VARIOPINTO

Por: @vergaracesar1

Ahora que tomo este apunte, con las botas llenas de lodo, el cuchillo de cacería al cinto y la computadora portátil a un lado, veo bastante claro que no soy una persona tan simple como yo quisiera pensar; más bien al contrario.

Soy como una especie de ranchero que quiso convertirse en intelectual pero nunca se acabó de bajar del caballo.

Un buzo que vive en la Meseta Central para siempre echando de menos el mar.

Un pueblerino que vivió en Europa.

Un literato autodidacta que odia la poesía porque no la entiende, pero que es juez de concursos literarios.

 Un inseguro de lengua enredada que le perdió el miedo a hablar ante un micrófono.

Un empresario que sueña con poderse dedicar a la literatura algún día.

Un solitario que siempre está rodeado de gente.

Un ateo que aprendió a creer en un Dios bastante variopinto.

SUEÑO MARINO

Por: @vergaracesar1

En aquel tiempo yo era el capitán de un barco, un bergantín.

Yo iba al timón.

Michelle venía con su dama de compañía; se hospedaban en el camarote. Tenía el cabello ensortijado igual que ahora, pero completamente negro. Vestía de azul, azul claro el vestido con una mantilla en la cabeza haciendo juego.

Me dolían las piernas, en especial la cicatriz en la parte posterior del muslo izquierdo: eran las heridas antiguas provocadas por la metralla de un cañón.

 En ese tiempo mi mamá no era mi mamá sino mi hermana. Era muy jovial. Quería mucho a Michelle.

Michelle entonces no se llamaba Michelle sino Dora.

Ser capitán es cansado, duele. Es una lucha constante, interminable por mantener el control, hacer que la gente obedezca nuestra voluntad siempre. Es un permanente esfuerzo por contener el llanto, la frustración. Un interminable rechinar de dientes y dolor de mandíbulas.

A mí no me gustaba gritar, pero era la única forma de mantener el rigor y la disciplina.

Michelle sentía por mí más miedo que amor, aunque sí me quería.

Un día me hice a la mar.

Nos cayó encima una tormenta atroz, infame, inmisericorde. Las olas saladas cual agujas de hielo subían por los costados del navío como una invasión que atería los sentidos, entumía los dedos aferrados al timón, a la borda, a las rugosas cuerdas. La lluvia casi horizontal azotaba en el rostro, se metía por los adoloridos ojos, como si quisiera llegar al cerebro; hería los brazos desnudos.

Nos habíamos salido de rumbo y estábamos muy al sur.

Perdí a todos mis hombres.

Se hundió mi barco.

Y yo me hundí con él.

Dora lloró mucho.

CUENTO CHARRO

POR: @vergaracesar1

Cuando Dios estaba creando el mundo, mandó llamar al burro y le dijo:

–Vas a ser un animal muy trabajador, muy fuerte, y vas a vivir 50 años.

El burro respondió:

–Muchas gracias, a todo sí, pero para trabajar tanto no tiene caso tanto tiempo, con 20 años basta.

Después Dios mandó llamar al caballo.

–Vas a ser un animal muy hermoso, muy fuerte, vas a vivir 50 años paseando de un lugar a otro.

–Sí, gracias, pero es mucho tiempo, con 20 años bastan.

Entonces Dios mandó llamar al chango.

–Vas a vivir 30 años, te vas a dedicar a hacer visiones, divertir a los niños, comer y andar colgado de las ramas.

El chango dijo:

–Sí, pero 30 años es mucho, con 15 basta.

Finalmente, Dios mandó llamar al hombre:

–Vas a ser el más inteligente, vas a disfrutar mucho de la vida y vas a vivir 20 años.

El hombre respondió

Todo está muy bien, pero para todo lo que me vas a dar, 20 años es muy poco; quiero que me des los 30 años que  rechazó el burro, los 30 que rechazó el caballo y los 15 que no quiso el chango.

Desde entonces el hombre vive los primeros 20 años como hombre, luego vive 30 años trabajando como burro, de ahí se la pasa otros 20 años de un lado para otro y finalmente 15 años haciendo visiones para divertir a sus nietos.

 

LA DESPEDIDA

POR: @vergaracesar1

A toda carrera, Oscar llegó al rancho, no como quien va a cobrar herencia, sino como quien va a despedir a un moribundo antes de que sea tarde.

Dejó la camioneta estacionada frente a la casa grande, sin preocuparle en lo más mínimo si quedaba bien estacionada o estorbaba el paso de otros vehículos.

