EL GANADERO RICO Y LA MULA

Por: César Vergara

Esta historia sucedió en un pueblo de Colombia hace muchos años. Don Tomás era un viejo muy ricachón, gran ganadero, señor de vidas y haciendas, acostumbrado a hacer su voluntad hasta en el más mínimo detalle. El máximo respeto que sentía en la vida era hacia la palabra empeñada.

Esa tarde, fumándose un puro, tomaba el fresco en su mecedora de suave rechinar pausado, a la sombra de su corredor viendo a la calle, como es costumbre en los pueblos de tierra caliente, desde México hasta la Tierra del Fuego, cuando pasó un muchacho montando en una mula y lo saludó.

—Buenas, don Tomás.

—Buenas, muchacho.

A manera de plática, el muchacho continuó:

—Mire, don Tomás: esta mula que traigo es muy especial, no es para cualquiera, así es que ni me diga, porque no se la voy a vender.

El viejito, picado en su curiosidad, pero sobre todo en su orgullo, detuvo el suave vaivén de la mecedora y preguntó:

—A ver, a ver, ¿cómo está eso? ¿Pues qué sabe hacer tu animalito, oye?

—No, don Tomás, ya se lo dije: no se la vendo, esta mula es muy especial.

Para esto, ya algunas gentes del pueblo que iban pasando se habían detenido a escuchar la peculiar conversación.

—¿Ah sí? ¿Pues qué sabe hacer o qué?

—No, pues ni se imagina; esta mula no es normal, se maneja como bicicleta. No se la puedo vender.

De entre una nube de colérico humo, vino la exclamación del hombrón ya molesto:

—¡Cómo carambas no! ¡Dime de una vez cuánto quieres por ella! Faltaría más con este muchacho insolente.

A esas alturas ya había un círculo de gente escuchando con atención silenciosa y ojos muy abiertos para ver en qué acababa todo aquello.

—Discúlpeme, don Tomás, esta mula no está en venta.

—Me la vas a vender de todas maneras, dime cuánto quieres y ya no me estés haciendo rabiar.

La discusión continuó todavía un buen rato, la gente del pueblo no perdía detalle. El muchacho aferrado a que no vendía el animal tan peculiar y don Tomás aferrado a que se lo había de comprar así le tuviera que vender su alma al diablo.

De tal suerte que terminaron conviniendo que don Tomás le daría un caballo finísimo y una fuerte suma de dinero a cambio de la mula.

Cerrado el trato, el muchacho se fue muy contento, pero más contento estaba don Tomás con su nueva adquisición, acariciándose los abundantes bigotes y comentando entre dientes:

—¿No que no me la vendía?

Un rato más tarde, muy bien vestido con su guayabera verde claro y un sombrero nuevo que hacía juego, con botín de tacón cubano y espuela de plata, el rico ganadero procedió a montar la mula aquella tan peculiar.

Al cabo de un buen rato, como el animal mostrara docilidad, le aflojó la rienda y se encendió un nuevo puro.

¡Cuál no sería su sorpresa al ver que la bestia fue derecho a estrellarse contra un árbol!: la mula era ciega.

Ciego pero de coraje, don Tomás se fue directito a la comisaría a acusar al muchacho de fraude. Cuando los policías llegaro por él, pidió que la gente del pueblo lo acompañara.

—Para que sean mis testigos—, aclaró.

Y allá fueron todos a la comisaría. Don Tomás casi se tragaba el puro de la bilis que traía, cuando el joven le aclaró:

—¿No le dije que esta mula no estaba a la venta y usted se empeñó?

Y el pueblo:

—Sí, don Tomás, eso le dijo.

—Pero me timaste—. Rayos y centellas surgían de los ojos del ricachón acompañados del humo del puro.

—Yo le dije que se trataba de una mula muy especial.

Y el pueblo:

—Sí, don Tomás, eso le dijo.

—Me vendiste una mula ciega.

—¿No le dije que se tenía que manejar como una bicicleta?

Y el pueblo:

—Sí, don Tomás, eso le dijo.

Y don Tomás, el rico del pueblo, dueño de vidas y haciendas, tuvo que tragarse su ira y respetar el trato, ya que si de algo se preciaba, era de ser hombre de palabra.

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