EL VIEJITO CON OJOS DE CONEJO

Por: @vergaracesar1

Cerca de Teocelo, en un ranchito muy pintoresco, había un hombre que estaba ya todo viejecito, ñanguito de a tiro. Lo que más llamaba la atención de él eran sus ojos: chiquitos como de coyote, pero rojos, como si fueran de conejo.

Contaban los que sabían que el viejito, en vez de dormir, pasaba toda la noche cortando rueditas de cartón.

Luego, por ahí de las cuatro de la mañana, se iba al monte y en una colina muy alejada, extendía muy cuidadosamente todas aquellas rueditas de cartón. Cuando les daba la primera luz del sol, se transformaban en centenarios. Ahí se esperaba un ratito.

Ya que el día estaba claro, guardaba todas las monedas de oro en su morral y regresaba a su casa. Dicen que tenía cuartos enteros de estas monedas. Podía hacer tales prodigios  porque le había vendido su alma al diablo. Así logró hacerse un hombre muy rico.

Pasó el tiempo y por razón natural el viejito se murió. Toda la familia lamentó mucho el suceso. Los hijos entonces se repartieron el oro, que era mucho.

Las casas de Teocelo en ese tiempo las hacían de un solo nivel, con un patio central al cual comunicaban todas las habitaciones, que eran independientes.

Pasaron los meses. De repente una noche encontraron un burro metido en el cuarto que fuera del viejito. El hermano que lo halló se puso hecho una furia.

BURRERO

–¡Ándale, burro condenado! –. A gritos y riatazos lo echaron para afuera.

A la noche siguiente, de nuevo ahí estaba el burro en el cuarto del viejito. Otra vez lo sacaron a varazos.

Esta situación se repitió en varias ocasiones: así cerraran la habitación a piedra y lodo, era cuestión de días para que el animal se llegase de nuevo por ahí. De manera que acordaron ir a ver a la curandera del pueblo, ya que se trataba de alguien que conocía mucho de esas cosas misteriosas.

Ella les explicó que el viejito había regresado del más allá reencarnado en burro como castigo por haberle vendido su alma al diablo, así que lo tenían que atender.

De ahí en adelante, a pesar de que todos los hijos se habían vuelto ricos por tanto oro que les dejó su papá, en lugar de la recámara del viejito construyeron una caballeriza en donde le servía de comer alfalfa y avena, le tendían su cama de paja, etc. Lo siguieron atendiendo para siempre porque sabían que era su papá que había vuelto de ultratumba.

EL ROSARIO Y EL ENANO.

Por: @vergaracesar1

Dios te dé salud y gozo,
y casa con corral y pozo.
Refrán popular.

En la población de San Buenaventura, en una pequeña propiedad con corral y pozo,  Longino y Felicitas tenían su humilde casa de adobe.

Longino, con cierta frecuencia, luego de terminadas las labores del día, acostumbraba irse a pasear a caballo en busca de aventuras o simplemente a la población cercana a beber unas copas en la cantina.  Mientras tanto, Felicitas, junto con el resto de las mujeres y los niños, se daba a la tarea de rezar el Rosario.

Las actividades cotidianas dependían en su mayor parte de la luz del sol; durante el día se lavaba, se tendía, se barrían habitaciones y corredores, se escombraba el patio, se escogía el frijol y el arroz, etc. Ya que la luz natural escaseaba, la iluminación provenía de la luna que se colaba por las ventanas, del fogón de la cocina, del quinqué de petróleo colgado de un clavo en la pared y de la vela que arrojaba destellos chisporroteantes colocada encima de la mesa.  Otro punto de iluminación lo proporcionaban las veladoras al pie del pequeño altar, donde noche a noche, por encima del canto de las cigarras, se elevaba el devoto rezo de las mujeres.

Longino, luego de apurar desganados tragos en la cantina del lugar, se montó en su caballo; éste se dirigió a paso alegre de regreso a casa.  Pasó por debajo de la frondosa higuera del patio y llegó hasta el paredón.

Sin grandes ánimos desensilló la bestia y la guardó en la caballeriza.  Acomodó montura, carona[1] y rienda sobre el burro de madera para tal efecto, y sin demasiados aspavientos le sirvió como merienda una buena ración de alfalfa.

Con más bien poco afán tomó la cubeta de madera y se dirigió al pozo. En la tranquilidad de la serranía jalisciense el aire cálido hervía con multitud de sonidos con toda la potencia del verano: millares de cigarras, grillos y  las ranas daban su concierto nocturno, haciéndose acompañar de vez en vez por alguna lechuza agorera.

Del interior de la casa, en el mismo ritmo cadencioso y monótono, llegó hasta Longino el murmullo de los avemarías y padrenuestros de las rezanderas.

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Chirrió la polea del pozo por la pesada cubeta llena de agua.  Longino siguió tirando de la cuerda hasta que tuvo el tosco recipiente frente a la altura de sus ojos.  Lo desató y fue a servirle agua al caballo.

Terminada la labor del día, fatigado, frunció el entrecejo:

—Qué bien fastidian con su #&?!=@XL>*/  rosario.

Ante la disyuntiva del Rosario o el petate, y con el calorcito de unas cuantas copas en el estómago, le pareció más apetecible recostarse a dormir de una buena vez, por lo que, para no ser sentido, entró de puntitas a la casa; muy cuidadosamente pasó cerca de las mujeres y los niños que, de espaldas a la puerta, rezaban ante el altarcito;  luego, con más sigilo que un ratón se dirigió a su recámara, donde se acostó en silencio y casi sin respirar para no hacer ruido.

Poco después roncaba plácidamente a todo lo largo y ancho del catre de yute.

De pronto, despertó sobresaltado: la ventana de madera se abrió de par en par y por ella entró, con la agilidad de un fiero tigre, un grotesco enano de afilados dientes y rostro cenizo, en el centro del cual los gigantescos ojos despidieron un rojo resplandor de ultratumba.

Fue a caer a los pies de Longino y, sin mediar palabra, lo tomó por los tobillos con sus terribles garras de temibles y retorcidas uñas negras y con fuerza sobrehumana lo comenzó a arrastrar fuera de la habitación.

Longino, a pesar de que era un hombre muy valiente, se quedó inmóvil, presa de un terror inenarrable. Con una voz cavernosa y descarnada, que no obstante parecía querer invitar a la complicidad, el jorobado y enano repugnante le dijo:

—Vente, te voy  a llevar.

Acto seguido, procedió a arrastrarlo por el piso de tierra apretada. Paralizado de miedo, Longino apenas atinó a decir:

—No, por favor no.

Y como su petición sólo obtuviera por resultado una presión más férrea en los tobillos, que le sacó algunas gotas de sangre, preguntó desesperanzado:

—¿Por qué a mí?

El enano lo soltó y vino a poner su rostro a unos centímetros de los ojos de Longino.  Invadiéndolo con su fétido aliento, le dijo:

—Yo pertenezco al diablo y tú también, así es que te vienes conmigo.

Longino protesto, inmóvil y aterrado:

—¡Pero yo no soy del diablo!

Con una apagada risa que más bien parecía el gorgeo de un piojoso buitre pestilente, el ente demoniaco sentenció:

—Si no fueras del diablo estarías allá con los tuyos rezando en lugar de estar aquí.

