EL ESPINAZO DEL DIABLO

Por: César Vergara

Una noche nos reunimos a charlar Carlos Cañedo, Orlando Barragán y yo. La plática giró en torno a anécdotas de misterio. Cuando me tocó el turno, platiqué la historia que nos contó hace muchos años el papá de José Alberto.

En su juventud, el papá de José Alberto había sido torero. En aquella ocasión andaba con sus amigos toreando y festejando por el rumbo de Guanajuato, Durango o Nayarit.

Después de algún tiempo, decidieron continuar su travesía, pero se embrollaron con algunas amistades casuales, con las que entre plática y fiesta, se les hizo de noche. pese a que era tarde, y aunque las personas del lugar intentaron disuadirlos, decidieron seguir su camino.

Cuando ya estaban todos dentro del auto, los lugareños les advirtieron:

—Ya que decidieron partir, por favor tengan mucho cuidado, en especial en una parte del camino que le dicen “El Espinazo del Diablo”, porque está llena de curvas muy cerradas, muy peligrosas y pegadas una detrás de otra. Pero hay una curva en particular donde dicen que se aparece un espectro que saca a la gente del camino ¡Cuidado!

Tragando gordo luego de tal advertencia, se fueron.[1]

La noche era muy oscura. Viajaron sin novedad por espacio de mucho rato. Repentinamente, al haz de la luz del vehículo vieron un ente que, a toda prisa corrió sobre la cinta asfáltica y vino a su encuentro.

Advertidos de la amenaza, los amigos le gritaron al conductor.

— ¡No te detengas! ¡Acelera!

El ente vino a caer de bruces sobre el cofre del coche, y pegó el rostro al parabrisas. ¡Pero qué digo rostro! Era una calavera por completo descarnada. Todos iban presa del pánico.

El espectro aquel no paraba de proferir maldiciones.

—Ora sí, desgraciados, ¡les llegó la hora! aquí mismito se van a morir todos, malditos hijos de…—,dijo mientras se movía de un lado a otro tratando de impedir la visibilidad a Pepe, el conductor, quien, con el Jesús en la boca, abrió la ventanilla para asomarse, frente a lo cual el ente calavérico reaccionó estirando una huesuda mano, con la que casi le arañaba el rostro.

— ¡Malditos perros, se van a arrepentir de haber nacido, se los va llevar la fregada!

Pepe se inclinó hacia la derecha; el espectro nuevamente se recorrió para obstaculizar su visión.

Al interior del auto todos sudaban frío y rezaban, alguno le daba ánimo al conductor, con apenas en hilo de voz:

—Ten calma manito, maneja despacio, no te desesperes.

Y así continuaron varios kilómetros, noche cerrada, la niebla hasta abajo.

Como su nombre lo indica, la carretera tiene una curva detrás de la otra de manera ininterrumpida, tan retorcida como se supone que sea el espinazo del diablo.

Infinitos minutos más adelante, el ente de ultratumba se deslizó a un lado del automóvil y se dejó caer, con lo cual terminó la espeluznante aventura.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: