EL BURRO Y EL LEÓN DE CIRCO.

Esta historia tuvo lugar hace muchos años, en un pueblo enclavado en la serranía de Veracruz, donde el sistema montañosos de los Tuxtlas enfila rumbo al mar, es decir, lejos.

Un buen día vino un circo a dar su función.

El principal atractivo eran unos perritos bailarines y unos gatos amaestrados, todos dirigidos por el único súper payaso, domador, barrendero, acomodador y propietario del circo, don Melitón Rojo Aguíñiguez, que tenía como único auxilio a un enano calvo y malhumorado.

Como parte del zoológico y desfile de atracción para el respetable público venían dos cabras, un camello todavía con dientes y un viejo y piojoso león de melena negra que pasaba la mayor parte de su día durmiendo. El resto de las actividades del pobre animal se limitaban a comer, bostezar y poco más. Su presencia en el circo era más bien propagandística, ya que sus años de rugir, saltar aros con fuego y otras acrobacias habían quedado atrás hacía mucho.

—Niños y niñas, damas y caballeros, vengan a ver el gran circo de Rojo e hijos, con el súper payaso “Dandy”. Admiren el espectáculo de los gatitos amaestrados y los simpáticos perritos bailarines. No se pierdan el fabuloso desfile de animales exóticos. Admiren a Cárdiac, el imponente y fiero león africano, último espécimen de melena negra del mundo ¡No se lo pierdan! Funciones hoy a las cuatro y seis de la tarde. Entrada general ¡veinte veinte veinte pesos!

Quiso la casualidad que ese día en la mañana, Cárdiac diera cuenta de la última parte de su bastimento: el rígido muslo de una mula vieja y coja  que habían comprado casi regalada días atrás.

Tadeo, el enano, auxiliar y malabarista de bolos, pelotas y aros, pero quien donde más suertes hacía era en las endebles finanzas del circo, se dio a la tarea de buscar, primero, un animal que además de servir como almuerzo (para el león, se entiende), fuera económico; segundo, un matancero que no cobrara caro por sacrificarlo y destazarlos en trozos convenientes al apetito selvático del taciturno Cárdiac, último espécimen del fiero linaje de melena negra del mundo.

Sin batallar mucho, Tadeo dio con un burro viejo y mañoso cuyo propietario tenía intención de venderlo a precio módico. Lo que resultó tarea imposible fue hallar al matancero y carnicero del pueblo: como era el dueño de las reses que sacrificaba, debía dedicar gran parte de su tiempo a atenderlas en el rancho. Venía más bien poco a la carnicería. En su lugar dejaba a Maclovio, un sobrino suyo de sonrisa permanente y mirada perdida que hacía las veces de aprendiz. Daba la impresión de haber pasado mucho tiempo a dieta vegetariana de la que incluye consumir únicamente hongos alucinógenos, marihuana y otros aditivos, o bien que sufría un serio retraso mental.

Luego de repetirle lo mismo tres veces, Tadeo consideró que después de tanto esfuerzo había logrado transmitirle a Maclovio cuánto le iba a pagar y para hacer qué, por lo que tomó el mecate para jalar el nuevo  almuerzo y se encaminaron rumbo de la cancha de fútbol, donde habían instalado la vieja y remendada carpa.

Minutos después llegaron: Tadeo, el enano malhumorado, el pobre burro que, descorazonado, agitaba las grandes orejas sin acabar de resignarse a su suerte y un simplón de sonrisa lela y mirada ausente.

En ese momento, con una llaneza y parcos ademanes por completo distintos a la teatralidad de la que hacía gala cuando había público, Melitón, el súper payaso, sin maquillaje ni saco de cuadritos, de rostro sin afeitar y cabello seboso, sacó de su encierro al león y lo pasó a una jaula más grande donde le diera el sol y pudiera estirarse a sus anchas.

El enano Tadeo le indicó a Maclovio dónde podía sacrificar al asno y le mostró la heladera para meter los trozos del animal una vez destazado.

Posteriormente ambos propietarios se metieron a un vagón remolque a hacer cuentas: el negocio iba mejor ahora que ya había terminado la época de lluvias, aun así…

Mientras tanto, Maclovio sonrió un poco más que de costumbre: se le acababa de ocurrir una idea que le pareció de lo más feliz: qué mejor oportunidad de apreciar –y en vivo, nada menos– el incomparable espectáculo del fiero león al acecho y cacería de su merienda.

Sin darle más vueltas a la cosa, jaló al burro, abrió la puerta de la soleada jaula y lo introdujo en ella. No bien descubrió al viejo africano echado al solecito, la emprendió a coces contra él.

¡Pum! ¡Pum!…. Pobre felino, ni siquiera alcanzaba a lamentarse. Tuvieron que quitarle el burro de encima, antes de que lo matara a patadas

EL JUICIO FINAL

Por: César Vergara

Teníamos que rodear un barranco para llegar a casa, y estaba amaneciendo al Sur.  Todo el bosque se volvía selva,  y todo el campo convertíase en desierto.

 Nuestros estómagos ardían y nuestras mentes volaban, como si los unos tuvieran hambre y como si los otros quisieran sueños.

“En el lugar donde la vida empieza, acaba la muerte, y viceversa, ahora bien, si vivir es un paso hacia la muerte, morir es esperar el comienzo de otra nueva vida…”

¡A quién le importa la vida si lleva la muerte a su lado!

¿Quién teme morir sino quien se sabe marcado?

Razón fatídica por la que estábamos ahí.

Descendíamos a la parte oscura pintada de blanco, y el azul y el verde se confundían macabramente como si el dedo de Mefistófeles  los estuviese revolviendo en rojo.

Lo que nostradamus dijo es falso, y nosotros estábamos allí para probarlo… No conflictos políticos, no tensiones militares, sólo el dedo de Moloch revolviendo lo azul y lo verde en rojo.

Los orangutanes habían sido lampiños cuando se escribió este acontecimiento.

“—¡pobres de los humanos, a veces los compadezco! Son sólo simios calvos y se sienten poseidones—“.

Así pensaba camino a casa, cuando teníamos que rodear un barranco y amanecía por el Sur, y todo el bosque se volvía selva, y todo el campo convertíase en desierto.

 

EL GANADERO RICO Y LA MULA

Por: César Vergara

Esta historia sucedió en un pueblo de Colombia hace muchos años. Don Tomás era un viejo muy ricachón, gran ganadero, señor de vidas y haciendas, acostumbrado a hacer su voluntad hasta en el más mínimo detalle. El máximo respeto que sentía en la vida era hacia la palabra empeñada.

Esa tarde, fumándose un puro, tomaba el fresco en su mecedora de suave rechinar pausado, a la sombra de su corredor viendo a la calle, como es costumbre en los pueblos de tierra caliente, desde México hasta la Tierra del Fuego, cuando pasó un muchacho montando en una mula y lo saludó.

—Buenas, don Tomás.

—Buenas, muchacho.

A manera de plática, el muchacho continuó:

—Mire, don Tomás: esta mula que traigo es muy especial, no es para cualquiera, así es que ni me diga, porque no se la voy a vender.

El viejito, picado en su curiosidad, pero sobre todo en su orgullo, detuvo el suave vaivén de la mecedora y preguntó:

—A ver, a ver, ¿cómo está eso? ¿Pues qué sabe hacer tu animalito, oye?

—No, don Tomás, ya se lo dije: no se la vendo, esta mula es muy especial.

Para esto, ya algunas gentes del pueblo que iban pasando se habían detenido a escuchar la peculiar conversación.

—¿Ah sí? ¿Pues qué sabe hacer o qué?

—No, pues ni se imagina; esta mula no es normal, se maneja como bicicleta. No se la puedo vender.

De entre una nube de colérico humo, vino la exclamación del hombrón ya molesto:

—¡Cómo carambas no! ¡Dime de una vez cuánto quieres por ella! Faltaría más con este muchacho insolente.

A esas alturas ya había un círculo de gente escuchando con atención silenciosa y ojos muy abiertos para ver en qué acababa todo aquello.

—Discúlpeme, don Tomás, esta mula no está en venta.

—Me la vas a vender de todas maneras, dime cuánto quieres y ya no me estés haciendo rabiar.

La discusión continuó todavía un buen rato, la gente del pueblo no perdía detalle. El muchacho aferrado a que no vendía el animal tan peculiar y don Tomás aferrado a que se lo había de comprar así le tuviera que vender su alma al diablo.

De tal suerte que terminaron conviniendo que don Tomás le daría un caballo finísimo y una fuerte suma de dinero a cambio de la mula.

Cerrado el trato, el muchacho se fue muy contento, pero más contento estaba don Tomás con su nueva adquisición, acariciándose los abundantes bigotes y comentando entre dientes:

—¿No que no me la vendía?

Un rato más tarde, muy bien vestido con su guayabera verde claro y un sombrero nuevo que hacía juego, con botín de tacón cubano y espuela de plata, el rico ganadero procedió a montar la mula aquella tan peculiar.