Longino, viendo a unos centímetros de su rostro al temible ser de pesadilla, entumecido como estaba, paralizado por un terror suprahumano, viendo qué fin tan macabro le esperaba, resignado a su terrible suerte, alcanzó a balbucear:

—Ay, Dios mío.

Lleno de un odio ruin, el negro ente jorobado emitió una especie de rugido animal al momento que daba tres pasos atrás. Sus ojos encendidos se tornaron opacos.  Abrió y cerró sus afiladas garras varias veces, indeciso, viendo al suelo.  Hasta donde  ellos se encontraban, llegaron en ese momento los dulces rezos de un Avemaría.

Finalmente, sin emitir un sonido más, con inusitada agilidad felina saltó por la ventana por la que minutos antes entrara, y se perdió en la oscuridad de la noche. Longino permaneció varios minutos todavía inmóvil en el piso frío de la habitación, sin acabar de entender bien a bien lo que había sucedido. Un ardor flamígero subía por sus adoloridos tobillos, como si estuvieran sobre brasas.

Poco después notó que podía moverse y sin pensarlo dos veces, corrió como el viento a hincarse con los que rezaban.

EL GAMBUSINO DE COATEPEC

POR: @vergaracesar1

A finales de la década de los ochenta, en una región tan tradicionalista y provinciana como es Coatepec, Veracruz, se organizó la búsqueda de un tesoro. La leyenda había circulado en la familia desde los tiempos del abuelo Simón, aquel hombrazo rubio de ojos azules, alto y fornido como un roble que llegó de España siendo niño, a abrirse camino en tierra tropical: “en la Casa de Altos espantan porque hay un tesoro enterrado”, pero nunca había pasado del comentario hasta ese momento, en que estaban en pláticas para venderla. El primo Lucino dio una enérgica opinión:

–       Pues hay que escarbarle antes de deshacernos de ella

De inmediato se unieron a la partida los familiares más entusiastas, o los más ambiciosos. Antes que canta un gallo, ya habían conseguido un gambusino, es decir, una persona especializada en este tipo de menesteres.

Acordaron verse para tal día en una cafetería de Coatepec, para charlar sobre el tema. El gambusino, de nombre Reyes, resultó  ser un hombrón gigantesco, de más cien kilos de peso, cuadrado como un ropero y luengas barbas. Les hizo saber que él contaba con amplia experiencia en la extracción de tesoros, que había recuperado doblones españoles frente a las costas de Antón Lizardo, que contaba con tales y cuales aparatos para detectar metales, aunque estuvieran enterrados a muchos metros de profundidad, y por si fuera poco, poseía sensibilidad y clarividencia particulares, que le permitían saber con exactitud en qué parte podía hallarse algún tesoro.

Lucino y compañía se convencieron de que él era la persona que necesitaban. Acordaron los porcentajes a repartirse una vez encontrado el cofre lleno de monedas de oro o lo que hallasen, yconvinieron iniciar los trabajos a la mañana siguiente, y así fue. Desde temprana hora se dieron a la tarea de recorrer el caserón aquel, de sótano a techo, sin dejar de revisar un solo rincón, con detectores de metales muy sofisticados, que tenían unos alambritos en forma de ele y, asidos en los puños, se movían solos, conforme particulares corrientes de esotérica energía los guiase, mientras el hombre extendía las palmas extendidas de sus manazas. Hacia ese mediodía, Reyes concluyó:

–       El tesoro se halla en el patio central

Y hacia allá fueron. El lugar exacto lo indicaron los alambritos aquellos, al ponerse en cruz uno sobre el otro:

–       aquí es  – confirmó.

Las excavaciones comenzaron. Éste fue un peregrinar de tías, primos, ahijados y amigos que, picados de curiosidad y un poquito de codicia, desfilaban por el caserón de varios siglos de antigüedad, donde a lo largo de los años varias familias habían asentado sus reales desde la época de la Colonia y donde comprensiblemente habían llevado a cabo construcciones, demoliciones y fortificaciones conforme les era menester en su momento.

Pero al cabo de las semanas, lo que había sido emoción y gusto, desapareció para dar paso al tedio. Poco a poco, los curiosos desaparecieron. No era muy emocionante pasar las horas viendo a Mateo echar paladas y más paladas de tierra. Mateo era chiquilicuatro * y rebejillo **, rubio tostado de ojos verdes, lo que se dice un güero de rancho, cuya peculiaridad consistía en ser sordomudo. Empleado de Lucino, éste lo había asignado para ser el cavador de la “expedición”.

A este chiquilín le correspondía el pesadísimo trabajo de excavar, ora con pico, ora con pala, mientras el resto de la expedición (el gambusino, el tío Juan, Jorge y el primo Lucino, todos ellos por el metro ochenta y tantos de estatura, y una robustez y barrigas de concurso) lo observaban atentamente, no fuera a ser que de repente apareciera alguna moneda de oro, y que éste se la embolsase. En una de tantas sesiones, Reyes, compadeciendo al pobre muchacho por el duro trabajo, pidió que cesara la acción y les indicó :

–       Este tesoro está enterrado muy profundo. Con mis poderes lo voy a subir aunque sea un poco, para que nos sea más fácil sacarlo

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Acto seguido, cerró los ojos y se puso en trance. Poco después, informó:

–       Ya siento el tesoro, está muy hondo

Posteriormente, con sus fierritos en forma de ele en sendas manos, apuntando hacia abajo en algún punto frente a sí, procedió a hacer esfuerzos sobrehumanos, siempre con los ojos bien apretados, frunciendo el entrecejo y haciendo muecas por el intenso empeño que ponía. Al mismo tiempo, iba levantando los brazos muy lentamente, hasta que los alambritos, en vez de apuntar a las rodillas, terminaron por apuntar a la panza de la persona que tenía delante.

–       ¡ya!  – dijo en tono triunfal.

Enjugándose el sudor, producido por tamaño esfuerzo mental, aclaró:

–       Logré levantarlo medio metro, está muy profundo, debemos seguir –

Lucino hizo una seña y Mateo reanudó la tarea.

Un buen día, cuando ya habían sacado camionadas de tierra y el agujero llevaba unos diez metros de profundidad, hallaron una especie de anillo perfectamente cilíndrico, un brocal preciosamente tallado en piedra, más allá, se abría un abismo, cuyo fondo no se alcanzaba a vislumbrar con la luz de las linternas.

–       Allí está el tesoro, ésta es la entrada que lleva a él –  afirmó el gambusino –

Los participantes de la aventura, se miraron entre sí, nadie podría caber por el estrecho pasadizo gracias a sus anchas espaldas, por no hablar de sus tremendas barrigas. Nadie… salvo el sudoroso mudito que, sofocado, jadeaba recargado en una pala.

–       Mateo – ordenó Lucino – vas para adentro – y acompañó sus palabras, de elocuente gesto.

Un torrente de biliosos balbuceos incomprensibles fue la respuesta. El hombrecito no se movió de su lugar, en cambio, seguía emitiendo sonidos guturales mientras señalaba el antro y luego alzaba las manos al cielo como dando a entender: ¡pero a quién se le ocurre!

Trajeron una soga, pero para atársela a la cintura, fue forzoso inmovilizarlo entre todos. Él se resistía.

