EL JUICIO FINAL

Por: César Vergara

Teníamos que rodear un barranco para llegar a casa, y estaba amaneciendo al Sur.  Todo el bosque se volvía selva,  y todo el campo convertíase en desierto.

 Nuestros estómagos ardían y nuestras mentes volaban, como si los unos tuvieran hambre y como si los otros quisieran sueños.

“En el lugar donde la vida empieza, acaba la muerte, y viceversa, ahora bien, si vivir es un paso hacia la muerte, morir es esperar el comienzo de otra nueva vida…”

¡A quién le importa la vida si lleva la muerte a su lado!

¿Quién teme morir sino quien se sabe marcado?

Razón fatídica por la que estábamos ahí.

Descendíamos a la parte oscura pintada de blanco, y el azul y el verde se confundían macabramente como si el dedo de Mefistófeles  los estuviese revolviendo en rojo.

Lo que nostradamus dijo es falso, y nosotros estábamos allí para probarlo… No conflictos políticos, no tensiones militares, sólo el dedo de Moloch revolviendo lo azul y lo verde en rojo.

Los orangutanes habían sido lampiños cuando se escribió este acontecimiento.

“—¡pobres de los humanos, a veces los compadezco! Son sólo simios calvos y se sienten poseidones—“.

Así pensaba camino a casa, cuando teníamos que rodear un barranco y amanecía por el Sur, y todo el bosque se volvía selva, y todo el campo convertíase en desierto.

 

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