Como un vendaval entró a la casa y al mismo paso corrió escaleras arriba.

Su esposa e hijos lo siguieron casi con la misma premura.

Rápidamente intercambió miradas con sus hermanos menores y su madre, quienes aguardaban rezando en voz baja afuera de la habitación principal. Comprendió el hombre maduro que no había un instante que perder. Entró sin tocar.

En la cama, al fondo de la habitación en semipenumbra, se cernía el viejo. Entre la tos del aire que huía de sus fatigadísimos pulmones y los espasmos que anunciaban el final inminente, alcanzó a decir, con una voz en que se mezclaban ira, desesperación y consuelo:

–¡Pen… pendejo! mero y… ¡mero y no llegas!

Un nudo en la garganta le impidió a Oscar responder nada. No atinó sino a mirar a su anciano padre con los ojos cuajados en llanto.

Éste, que no estaba para pausas, al borde del sofoco, indicó:

–Pronto, híncate; tu mujer, tus hijos: hínquense todos: les voy a dar mi bendición.

Los familiares de Oscar habían llegado justo a tiempo para acatar la voluntad del moribundo.

Ya que todos estuvieron de hinojos, habló el agonizante viejo, con una voz que se mantuvo firme cuando dijo:

–Bendita sea la tierra que pises tú, y toda tu descendencia.

Con mano igualmente firme hizo la señal de la cruz. En silencio, todos se persignaron.

–Ahora, que se salgan todos, quiero estar a solas contigo.

Antes de que la puerta se cerrara, una de las hermanas de Oscar vino con un vaso de agua y medicina.

–Dice el doctor que se tome esto.

Oscar permanecía mudo. Se acercó a la cama. Al fin reunió valor para hablar:

–Tómese esto, papá: le va a hacer bien.

El anciano, que una vez habiendo cumplido con la sagrada misión de bendecir a su hijo mayor, se hallaba más despreocupado, ahora sí en los últimos estertores, aclaró:

–Ya no: así es como me quería yo ir: me quiero morir en tus brazos, hijo.

Se abrazaron.

No había nada más que decir.

EL FINAL DEL TURNO

Por: @vergaracesar1

Las cuatro de la mañana.  Le dicen la hora de las brujas: los que están por terminar la guardia ya se encuentran más dormidos que despiertos, mientras que quienes inician a esas horas, aún no se han despabilado por completo.

Noche de perros, además: un frío de ésos que se dejan sentir con profusión de humedad y que calan hasta los huesos. En noches así las sábanas se sienten húmedas, apochcahuadas, diría mi abuela.

Cama. Eso era lo que ya pedían los oficiales de la policía de caminos que hacían el recorrido por la sierra cerca de Juchitán, Oaxaca. Seca, húmeda, como fuera. Ansiaban llegar a dormir.

La niebla hasta abajo, que casi no se podía ver poco más allá de las narices propias.

Y a esas horas luego de tanto andar, el motor irradiaba un calorcito hacia el resto de la patrulla, como si todo no fuera más que un malévolo plan para que Juan Domínguez, primer oficial, se quedara dormido al volante.

Su acompañante no iba mucho mejor, con los ojos irritados, que daban comezón;  frotándose la cara con frecuencia con las manos para espantar el sueño: ya no traía chicles ni cigarros.

El radio de frecuencia policiaca en silencio: nada que reportar a esas horas.

Vuelta en redondo en el límite de la demarcación y ya nada más una larga, insoportable media hora para volver a la base.

Aún tendrían que llegar a rendir su informe: sin novedad, por lo menos esta vez, y eso si nada surgía sorpresivamente en el último tramo del trayecto, como es clásico que ocurra. Casi siempre se iban a la cama con la luz del día.

¡Qué nochecita! Sólo el rítmico vaivén de los limpiaparabrisas, como queriendo hipnotizar a los policías.

En noches como esta no sería difícil, tampoco inverosímil, ver a la Llorona cruzar la carretera, o al hombre lobo, o al chupacabras…

Pero los policías no vieron nada de eso; el primer oficial Juan Domínguez vio, por un instante pero nítidamente, la fantasmagórica imagen de una jirafa a galope tendido, en dirección opuesta a ellos, por el carril contrario.

–Estoy cansado–, se dijo.