–       órale, mudo, tú puedes – lo alentaban entre exhorto y amenaza.

Ataron el cabo de la soga a un árbol, y para meter al hombrecito al hoyo, tuvieron que llevarlo en vilo. Mateo profería entrecortados gritos y amenazaba con los puños mientras tiraba mordiscos. Al final, casi a patadas, lo hicieron pasar por el angosto orificio y le dieron soga. Poco a poco, lo fueron bajando cosa de diez metros.

–       ¿cómo vas, Mateo?

Pujidos biliosos subían desde las profundidades.

–       oigan – dijo alguien – ¿Cómo nos va a explicar lo que vio allá abajo?

Luego de lo que consideraron un plazo razonable, izaron al mudo. Mateo salió del antro, iracundo, con el rostro desencajado. Al borde del paroxismo, se dio a la tarea de señalar a cada uno de los miembros de la expedición, menos a Lucino, que a fin de cuentas era su jefe. Después hizo una pantomima, como si tocara el violín y apuñalara a éste con el arco, clavando éste hasta la empuñadura, lo que se dice hacer un violín. Al mismo tiempo, su balbuceo incoherente no cesaba.

–       ¿qué viste, mudo? – le preguntó el tío Juan, muy comedido.

Por toda respuesta, Mateo renovó la pantomima de cruzar un brazo por encima del otro con los puños cerrados, señalando a cada uno, para hacerle entender que era él y ningún otro, el receptor de tal majadería. Esta vez fue Lucino el que le preguntó:

–       ¿Qué viste allá abajo, Mateo?

Y de nueva cuenta, el güerejo sordomudo, presa de un terrible coraje, que no alcanzaba a externar, volvía a su gutural balbuceo, y a señalar a cada uno, para luego mentárselas de aquella manera poco verbal pero efectiva. A todos, pero a su jefe no, a éste, le hizo una seña con las palmas de las manos hacia abajo,  indicando que tuviera paciencia, y nuevamente hizo una ronda de frescas a todos los presentes, mientras sus gimoteos transmitían claramente su intención, por más que no utilizara verbo ni vocablo alguno.

Ya con la ira un tanto disminuida, le explicó a Lucino a qué lugar lo habían hecho descender. Él desde un principio, supo de qué sitio se trataba, de ahí su negativa profunda al forzado descenso y más claro tenía, que ahí no se encontraba tesoro alguno, ni nada que lo pareciese. La pantomima de Mateo no podía ser más elocuente. Acuclillándose, se llevó una mano al rostro, como quien piensa o hace alguna cosa con suma intensidad. El brocal aquel tan labrado, no era sino la boca de una letrina, y la caverna del supuesto tesoro era el lugar adonde iba a parar todo aquello de lo que la gente se desprende cuando va de visita a tales lugares. Se trataba de una antigua fosa séptica.

Finalmente Lucino y sus familiares cerraron el trato y cumplidas las fechas, entregaron la casa llena de agujeros en pisos y  muros. Del tesoro, jamás hallaron la mínima huella. La Casa de Altos es, hoy, una cafetería.

A finales de la década de los ochenta, en una región tan tradicionalista y provinciana como es Coatepec, Veracruz, se organizó la búsqueda de un tesoro. La leyenda había circulado en la familia desde los tiempos del abuelo Simón, aquel hombrazo rubio de ojos azules, alto y fornido como un roble que llegó de España siendo niño, a abrirse camino en tierra tropical: “en la Casa de Altos espantan porque hay un tesoro enterrado”, pero nunca había pasado del comentario hasta ese momento, en que estaban en pláticas para venderla. El primo Lucino dio una enérgica opinión:

–       Pues hay que escarbarle antes de deshacernos de ella

De inmediato se unieron a la partida los familiares más entusiastas, o los más ambiciosos. Antes que canta un gallo, ya habían conseguido un gambusino, es decir, una persona especializada en este tipo de menesteres.

Acordaron verse para tal día en una cafetería de Coatepec, para charlar sobre el tema. El gambusino, de nombre Reyes, resultó  ser un hombrón gigantesco, de más cien kilos de peso, cuadrado como un ropero y luengas barbas. Les hizo saber que él contaba con amplia experiencia en la extracción de tesoros, que había recuperado doblones españoles frente a las costas de Antón Lizardo, que contaba con tales y cuales aparatos para detectar metales, aunque estuvieran enterrados a muchos metros de profundidad, y por si fuera poco, poseía sensibilidad y clarividencia particulares, que le permitían saber con exactitud en qué parte podía hallarse algún tesoro.

Lucino y compañía se convencieron de que él era la persona que necesitaban. Acordaron los porcentajes a repartirse una vez encontrado el cofre lleno de monedas de oro o lo que hallasen, yconvinieron iniciar los trabajos a la mañana siguiente, y así fue. Desde temprana hora se dieron a la tarea de recorrer el caserón aquel, de sótano a techo, sin dejar de revisar un solo rincón, con detectores de metales muy sofisticados, que tenían unos alambritos en forma de ele y, asidos en los puños, se movían solos, conforme particulares corrientes de esotérica energía los guiase, mientras el hombre extendía las palmas extendidas de sus manazas. Hacia ese mediodía, Reyes concluyó:

–       El tesoro se halla en el patio central

Y hacia allá fueron. El lugar exacto lo indicaron los alambritos aquellos, al ponerse en cruz uno sobre el otro:

–       aquí es  – confirmó.

Las excavaciones comenzaron. Éste fue un peregrinar de tías, primos, ahijados y amigos que, picados de curiosidad y un poquito de codicia, desfilaban por el caserón de varios siglos de antigüedad, donde a lo largo de los años varias familias habían asentado sus reales desde la época de la Colonia y donde comprensiblemente habían llevado a cabo construcciones, demoliciones y fortificaciones conforme les era menester en su momento.

Pero al cabo de las semanas, lo que había sido emoción y gusto, desapareció para dar paso al tedio. Poco a poco, los curiosos desaparecieron. No era muy emocionante pasar las horas viendo a Mateo echar paladas y más paladas de tierra. Mateo era chiquilicuatro * y rebejillo **, rubio tostado de ojos verdes, lo que se dice un güero de rancho, cuya peculiaridad consistía en ser sordomudo. Empleado de Lucino, éste lo había asignado para ser el cavador de la “expedición”.

A este chiquilín le correspondía el pesadísimo trabajo de excavar, ora con pico, ora con pala, mientras el resto de la expedición (el gambusino, el tío Juan, Jorge y el primo Lucino, todos ellos por el metro ochenta y tantos de estatura, y una robustez y barrigas de concurso) lo observaban atentamente, no fuera a ser que de repente apareciera alguna moneda de oro, y que éste se la embolsase. En una de tantas sesiones, Reyes, compadeciendo al pobre muchacho por el duro trabajo, pidió que cesara la acción y les indicó :

–       Este tesoro está enterrado muy profundo. Con mis poderes lo voy a subir aunque sea un poco, para que nos sea más fácil sacarlo

Acto seguido, cerró los ojos y se puso en trance. Poco después, informó:

–       Ya siento el tesoro, está muy hondo

Posteriormente, con sus fierritos en forma de ele en sendas manos, apuntando hacia abajo en algún punto frente a sí, procedió a hacer esfuerzos sobrehumanos, siempre con los ojos bien apretados, frunciendo el entrecejo y haciendo muecas por el intenso empeño que ponía. Al mismo tiempo, iba levantando los brazos muy lentamente, hasta que los alambritos, en vez de apuntar a las rodillas, terminaron por apuntar a la panza de la persona que tenía delante.

