a Maclovio cuánto le iba a pagar y para hacer qué, por lo que tomó el mecate para jalar el nuevo  almuerzo y se encaminaron rumbo de la cancha de fútbol, donde habían instalado la vieja y remendada carpa.

Minutos después llegaron: Tadeo, el enano malhumorado, el pobre burro que, descorazonado, agitaba las grandes orejas sin acabar de resignarse a su suerte y un simplón de sonrisa lela y mirada ausente.

En ese momento, con una llaneza y parcos ademanes por completo distintos a la teatralidad de la que hacía gala cuando había público, Melitón, el súper payaso, sin maquillaje ni saco de cuadritos, de rostro sin afeitar y cabello seboso, sacó de su encierro al león y lo pasó a una jaula más grande donde le diera el sol y pudiera estirarse a sus anchas.

El enano Tadeo le indicó a Maclovio dónde podía sacrificar al asno y le mostró la heladera para meter los trozos del animal una vez destazado.

Posteriormente ambos propietarios se metieron a un vagón remolque a hacer cuentas: el negocio iba mejor ahora que ya había terminado la época de lluvias, aun así…

Mientras tanto, Maclovio sonrió un poco más que de costumbre: se le acababa de ocurrir una idea que le pareció de lo más feliz: qué mejor oportunidad de apreciar –y en vivo, nada menos– el incomparable espectáculo del fiero león al acecho y cacería de su merienda.

Sin darle más vueltas a la cosa, jaló al burro, abrió la puerta de la soleada jaula y lo introdujo en ella. No bien descubrió al viejo africano echado al solecito, la emprendió a coces contra él.

¡Pum! ¡Pum!…. Pobre felino, ni siquiera alcanzaba a lamentarse. Tuvieron que quitarle el burro de encima, antes de que lo matara a patadas.

 

 

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