Su acompañante, segundo oficial Demetrio Sánchez, que ya cabeceaba, se obligó a abrir bien los ojos cuando por un lado del camino vio pasar lo que bien pudo haber sido un camión sin luces, pero a juzgar por la trompa y las orejotas, agitándose al ritmo de la carrera del animal, más bien tenía cara de elefante.

–Ya estoy soñando con los ojos abiertos—se recriminó –. No se me vuelven a olvidar mis chicles, y cada vez que inicie turno, he de acordarme de comprar cigarros.

Juan Domínguez encendió momentáneamente las luces altas para distinguir cómo entre la bruma cobraba forma un melenudo león africano bostezando.

–Qué nochecita –, dijo para sí–. Voy a solicitar mi cambio de turno, para la noche ya no sirvo: veo visiones.

Abruptamente, al salir de una curva cerrada, hallaron un camión del circo volcado sobre la cuneta. Varias jaulas abiertas y retorcidas por el accidente.

Los policías federales de caminos se miraron entre sí.

–¿Entonces tú también viste la jirafa?

–Sí, ¿y el elefante?

–sí, ¿Y el león?

Encendieron las luces de la torreta y descendieron de la patrulla.

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CHILLA LA COCHINA, PAPÁ

En el tiempo que se desarrolla esta historia, por allá de los años setenta, todavía se acostumbraba en Coscometepec, Ver., frío y húmedo pueblo de la serranía, que el matancero sacrificaba los sábados en su casa, con el  método de colgar al cochino de las patas traseras y degollarlo, hundiéndole un cuchillo en la yugular, de manera que el animal se desangraba, pero antes de morir chillaba durante interminables minutos a todo pulmón, de manera que el vecindario completo se enteraba de que estaban sacrificando. De ahí surge la expresión de “a chillidos de marrano, oídos de matancero”. De manera similar, cuando alguien hace la advertencia de que si pasa tal cosa, chilla la cochina, se está refiriendo a que se va a armar un chisme gordo y que todo el pueblo se va a enterar.

Otro cometario previo es este:

El ganado de la raza Angus es lo mejor que hay para filetes. Originario de las serranías de Escocia, se adapta de preferencia a zonas húmedas y templadas. Se caracteriza por su mansedumbre.

Pues bien, esta historia es en torno a don Úrsulo Schraut, gigantesco alemán de ojos azules coléricos, intransigente consigo mismo y con el mundo, sobre todo en cuestiones de trabajo. No toleraba la ineficiencia ni la lasitud de los mexicanos, pero sobre todo le desesperaba la poca sal que muchas veces demostraban tener en la mollera. Su devoción al trabajo y su rectitud parecían tener la flexibilidad de una roca.

Don Úrsulo llegó a México en una de tantas oleadas de inmigrantes que arrojaron a nuestro suelo a muchos europeos y árabes que venían huyendo de la Primera y Segunda Guerras Mundiales y otros conflictos bélicos y climáticos de aquellos rumbos durante la primera mitad del siglo XX.

Pero como este mundo es de contrastes, don Úrsulo, que se había casado con una mexicanita de buen ver tan pronto tuvo centavos suficientes para hacerse de una propiedad adonde llevarla a vivir, había engendrado hijos, uno de los cuales, también de nombre Úrsulo, era completamente lo contrario de su padre: fiestero, parrandero y dado a muchos vicios.

Don Úrsulo trabajaba como burro de sol a sol, todos los días, en el rancho ganadero “Bavaria”. Llevaba ese nombre en honor a la región de Alemania de donde era originario el hombre, tan trabajador y tan recto, que por lo mismo de vez en cuando se daba ciertos permisos según él juzgaba pertinente, siguiendo quién sabe qué criterios de libertad a cambio de trabajo duro. Así, cada dos o tres años se iba a Alemania a visitar a sus familiares, a beber mucha cerveza en el Oktoberfest y por lo general de regreso traía diversas cosas para su casa o para su rancho, tales como las navajas suizas, que en aquel tiempo era prácticamente imposible conseguir en este lado del mundo.

Por cierto que en aquellos años el transporte era más complicado: las mercaderías de Europa llegaban por barco al igual que mucha gente. Sólo unos cuantos podían darse el lujo de viajar en avión. Si en nuestros días de la globalización es difícil trasladar mercancías de un país a otro, en aquellos años era bastante más complejo. Más aun tratándose de seres vivos. Traer un animal era casi milagroso, entre otras cosas por las trabas fitozoosanitarias, ya que los criterios no eran uniformes de un país a otro, y ya ni hablar en el caso de que se tratara de naciones en donde hubiera usos idiomáticos diferentes.