–       ¡ya!  – dijo en tono triunfal.

Enjugándose el sudor, producido por tamaño esfuerzo mental, aclaró:

–       Logré levantarlo medio metro, está muy profundo, debemos seguir –

Lucino hizo una seña y Mateo reanudó la tarea.

Un buen día, cuando ya habían sacado camionadas de tierra y el agujero llevaba unos diez metros de profundidad, hallaron una especie de anillo perfectamente cilíndrico, un brocal preciosamente tallado en piedra, más allá, se abría un abismo, cuyo fondo no se alcanzaba a vislumbrar con la luz de las linternas.

–       Allí está el tesoro, ésta es la entrada que lleva a él –  afirmó el gambusino –

Los participantes de la aventura, se miraron entre sí, nadie podría caber por el estrecho pasadizo gracias a sus anchas espaldas, por no hablar de sus tremendas barrigas. Nadie… salvo el sudoroso mudito que, sofocado, jadeaba recargado en una pala.

–       Mateo – ordenó Lucino – vas para adentro – y acompañó sus palabras, de elocuente gesto.

Un torrente de biliosos balbuceos incomprensibles fue la respuesta. El hombrecito no se movió de su lugar, en cambio, seguía emitiendo sonidos guturales mientras señalaba el antro y luego alzaba las manos al cielo como dando a entender: ¡pero a quién se le ocurre!

Trajeron una soga, pero para atársela a la cintura, fue forzoso inmovilizarlo entre todos. Él se resistía.

–       órale, mudo, tú puedes – lo alentaban entre exhorto y amenaza.

Ataron el cabo de la soga a un árbol, y para meter al hombrecito al hoyo, tuvieron que llevarlo en vilo. Mateo profería entrecortados gritos y amenazaba con los puños mientras tiraba mordiscos. Al final, casi a patadas, lo hicieron pasar por el angosto orificio y le dieron soga. Poco a poco, lo fueron bajando cosa de diez metros.

–       ¿cómo vas, Mateo?

Pujidos biliosos subían desde las profundidades.

–       oigan – dijo alguien – ¿Cómo nos va a explicar lo que vio allá abajo?

Luego de lo que consideraron un plazo razonable, izaron al mudo. Mateo salió del antro, iracundo, con el rostro desencajado. Al borde del paroxismo, se dio a la tarea de señalar a cada uno de los miembros de la expedición, menos a Lucino, que a fin de cuentas era su jefe. Después hizo una pantomima, como si tocara el violín y apuñalara a éste con el arco, clavando éste hasta la empuñadura, lo que se dice hacer un violín. Al mismo tiempo, su balbuceo incoherente no cesaba.

–       ¿qué viste, mudo? – le preguntó el tío Juan, muy comedido.

Por toda respuesta, Mateo renovó la pantomima de cruzar un brazo por encima del otro con los puños cerrados, señalando a cada uno, para hacerle entender que era él y ningún otro, el receptor de tal majadería. Esta vez fue Lucino el que le preguntó:

–       ¿Qué viste allá abajo, Mateo?

Y de nueva cuenta, el güerejo sordomudo, presa de un terrible coraje, que no alcanzaba a externar, volvía a su gutural balbuceo, y a señalar a cada uno, para luego mentárselas de aquella manera poco verbal pero efectiva. A todos, pero a su jefe no, a éste, le hizo una seña con las palmas de las manos hacia abajo,  indicando que tuviera paciencia, y nuevamente hizo una ronda de frescas a todos los presentes, mientras sus gimoteos transmitían claramente su intención, por más que no utilizara verbo ni vocablo alguno.

Ya con la ira un tanto disminuida, le explicó a Lucino a qué lugar lo habían hecho descender. Él desde un principio, supo de qué sitio se trataba, de ahí su negativa profunda al forzado descenso y más claro tenía, que ahí no se encontraba tesoro alguno, ni nada que lo pareciese. La pantomima de Mateo no podía ser más elocuente. Acuclillándose, se llevó una mano al rostro, como quien piensa o hace alguna cosa con suma intensidad. El brocal aquel tan labrado, no era sino la boca de una letrina, y la caverna del supuesto tesoro era el lugar adonde iba a parar todo aquello de lo que la gente se desprende cuando va de visita a tales lugares. Se trataba de una antigua fosa séptica.

Finalmente Lucino y sus familiares cerraron el trato y cumplidas las fechas, entregaron la casa llena de agujeros en pisos y  muros. Del tesoro, jamás hallaron la mínima huella. La Casa de Altos es, hoy, una cafetería.

LA DESPEDIDA

POR: @vergaracesar1

A toda carrera, Oscar llegó al rancho, no como quien va a cobrar herencia, sino como quien va a despedir a un moribundo antes de que sea tarde.

Dejó la camioneta estacionada frente a la casa grande, sin preocuparle en lo más mínimo si quedaba bien estacionada o estorbaba el paso de otros vehículos.

Como un vendaval entró a la casa y al mismo paso corrió escaleras arriba.

Su esposa e hijos lo siguieron casi con la misma premura.

Rápidamente intercambió miradas con sus hermanos menores y su madre, quienes aguardaban rezando en voz baja afuera de la habitación principal. Comprendió el hombre maduro que no había un instante que perder. Entró sin tocar.

En la cama, al fondo de la habitación en semipenumbra, se cernía el viejo. Entre la tos del aire que huía de sus fatigadísimos pulmones y los espasmos que anunciaban el final inminente, alcanzó a decir, con una voz en que se mezclaban ira, desesperación y consuelo:

 

Los Choros de César (2)

–¡Pen… pendejo! mero y… ¡mero y no llegas!

Un nudo en la garganta le impidió a Oscar responder nada. No atinó sino a mirar a su anciano padre con los ojos cuajados en llanto.

Éste, que no estaba para pausas, al borde del sofoco, indicó:

–Pronto, híncate; tu mujer, tus hijos: hínquense todos: les voy a dar mi bendición.

Los familiares de Oscar habían llegado justo a tiempo para acatar la voluntad del moribundo.

Ya que todos estuvieron de hinojos, habló el agonizante viejo, con una voz que se mantuvo firme cuando dijo:

–Bendita sea la tierra que pises tú, y toda tu descendencia.

Con mano igualmente firme hizo la señal de la cruz. En silencio, todos se persignaron.

–Ahora, que se salgan todos, quiero estar a solas contigo.

Antes de que la puerta se cerrara, una de las hermanas de Oscar vino con un vaso de agua y medicina.

–Dice el doctor que se tome esto.

Oscar permanecía mudo. Se acercó a la cama. Al fin reunió valor para hablar:

–Tómese esto, papá: le va a hacer bien.

El anciano, que una vez habiendo cumplido con la sagrada misión de bendecir a su hijo mayor, se hallaba más despreocupado, ahora sí en los últimos estertores, aclaró:

–Ya no: así es como me quería yo ir: me quiero morir en tus brazos, hijo.