Al cabo de un buen rato, como el animal mostrara docilidad, le aflojó la rienda y se encendió un nuevo puro.

¡Cuál no sería su sorpresa al ver que la bestia fue derecho a estrellarse contra un árbol!: la mula era ciega.

Ciego pero de coraje, don Tomás se fue directito a la comisaría a acusar al muchacho de fraude. Cuando los policías llegaro por él, pidió que la gente del pueblo lo acompañara.

—Para que sean mis testigos—, aclaró.

Y allá fueron todos a la comisaría. Don Tomás casi se tragaba el puro de la bilis que traía, cuando el joven le aclaró:

—¿No le dije que esta mula no estaba a la venta y usted se empeñó?

Y el pueblo:

—Sí, don Tomás, eso le dijo.

—Pero me timaste—. Rayos y centellas surgían de los ojos del ricachón acompañados del humo del puro.

—Yo le dije que se trataba de una mula muy especial.

Y el pueblo:

—Sí, don Tomás, eso le dijo.

—Me vendiste una mula ciega.

—¿No le dije que se tenía que manejar como una bicicleta?

Y el pueblo:

—Sí, don Tomás, eso le dijo.

Y don Tomás, el rico del pueblo, dueño de vidas y haciendas, tuvo que tragarse su ira y respetar el trato, ya que si de algo se preciaba, era de ser hombre de palabra.

EL ESPINAZO DEL DIABLO

Por: César Vergara

Una noche nos reunimos a charlar Carlos Cañedo, Orlando Barragán y yo. La plática giró en torno a anécdotas de misterio. Cuando me tocó el turno, platiqué la historia que nos contó hace muchos años el papá de José Alberto.

En su juventud, el papá de José Alberto había sido torero. En aquella ocasión andaba con sus amigos toreando y festejando por el rumbo de Guanajuato, Durango o Nayarit.

Después de algún tiempo, decidieron continuar su travesía, pero se embrollaron con algunas amistades casuales, con las que entre plática y fiesta, se les hizo de noche. pese a que era tarde, y aunque las personas del lugar intentaron disuadirlos, decidieron seguir su camino.

Cuando ya estaban todos dentro del auto, los lugareños les advirtieron:

—Ya que decidieron partir, por favor tengan mucho cuidado, en especial en una parte del camino que le dicen “El Espinazo del Diablo”, porque está llena de curvas muy cerradas, muy peligrosas y pegadas una detrás de otra. Pero hay una curva en particular donde dicen que se aparece un espectro que saca a la gente del camino ¡Cuidado!

Tragando gordo luego de tal advertencia, se fueron.[1]

La noche era muy oscura. Viajaron sin novedad por espacio de mucho rato. Repentinamente, al haz de la luz del vehículo vieron un ente que, a toda prisa corrió sobre la cinta asfáltica y vino a su encuentro.

Advertidos de la amenaza, los amigos le gritaron al conductor.

— ¡No te detengas! ¡Acelera!

El ente vino a caer de bruces sobre el cofre del coche, y pegó el rostro al parabrisas. ¡Pero qué digo rostro! Era una calavera por completo descarnada. Todos iban presa del pánico.

El espectro aquel no paraba de proferir maldiciones.

—Ora sí, desgraciados, ¡les llegó la hora! aquí mismito se van a morir todos, malditos hijos de…—,dijo mientras se movía de un lado a otro tratando de impedir la visibilidad a Pepe, el conductor, quien, con el Jesús en la boca, abrió la ventanilla para asomarse, frente a lo cual el ente calavérico reaccionó estirando una huesuda mano, con la que casi le arañaba el rostro.

— ¡Malditos perros, se van a arrepentir de haber nacido, se los va llevar la fregada!

Pepe se inclinó hacia la derecha; el espectro nuevamente se recorrió para obstaculizar su visión.

Al interior del auto todos sudaban frío y rezaban, alguno le daba ánimo al conductor, con apenas en hilo de voz:

—Ten calma manito, maneja despacio, no te desesperes.

Y así continuaron varios kilómetros, noche cerrada, la niebla hasta abajo.

Como su nombre lo indica, la carretera tiene una curva detrás de la otra de manera ininterrumpida, tan retorcida como se supone que sea el espinazo del diablo.

Infinitos minutos más adelante, el ente de ultratumba se deslizó a un lado del automóvil y se dejó caer, con lo cual terminó la espeluznante aventura.