Ahora bien, las pocas veces que Úrsulo hijo llegaba a poner pie en el rancho era: para pedir dinero, cuando el papá estaba, o para hacer una fiesta, cuando no.

Lo único que sabía del ganado era que se vendía para ganar dinero o se destazaba para guisarlo y comerlo.

En una de estas ocasiones, Úrsulo hijo aprovechó la ausencia del hombrón bilioso para dar una fiesta en el rancho: una carne asada a la que toda la juventud de la región había sido convocada.

Unos compraron la cerveza –varios barriles, al más puro y refinado estilo alemán – otros llevaron cacahuates, chicharrones, guacamole y demás botana.

Así pues, la víspera fueron Úrsulo y sus amigos a llevar mesas, sillas, barriles de cerveza y demás al rancho. Pero, sobre todo, fueron a hacerse con el becerro que iban a sacrificar.

Resultó que en el corral había un animalito no muy grande, mansito, negrito, todo él muy simpático.

–Pues éste –, decidió Úrsulo, considerando que por tratarse de un animal jovencito, le hacía menos mella a la economía del rancho que si se llevaba una vaca o un novillo.

Al cabo de las semanas que don Úrsulo regreso de Alemania, lo primero que hizo fue ir al rancho a supervisar que todo caminara adecuadamente, que no se hubiera muerto ningún animal, que las indicaciones que dejara se hubieran cumplido a cabalidad, etc.

Desde luego, inmediatamente echó de menos el becerro del corral.

–¿Dónde está? –, preguntó a sus vaqueros.

–¿Cuál?

–El semental Angus que me llegó de Europa antes de que me fuera de viaje: uno negro.

–Ah–, le respondió uno de los vaqueros, muy animado al tener la rara oportunidad de ser fuente de información novedosa para su patrón –: Ése lo preparó su hijo a las brasas y se lo merendó con sus amigos, por cierto que dijeron que la carne estaba buenísima: muy suavecita.

Al oír esto, claro que don Úrsulo casi se murió del coraje. Arrojaba espumarajos e imprecaciones en alemán y en su dialecto bávaro nativo, a la vez que maldecía el momento en que decidió dejar su tierra y poner pie en suelo mexicano. Reprendió a los vaqueros por no haberle advertido al hijo del animal tan especial que se estaba llevando, traído directamente desde las serranías de Escocia.

Se explicó uno de los vaqueros:

–Nosotros dijimos: Úrsulo es patrón también, es el patroncito, como quien dice: él ha de saber. A lo mejor usted le había dejado dicho que lo probara para ver si la carne era suave o así, ¿no, patrón?

Don Úrsulo estaba que se daba al diablo. Mandó llamar a su hijo. Lo amonestó, reprendió e incluso ofreció dárselo en sacrificio a las fuentes prístinas, árboles centenarios, Valquirias del bosque y demás deidades bávaras paganas, para así, de paso, liberar a la humanidad de tan pernicioso ser como era su hijo adolescente.

Úrsulo hijo se limitó a murmurar.

–Tienes razón, papá: me equivoqué, pero ya párale ahí porque chilla la cochina.

–¡Cómo! ¿También mataste una cochina?

–No, no, pero mejor así déjalo.

Don Úrsulo continuó profiriendo maldiciones el resto de la semana, le reclamó a su mujer por haberle dado un vástago tan cretino y terminó por acudir a la policía a denunciar a todos los amigos que habían participado en el convivio, incluido su hijo: por cómplices de abigeato: el robo del manso sementalito.

Una vez más, Úrsulo en voz muy mesurada, dijo:

–Ya déjalo ahí porque chilla la cochina, papá.

Para entonces, el iracundo alemán ya había desfogado ira suficiente, de manera que se controló un instante y preguntó:

–¿De qué estás hablando?

–De que en mi misma escuela va un muchacho casi de mi misma edad, que se llama Úrsulo como tú y como yo, y tiene nuestro apellido. Es hijo de una señora italiana muy guapa que a mí se me hace que a lo mejor hasta llegó contigo de Europa en el mismo barco en que tú venías.

Don Úrsulo palideció. Estaba mudo.

–Así que mejor ahí deja el asunto, papá, porque chilla la cochina y todo mundo se va a enterar, empezando por mi mamá.

Don Úrsulo retiró la denuncia, se tragó su coraje y hasta ahí quedó la cosa. La esposa se enteró años después y armó tremendo escándalo, pero eso es otra historia.

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