Se abrazaron.

No había nada más que decir.

 

 

JHOFI EN EL PAIS DE LOS ENOJAURIOS

POR: @vergaracesar1

 (fragmento, novela para niños)

ESTA ES LA HISTORIA de una niña maravillosa, con una sonrisa de plena felicidad y un corazón alegre y simpático, aunque algo metiche, como el de muchas niñas.

También es la historia de dos personajes rarísimos que vivían en un castillo en el corazón del país de los Enojaurios: dos perritos de nombre Doña Nieves y Chentito-bebé y de cómo se conocieron éstos con Jhofi y su hermano Jhoge.

Pero como las historias se cuentan mejor cuando comienzan desde el principio, aquí vamos:

El relato no se inicia con Jhofi, como juraría cualquiera, sino con Elías, el Brujo del pueblo.

Este hombre –si se le podía llamar así –, era un verdadero misterio para todos los habitantes del pueblo: pasaba casi todo el tiempo en su choza, muy distante, a mitad del bosque, por allá en lo alto de la montaña, entregado a lo que parecía, a toda una serie de rituales y cantos muy extraños, muy secretos, que nadie más que él comprendía.

Los habitantes del pueblo poco le hacían caso, no por pensar que estuviera loco o alguna otra razón por el estilo, sino porque le tenían mucho respeto y también un poco de miedo. Además, él casi nunca se metía con nadie: en reciprocidad, nadie se metía con él. Acaso por eso mismo, cuando hablaba, sus palabras eran muy tomadas en cuenta.

Ah, pero este brujo no era un hombre común y corriente, ¡No! Algunos creían que ni siquiera podía dársele este calificativo. Indudablemente que se trataba de un singular personaje, por ejemplo: en vez de pelo, de la cabeza le salían ramitas ¡y con hojitas!

Un día Elías bajó al pueblo por unas gallinas. Nadie consideraría que se las venía a robar, puesto que todos estaban conscientes de que el brujo, para poder dedicarse con gusto y entera libertad a la magia, debía estar exento de las pesadas labores del campo, así pues, cuando requería de algo, ya fuese para sacrificarlo a los dioses o sencillamente para guisarlo y comérselo (lo cual todo el mundo estaba convencido de que era la verdad), no necesitaba más que tomarlo, ya se tratase de blanquillos, una rebanada de pastel o, como en este caso, unas gallinas.

Cabe mencionar que tales aportaciones eran motivo de orgullo para el dueño de los bienes, ya que le daba un status el ser partícipe de la buena alimentación y disciplinas de tan importante personaje.

Habría que decir que esto sucedía con poca frecuencia, ya que al brujo, de los tobillos en vez de vellos, le crecían unas fuertes varas que, luego de cubrirle por entero el lugar destinado a los pies, llegaban hasta el suelo, pues eran raíces, propiamente, por lo que, las más de las veces, Elías ocupaba un lugar preciso del bosque de las Lunas Ciegas, en mitad de un grupo de árboles, y ahí se quedaba, perfectamente inmóvil, durante días, noches y semanas, sobre todo en época de lluvias o en luna llena, con los brazos extendidos (por arte de un prodigio semejante al de los pies, en lugar de dedos y manos le crecían ramitas y hojitas) meciéndose suavemente al ritmo de la brisa, cual si de otro árbol más se tratase, que igualmente se alimentaba de la tierra, del sol, de la lluvia, de la luna…hasta que, repentinamente algún evento fortuito lo sacaba de su trance. Aunque en general disfrutaba de los trinos de las aves, algún pajarito cantarín en exceso lograba irritarlo muchísimo. También lo hacía reaccionar una puesta de sol particularmente bella, un amanecer magnífico, cuando las arañas le hacían cosquillas al tejer sus ingeniosas y geométricas trampas de delgadísima consistencia o bien una tormenta, sobre todo cuando la causa de su despertar era que un rayo le cayera en la cabeza. Ya vuelto en sí, no se ponía a correr y brincar como si nada, sino que sufría un proceso de aclimatación: primero comprendía que ya había dejado de ser árbol, o que nunca lo había sido o lo que fuera; al poco tiempo, horas o días, nadie podía asegurarlo, comprendía que ya era otra vez hombre-árbol o ser-naturaleza-consciente… brujo, pues, en una palabra.

¡En fin! El caso es que ese día bajó al pueblo, y ya con senda gallina debajo de cada brazo, se acercó a la fuente donde Jhofi jugueteaba, y le dijo muy solemne:

–¡Valentía, muchacha! Muy pronto te irás de este pueblo a desfacer un entuerto: habrás de enderezar un tronco que está torcido por la maldad, después de lo cual volverás convertida en una guerrera, pero no será pronto, ni fácil. ¡Cuida a tu hermano!

Este comentario a Jhofi la dejó helada, para empezar porque su hermano Jhoge era mayor que ella.

Elías, que ya había dado algunos pasos alejándose, volvió un poco la cabeza para agregar:

–Si llegaras a necesitarme, piensa en flores, y yo siempre estaré contigo.

Jhofi esperó muy quietecita, chorreándole por la cabeza el agua de la fuente que había estado jugando, en espera de alguna otra palabra, pero fue en vano: el brujo se alejó hasta perderse de vista más allá de las últimas casas del pueblo, acompañado del rítmico sonido que hacía al andar, como si barrieran con una escoba de varas.

No bien su mamá vio que el brujo ya no aparecía, tomó de la mano a la niña y a su hermano que también por ahí andaba jugueteando y a toda prisa corrieron a su casa.

Sin mediar palabra, sacó la mamá del ropero una vieja y polvorienta maleta de cuero, a cuyo interior procedió a arrojar prendas de ropa sin ton ni son, a la vez que lloraba y rezaba.

Mudos, ambos hermanos veían a su mamá llena de estupor, sin saber qué hacer. Ella, por toda explicación, ordenó:

–Jhofi: métete a bañar antes de que te enfermes por andarte mojando, mira nada más cómo estás: toda chorreada. ¡Y no te tardes, porque luego se va a bañar tu hermano!

Jhofi iba a repelar, como de costumbre con su consabido “¿y yo por qué?” pero, dadas las circunstancias, comprendió que sería preferible obedecer en silencio.

Ya que Jhofi se hubo retirado, Johoge, el hermano, preguntó:

–¿Qué está pasando, mamá? ¿por qué haces maleta? ¿Adónde vamos?

La mujer era toda actividad. Cerró la petaca, luego de lo cual procedió a golpearla repetidamente con un trapo: era el método universal más antiguo existente para desempolvar las cosas. Mientras esto hacía, respondió:

–¿Qué no oíste lo que dijo Eneas? En cuanto llegue tu padre se van a ir, pero muy lejos de aquí, donde estén a salvo de la maldición que les profirió ese hombre malvado a ti y a tu hermana.

Una vez la maleta quedó limpia, o cuando la mamá desquitó un tanto su coraje y su miedo, quién sabe, se dirigió a la cocina.

Con rápidos y certeros movimientos desató el garabato, luego de lo cual procedió a preparar unas tortas de jamón y queso.

Un garabato era una herramienta muy popular en aquellos ayeres tan antiguos en que no existía el refri, la estufa de gas ni tantos otros inventos que damos por sentados en nuestra época. En aquellos años en aquel mundo, de forma similar a lo que ocurría en nuestra Edad Media, la comida que se guardaba era más bien poca: pan, queso, huevos, un poco de carne en conserva al estilo de la cecina o el tocino, pan y poco más. Todo eso se colocaba en una mesa en la cocina, pero para que estuviera a salvo de perros, gatos, ratas, chiquillos tragaldabas y demás alimañas, dicha mesa  se suspendía del techo por medio de una cuerda: a esto se le llamaba un garabato. De ahí la expresión: un ojo al gato y otro al garabato.

Bien, mientras la mamá terminaba de preparar las tortas de jamón, mencionemos a Jhoge:

Era el hermano mayor de Jhofi. Si bien aún no dejaba de ser un niño, ya había alcanzado la estatura a la que llegan ciertos chamaquitos, que parece que les hubieran puesto fertilizante en exceso, pero sin llegar a convertirse todavía en un muchacho. Con su hermana no se llevaba ni bien ni mal, como es frecuente que suceda entre hermanos: a veces jugaban y a veces se peleaban, pero aunque nunca se lo decían, se querían mucho y eran los mejores amigos. La voz de Jhoge aún era de niño, pero con ciertos gallitos, quiebres y ronqueras temporales que indicaban a todas luces que el tiempo de la adolescencia no estaba muy lejano.

Y ya que estamos en las aclaraciones, faltó hablar del Bosque de las Lunas Ciegas: se llamaba así porque durante el verano, en las noches de luna llena, las arañas se llenaban de un frenesí inexplicable y les daba por llenar de telarañas todos los árboles, telarañas entre las ramas de un mismo árbol y también telarañas entre las ramas de unos árboles a otros. Además la noche se llenaba de una bruma muy espesa, de manera que era imposible ver la luna, ya ni hablar de las estrellas. Estrellas fugaces o brujas volando en escobas, ¡menos!

Lo que sí es que en tales  noches se llegaba a presentar por ahí algún unicornio de los que venían de visita (o extraviaban el rumbo en la bruma, nadie estaba seguro) procedentes del cercano bosque encantando de Brocelandia, rumbo por el cual era fama que el río se volvía mágico.

Alguno que por allí se aventuró mencionó la existencia de un venado encantado, gigantesco, de cornamenta dorada, pero eso es otra historia[1].

La mamá, de nombre Úrsula, terminó de preparar los bocadillos, los guardó en una bolsa de papel y fue a gritarle a su hija:

–Ya deja de desperdiciar agua, que todavía se tiene que bañar tu hermano.

Pro las dudas, mandó a éste a sacar más agua del pozo.

Ya desde entonces las casas tenían un cuarto dedicado al aseo personal así como a otros menesteres muy privados; la costumbre reinante consistía en bañarse con cubetas y a jicarazos.

El papá de esta familia, de nombre Jherónimo, era un hombre bonachón y muy paciente, cuya principal preocupación en la vida era que su mujer, Úrsula como ya dijimos, se pusiera de mal humor, lo cual por otra parte, no sucedía con frecuencia.

Esa noche, luego de cerrar su taller de herrería, cuidando que hubiera suficiente carbón como para que la brasa permaneciera hasta el día siguiente – su otra gran preocupación en la vida era que el fogón para su fuelle no se extinguiera –, se dirigió a charlar con su amigo el panadero. El móvil de su visita no era tanto la amistad como el estómago (que Jherónimo tenía bastante desarrollado), pues le había llevado a hornear un ganso (su tercera y última preocupación en la vida consistía en pasar hambre y la peor pesadilla en su vida era que no hubiera suficiente de comer a las horas de los sagrados alimentos). Además le compró dos panes para acompañar la merienda, que ya se le antojaba de lo más apetitosa.

Luego de charlar durante largos y despreocupados minutos, se encaminó a su casa,  con toda calma y saludando cordialmente a todo el mundo al pasar, cual era la regla de urbanidad en aquel tiempo.

Ya le tronaban las tripas de hambre. En ese momento ya no existía nada más importante en su horizonte que la cena.

Por eso se sorprendió tanto cuando vio a sus hijos bañados, cambiados y listos para viajar, mientras Úrsula recorría la casa entera como una ráfaga, quitando aquí, poniendo allá y corrigiéndolo todo.

–¡Vaya!—le dijo por todo saludo–. Ya era hora de que llegaras: tus hijos te están esperando para partir: ya váyanse.

Jherónimo, por toda respuesta, colocó ganso y pan sobre el garabato, se sirvió unas buenas rebanadas de ambas cosas en un plato de barro, para posteriormente dedicarse a cenar con toda parsimonia, rociando sus bocados con generosos vasos de vino (la bebida saludable de la época; además, la cosecha había sido muy buena ese año).

A pesar de su apuración, Úrsula comprendió que ni la amenaza de una fiera en embestida sería capaz de hacer que Jherónimo se pusiera en pie hasta que no quedara satisfecho su apetito, por lo que prefirió dedicar el tiempo a explicarle la situación:

–El brujo del pueblo le hizo una profecía a tus hijos: deben abandonar el pueblo cuanto antes, si no queremos que les pase nada malo.

–¿De qué hablas, mujer? ¿Y adónde vamos a ir?

–Adónde no sé, pero lejos: tú eres el hombre de la casa, tú debes de saber.

El hombrón aquel, grande, robusto, barrigón, levantó la vista del plato para encontrarse con los ojitos aterrorizados de sus hijos.

–A ver, vamos a ver –, dijo–. Vengan acá –.

Les extendió los brazos en un gesto protector. Los niños corrieron a abrazarlo, presas de sentimientos encontrados: se sentían a salvo porque su papá ya había llegado, pero tenían mucho tiempo al no comprender qué estaba pasando. Así, lloriqueaban y se reían alternativamente.

–Vamos por partes –insistió el papá –. ¿Qué fue lo que dijo el brujo?

A esas horas, ya la imaginación de la mamá había hecho crecer desproporcionadamente el asunto.

–¡Qué horror!–, dijo –. A mis pobres cachorritos se los van a llevar a otro país; y puede que les cuesta la vida y que ya nunca volvamos a verlos:

–Ay mamá, como crees, eso no fue lo que dijo –, sentenció Jhofi.

–Estás loca mamá, no inventes –, sentenció Jhoge.

–No le faltes al respeto a tu madre –, espetó el papá. Todos callaron.

Úrsula retomó:

–Hablo de una misión de la que, si llegan a volver, será hasta dentro de muchos años y tal vez ya no nos encuentren vivos, ¡hay que hacer algo!

Con esto la casa se llenó de gritos: la mamá llorando de desesperación ante el negro horizonte y los niños alegando que el brujo Elías no había dicho nada de eso, ni remotamente parecido.

Pasada la tormenta, todos se calmaron. El papá los convenció de que era mejor analizar el problema sin tener el estómago vacío, por lo que cenaron las tortas de jamón y queso que Úrsula había ya preparado.

Un buen rato más tarde, estando todos más tranquilos, sacaron en claro la premonición del brujo.

Jherónimo consideró que el asunto no era para tanto, que de un brujo se podría esperar cualquier cosa, por ejemplo que sus visiones del futuro resultaran por completo disparatadas y falsas, lo cual se demostraba generalmente con el paso del tiempo, y que de momento lo mejor que se podía hacer era dar cuenta del resto del ganso, que estaba francamente suculento antes de que el gato se lo acabara,

–Tal como sucedió la otra noche con el tocino, que quién sabe quién –, dirigió una significativa mirada a Jhoge –, dejó mal puesto por ahí encima en lugar de subirlo a su lugar: el garabato.

Como quiera, ya para la hora de la sobremesa, con el objeto de tranquilizar a Úrsula, que insistía en huir para evitar el peligro, acordaron ir a San Jhacinto, el pueblo vecino, a visitar a los abuelos de los niños.

Pese a los reclamos de la mamá, que insistía en partir de inmediato, todos convinieron en que en el remotísimo caso de que se hiciera absolutamente indispensable emprender un viaje, habría de ser con luz de día (a decir verdad, ni Jhofi ni Jhoge consideraban necesario ir a ninguna parte, sino que era preferible quedarse en su casa a coser y cantar, como se decía, pero no les hicieron caso).

Así pues, al día siguiente muy de mañana iniciaron el camino sin mencionárselo a nadie.

Este fue un error, ua que de haber comentado sus intenciones de visitar San Jhacinto, cualquiera les habría informado que a consecuencia de las fuertes lluvias de la temporada, el puente sobre el Río Jhavo se hallaba en muy malas condiciones, estropeado, resentido de la estructura y a punto de caer en cualquier momento.

Pero Jherónimo, ocupado como estaba siempre en la herrería, y Úrsula sin preocupación alguna por lo que sucediera en los pueblos o caminos, estaban ignorantes de la situación, por lo que se fueron a la buena de Dios, sin tener la menor idea de que por huir del peligro, se dirigían a él.

A media mañana, ya que el calor comenzaba a apretar, decidieron hacer una pausa para el almuerzo: fruta fresca y los restos de una tarta de manzana que aún quedaba de días atrás.

Pese a que vivían cerca, era la primera vez que los niños veían el río, por lo que abrumaron al papá con una serie de preguntas tocantes al tema, tales como:
–¿De dónde viene el río? ¿Adónde va? ¿Es peligroso? ¿Pasa por un despeñadero? ¿Es cierto que está embrujado?

Jherónimo levantó ambas manos pidiendo silencio y clemencia. Procedió a explicar, pero aclaremos, hay muchos papás que comienzan hablando de una cosa y terminan con otra. Este papá no era la excepción. Dijo:

–El Río Jhavo comienza en lo alto de unas montañas en un reino muy lejano donde es fama que vive un rey muy obeso y muy buena gente con sus súbditos[2] y con todo el mundo. Pasa este río por Jhetulio, nuestro reino, y se dirige al país de los Enojhaurios – al llegar a este punto, el papá, sin darse cuenta, bajó la voz –. Se adentra en ese misterioso lugar y regresa a nuestro reino muchas leguas más abajo, por lo que hay quienes lo llaman el río de la herradura. Así le decían en el reino de las anodi… –, se interrumpió–. En el país de los Enojhaurios.

–¿Qué es eso, papá?

–Así se llama el reino vecino, reino o país de los enojhaurios.

–No, papá, dijiste otra cosa.

Jherónimo no se hizo mucho del rogar para revelar el secreto:

–Cuando yo tenía su edad, hijitos…

–¿Cuál, la mía o la de mi hermano?–, interrumpió Jhofi.

–No importa –, terció la mamá–. No interrumpan, escuchen la historia.

–Cuando yo tenía su edad –, retomó el papá–, el vecino se llamaba el Reino de las Anodinas…

–¿Y por qué se llamaba así?–, preguntó Jhoge.

–Porque allí nunca pasaba nada de sustancia: el rey y la corte desperdiciaban sus vidas jugando a los naipes, compitiendo en modas, caballos y carruajes, pero dejaban al pueblo en paz, siquiera. Todo el mundo vivía tan feliz o tan infeliz como en cualquier otra parte. Era un país muy bello y muy próspero, pero un día, como un castigo divino por la fatuidad de la corte, llegó una malvada bruja…

–¿Venía montada en una escoba?

–¿Estaba chimuela?

–¿Estaba bizca?

–¿Se transformaba en guajolote para robarse a los niños?

–¡Dejen de interrumpir!—insistió la mamá.

Continuó Jherónimo:

–Y convirtió a los hijos del rey en unas bestias temibles de ver, que viven encadenadas en las más recónditas mazmorras del castillo. Dicen que se alimentan de carne humana y que basta mirarlos para morir de terror.

–¿Y eso es cierto, papá? – preguntó Jhoge.

Jherónimo levantó las cejas.

–La verdad es que nadie los ha visto, no son más que leyendas. Lo que sí se afirma es que nadie ha vuelto a ver a los niños del rey ni a muchos otros (que por lo demás no precisamente abundan en ese reino) y que el rey se la pasa llorando en su trono, mientras que quien gobierna con mano de hierro es la bruja ésa. Todo el mundo está muy enojado. La bruja tiene encantada a la población: convirtió a todo el mundo en biliosos insoportables que se la pasan peleando entre ellos. La bruja emplea este conjuro para mantenerlos distanciados entre sí, ya que si algún día se llegaran a unir, acabarían con ella de seguro.

–¿Y qué le pasó a los niños?

–Es un misterio: nadie ha vuelto a ver ni a los hijos del rey ni a casi ningún otro muchachito. Con el paso de los años poco a poco algunos de los pobladores han venido a asentarse de este lado de la frontera: hablan poco, no se mezclan ni se relacionan con nadie y todo el día están refunfuñando: de ese tiempo es que viene el nuevo nombre del reino vecino: son gente que siempre está enojada y por lo mismo se ve como si estuviera “ancianecida” como los dinosauros, de ahí el nombre: enojhaurios.

–¿Y tú cómo sabes tanto, papá?

–Yo soy un herrero, hijos: hace tiempo me mandaron llamar del reino de los enojhaurios  para que les fabricara todas las espadas, flechas, lanzas, dagas y demás para el ejército. Tuve que estar yendo y viniendo durante muchos meses. Al cabo al cabo, de tanto ir y venir trabé amistad con una señora que me contó todo esto que ahora les platico… que no sé ni por qué les estoy diciendo, ya que se supone que es secreto.

Con esto, dieron por terminada la pausa y siguieron su camino.

CUENTO CHARRO

Cuando Dios estaba creando el mundo, mandó llamar al burro y le dijo:

–Vas a ser un animal muy trabajador, muy fuerte, y vas a vivir 50 años.

El burro respondió:

–Muchas gracias, a todo sí, pero para trabajar tanto no tiene caso tanto tiempo, con 20 años basta.

Después Dios mandó llamar al caballo.

–Vas a ser un animal muy hermoso, muy fuerte, vas a vivir 50 años paseando de un lugar a otro.

–Sí, gracias, pero es mucho tiempo, con 20 años bastan.

Entonces Dios mandó llamar al chango.

–Vas a vivir 30 años, te vas a dedicar a hacer visiones, divertir a los niños, comer y andar colgado de las ramas.

El chango dijo:

–Sí, pero 30 años es mucho, con 15 basta.

Finalmente, Dios mandó llamar al hombre:

–Vas a ser el más inteligente, vas a disfrutar mucho de la vida y vas a vivir 20 años.

El hombre respondió

Todo está muy bien, pero para todo lo que me vas a dar, 20 años es muy poco; quiero que me des los 30 años que  rechazó el burro, los 30 que rechazó el caballo y los 15 que no quiso el chango.

Desde entonces el hombre vive los primeros 20 años como hombre, luego vive 30 años trabajando como burro, de ahí se la pasa otros 20 años de un lado para otro y finalmente 15 años haciendo visiones para divertir a sus nietos.

LA ESTRELLITA PLATEADA

POR: @vergaracesar1

Cuento infantil para papás

Esta era una Estrellita que vivía en el cielo, por allá arriba, muy lejos, apenas se veía. Era una Estrella muy bonita, irradiaba una luz plateada muy especial y muy limpia.

Esta Estrellita brillaba y era feliz. Y así pasó mucho tiempo.

Brillaba todos los días y todas las noches, y pasaron muchos días y meses y semanas y años y más meses y más semanas y más años y no pasaba nada.

Un buen día la Estrellita se desesperó y dijo:

—Ay, yo no sé para qué brillo tanto: llevo aquí años y años irradiando luz para todas partes, y todo ¿para qué?

—A nadie le importa, y como hay otras Estrellas más grandes, más bonitas y más brillantes, pues de seguro nadie me ve.

—Yo ya me cansé. Ya nada más voy a brillar el día de hoy y mañana ya no brillaré más.

Después de decir esto, se quedó muy callada y muy pensativa.

Pero esa noche, vino a visitarla un Angelito de la Guarda

—Hola, Estrellita, ¿cómo estás?

La Estrellita Plateada se puso muy contenta porque casi nunca recibía visitas.

—Hola, Angelito, qué gusto saludarte.

Entonces el Angelito le dijo:

—Oye, Estrellita, te vine a ver porque Papá Dios me contó que ya no querías seguir brillando, y a mí eso me preocupa mucho.

La Estrellita le explicó:

—Pues sí, es verdad: yo ya me cansé: llevo años y años brillando acá arriba para nada, nadie me ve, no le importo a nadie, así que ya no quiero seguir brillando.

El Angelito se consternó mucho y le dijo así:

—¡Pero qué locuras estás diciendo, Estrellita! No sabes lo que dices, estás muy equivocada.

La Estrellita se sorprendió mucho.

—¿Por qué me dices eso, Angelito?

—Pues mira :-indicó con el dedo-. ¡Fíjate bien!:

—Yo soy el Angelito de la Guarda de una niña muy pequeña que vive en la Tierra, que es un planeta plateada muy bonito, igual que tú, y muy chiquito, perdido en la inmensidad del Universo, igual que tú.

—Y dentro de ese planeta vive una niña más chiquita todavía, pero que además está enfermita; y a pesar de ser tan pequeña y frágil, el amor que siente por ti es tan gigantesco, claro y puro como la luz que tú irradias.

—Todas las noches esa niña se baja de su cama y se asoma a la ventana. Durante mucho rato te busca en el firmamento hasta que te encuentra.

—Ella sabe que en el cielo hay muchos otros cuerpos celestes, más grandes, más brillantes, más bellos, pero para esa niña la Estrella más hermosa eres tú porque tus sentimientos son puros como su corazón.

—El hecho de contemplarte y soñar contigo, a esa niña le da la energía y la esperanza de seguir viva y luchando contra su enfermedad.

Después de esto, el Angelito continuó:

—Y es por esa niña que yo hice este viaje tan largo, para pedirte un favor: no dejes de brillar, Estrellita. No importa qué tan pequeña o insignificante tú te sientas en este momento: hay una personita en el mundo para quien tú eres lo máximo en todo el firmamento, y como ella, puede haber otras para quienes tú signifiques mucho.

—No dejes de brillar, Estrellita: una criatura indefensa necesita tu luz y tu bondad.

 Después de decir esto, el Angelito se fue de regreso a la Tierra a cuidar a la niña enfermita y la Estrella Plateada se quedó muy pensativa.

Comprendió entonces que brillar con luz propia es muy importante, aunque no siempre tengamos claro para qué nos sirve.

 A partir de ese día, la Estrellita brilló con toda su intensidad y todo su amor, con esa luz plateada, clara y pura, única, deseando con todo su corazón que esa niña lejana lograra curarse algún día.

Muchos años habían pasado cuando un buen día llegó de visita el mismo Angelito de la Guarda.

La Estrellita se puso muy contenta y le preguntó por la niña.

 —Ay, pues está muy bien: fíjate que gracias a ti y a la luz tan llena de amor que le irradiabas todos los días, esa niña se curó, creció y ahora es toda una mujer.

—A veces se pone a ver el cielo, y te busca mucho rato hasta que te encuentra. Se acuerda mucho de todo lo que hiciste por ella y te lleva en un lugar muy especial en su corazón.

–Te tiene un cariño grandísmo que no se compara con nada. Constantemente ella te agradece desde el fondo de su alma, por haber seguido brillado para ella cuando ya te habías cansado de seguir adelante sola.

—Por eso te vine a ver el día de hoy, para darte las gracias de su parte.

 Con esto la Estrellita Plateada se puso muy contenta porque comprendió cuál era su lugar en el Universo, y continuó brillando con luz propia para siempre.

CARTA A MI HIJA MARIA FERNANDA

POR: @vergaracesar1

Hijita preciosa, hace algún tiempo como parte de tu tarea en la escuela me encargaron que tenía que hacerte una carta donde te dijera lo que significas para mí.

He aquí lo que puse:

 

Mi queridísima, mi dulcísima María:

Cuando me dijeron que tenía que escribir una carta en donde dijera qué significas para mí, me tuve que detener a pensar cómo elaborar esta carta durante dos días.

Mi dulce hija, tú significas tanto para mí, pero tanto tanto, que no sabría por dónde empezar.

Comenzaré por el principio.

Desde que tú naciste, me convertí en padre.

Gracias a ti, mi dulce niña, descubrí la maravillosa experiencia, el incomparable sentimiento de tener entre mis brazos un pedacito de carne, sangre de mi sangre, una linda personita a quien cuidar, amar y proteger: mi hija.

Y desde entonces has sido mi hija mayor, mi más hermoso sueño convertido en realidad, mi razón para vivir, el objetivo de mis esfuerzos.

Mi Fersita, te quiero tanto, pero tanto tanto, que todas las palabras del diccionario no me alcanzan para describirte lo grande que es mi amor por ti.

Eres mi güerita, mi hija mayor, mi flaquita, mi anhelo de que éste sea un mundo mejor tan sólo para que tú vivas en él; quisiera crecer mucho para estar a la altura de tu gran corazón.

Te digo, todas las palabras no me alcanzan. Baste decir, ya para terminar, que si en este momento me dijeran que me voy a ir de este mundo, yo elegiría llevarme únicamente tres cosas: tres únicamente y desecharía todas las demás:

Me llevaría la risa de Daniela, desde luego, también la voz ronquita de Alexi; pero en el lugar más secreto de mi corazón, hay espacio para el mayor de los tesoros en el universo: ahí me llevaría la sonrisa tímida de mi hija mayor: María Fernanda.

Con todo mi amor: