EL ESPINAZO DEL DIABLO

Por: César Vergara

Una noche nos reunimos a charlar Carlos Cañedo, Orlando Barragán y yo. La plática giró en torno a anécdotas de misterio. Cuando me tocó el turno, platiqué la historia que nos contó hace muchos años el papá de José Alberto.

En su juventud, el papá de José Alberto había sido torero. En aquella ocasión andaba con sus amigos toreando y festejando por el rumbo de Guanajuato, Durango o Nayarit.

Después de algún tiempo, decidieron continuar su travesía, pero se embrollaron con algunas amistades casuales, con las que entre plática y fiesta, se les hizo de noche. pese a que era tarde, y aunque las personas del lugar intentaron disuadirlos, decidieron seguir su camino.

Cuando ya estaban todos dentro del auto, los lugareños les advirtieron:

—Ya que decidieron partir, por favor tengan mucho cuidado, en especial en una parte del camino que le dicen “El Espinazo del Diablo”, porque está llena de curvas muy cerradas, muy peligrosas y pegadas una detrás de otra. Pero hay una curva en particular donde dicen que se aparece un espectro que saca a la gente del camino ¡Cuidado!

Tragando gordo luego de tal advertencia, se fueron.[1]

La noche era muy oscura. Viajaron sin novedad por espacio de mucho rato. Repentinamente, al haz de la luz del vehículo vieron un ente que, a toda prisa corrió sobre la cinta asfáltica y vino a su encuentro.

Advertidos de la amenaza, los amigos le gritaron al conductor.

— ¡No te detengas! ¡Acelera!

El ente vino a caer de bruces sobre el cofre del coche, y pegó el rostro al parabrisas. ¡Pero qué digo rostro! Era una calavera por completo descarnada. Todos iban presa del pánico.

El espectro aquel no paraba de proferir maldiciones.

—Ora sí, desgraciados, ¡les llegó la hora! aquí mismito se van a morir todos, malditos hijos de…—,dijo mientras se movía de un lado a otro tratando de impedir la visibilidad a Pepe, el conductor, quien, con el Jesús en la boca, abrió la ventanilla para asomarse, frente a lo cual el ente calavérico reaccionó estirando una huesuda mano, con la que casi le arañaba el rostro.

— ¡Malditos perros, se van a arrepentir de haber nacido, se los va llevar la fregada!

Pepe se inclinó hacia la derecha; el espectro nuevamente se recorrió para obstaculizar su visión.

Al interior del auto todos sudaban frío y rezaban, alguno le daba ánimo al conductor, con apenas en hilo de voz:

—Ten calma manito, maneja despacio, no te desesperes.

Y así continuaron varios kilómetros, noche cerrada, la niebla hasta abajo.

Como su nombre lo indica, la carretera tiene una curva detrás de la otra de manera ininterrumpida, tan retorcida como se supone que sea el espinazo del diablo.

Infinitos minutos más adelante, el ente de ultratumba se deslizó a un lado del automóvil y se dejó caer, con lo cual terminó la espeluznante aventura.

EL GAMBUSINO DE COATEPEC

POR: @vergaracesar1

A finales de la década de los ochenta, en una región tan tradicionalista y provinciana como es Coatepec, Veracruz, se organizó la búsqueda de un tesoro. La leyenda había circulado en la familia desde los tiempos del abuelo Simón, aquel hombrazo rubio de ojos azules, alto y fornido como un roble que llegó de España siendo niño, a abrirse camino en tierra tropical: “en la Casa de Altos espantan porque hay un tesoro enterrado”, pero nunca había pasado del comentario hasta ese momento, en que estaban en pláticas para venderla. El primo Lucino dio una enérgica opinión:

–       Pues hay que escarbarle antes de deshacernos de ella

De inmediato se unieron a la partida los familiares más entusiastas, o los más ambiciosos. Antes que canta un gallo, ya habían conseguido un gambusino, es decir, una persona especializada en este tipo de menesteres.

Acordaron verse para tal día en una cafetería de Coatepec, para charlar sobre el tema. El gambusino, de nombre Reyes, resultó  ser un hombrón gigantesco, de más cien kilos de peso, cuadrado como un ropero y luengas barbas. Les hizo saber que él contaba con amplia experiencia en la extracción de tesoros, que había recuperado doblones españoles frente a las costas de Antón Lizardo, que contaba con tales y cuales aparatos para detectar metales, aunque estuvieran enterrados a muchos metros de profundidad, y por si fuera poco, poseía sensibilidad y clarividencia particulares, que le permitían saber con exactitud en qué parte podía hallarse algún tesoro.

Lucino y compañía se convencieron de que él era la persona que necesitaban. Acordaron los porcentajes a repartirse una vez encontrado el cofre lleno de monedas de oro o lo que hallasen, yconvinieron iniciar los trabajos a la mañana siguiente, y así fue. Desde temprana hora se dieron a la tarea de recorrer el caserón aquel, de sótano a techo, sin dejar de revisar un solo rincón, con detectores de metales muy sofisticados, que tenían unos alambritos en forma de ele y, asidos en los puños, se movían solos, conforme particulares corrientes de esotérica energía los guiase, mientras el hombre extendía las palmas extendidas de sus manazas. Hacia ese mediodía, Reyes concluyó:

–       El tesoro se halla en el patio central

Y hacia allá fueron. El lugar exacto lo indicaron los alambritos aquellos, al ponerse en cruz uno sobre el otro:

–       aquí es  – confirmó.

Las excavaciones comenzaron. Éste fue un peregrinar de tías, primos, ahijados y amigos que, picados de curiosidad y un poquito de codicia, desfilaban por el caserón de varios siglos de antigüedad, donde a lo largo de los años varias familias habían asentado sus reales desde la época de la Colonia y donde comprensiblemente habían llevado a cabo construcciones, demoliciones y fortificaciones conforme les era menester en su momento.

Pero al cabo de las semanas, lo que había sido emoción y gusto, desapareció para dar paso al tedio. Poco a poco, los curiosos desaparecieron. No era muy emocionante pasar las horas viendo a Mateo echar paladas y más paladas de tierra. Mateo era chiquilicuatro * y rebejillo **, rubio tostado de ojos verdes, lo que se dice un güero de rancho, cuya peculiaridad consistía en ser sordomudo. Empleado de Lucino, éste lo había asignado para ser el cavador de la “expedición”.

A este chiquilín le correspondía el pesadísimo trabajo de excavar, ora con pico, ora con pala, mientras el resto de la expedición (el gambusino, el tío Juan, Jorge y el primo Lucino, todos ellos por el metro ochenta y tantos de estatura, y una robustez y barrigas de concurso) lo observaban atentamente, no fuera a ser que de repente apareciera alguna moneda de oro, y que éste se la embolsase. En una de tantas sesiones, Reyes, compadeciendo al pobre muchacho por el duro trabajo, pidió que cesara la acción y les indicó :

–       Este tesoro está enterrado muy profundo. Con mis poderes lo voy a subir aunque sea un poco, para que nos sea más fácil sacarlo

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Acto seguido, cerró los ojos y se puso en trance. Poco después, informó:

–       Ya siento el tesoro, está muy hondo

Posteriormente, con sus fierritos en forma de ele en sendas manos, apuntando hacia abajo en algún punto frente a sí, procedió a hacer esfuerzos sobrehumanos, siempre con los ojos bien apretados, frunciendo el entrecejo y haciendo muecas por el intenso empeño que ponía. Al mismo tiempo, iba levantando los brazos muy lentamente, hasta que los alambritos, en vez de apuntar a las rodillas, terminaron por apuntar a la panza de la persona que tenía delante.

–       ¡ya!  – dijo en tono triunfal.

Enjugándose el sudor, producido por tamaño esfuerzo mental, aclaró:

–       Logré levantarlo medio metro, está muy profundo, debemos seguir –

Lucino hizo una seña y Mateo reanudó la tarea.

Un buen día, cuando ya habían sacado camionadas de tierra y el agujero llevaba unos diez metros de profundidad, hallaron una especie de anillo perfectamente cilíndrico, un brocal preciosamente tallado en piedra, más allá, se abría un abismo, cuyo fondo no se alcanzaba a vislumbrar con la luz de las linternas.

–       Allí está el tesoro, ésta es la entrada que lleva a él –  afirmó el gambusino –

Los participantes de la aventura, se miraron entre sí, nadie podría caber por el estrecho pasadizo gracias a sus anchas espaldas, por no hablar de sus tremendas barrigas. Nadie… salvo el sudoroso mudito que, sofocado, jadeaba recargado en una pala.

–       Mateo – ordenó Lucino – vas para adentro – y acompañó sus palabras, de elocuente gesto.

Un torrente de biliosos balbuceos incomprensibles fue la respuesta. El hombrecito no se movió de su lugar, en cambio, seguía emitiendo sonidos guturales mientras señalaba el antro y luego alzaba las manos al cielo como dando a entender: ¡pero a quién se le ocurre!

Trajeron una soga, pero para atársela a la cintura, fue forzoso inmovilizarlo entre todos. Él se resistía.

–       órale, mudo, tú puedes – lo alentaban entre exhorto y amenaza.

Ataron el cabo de la soga a un árbol, y para meter al hombrecito al hoyo, tuvieron que llevarlo en vilo. Mateo profería entrecortados gritos y amenazaba con los puños mientras tiraba mordiscos. Al final, casi a patadas, lo hicieron pasar por el angosto orificio y le dieron soga. Poco a poco, lo fueron bajando cosa de diez metros.

–       ¿cómo vas, Mateo?

Pujidos biliosos subían desde las profundidades.

–       oigan – dijo alguien – ¿Cómo nos va a explicar lo que vio allá abajo?

Luego de lo que consideraron un plazo razonable, izaron al mudo. Mateo salió del antro, iracundo, con el rostro desencajado. Al borde del paroxismo, se dio a la tarea de señalar a cada uno de los miembros de la expedición, menos a Lucino, que a fin de cuentas era su jefe. Después hizo una pantomima, como si tocara el violín y apuñalara a éste con el arco, clavando éste hasta la empuñadura, lo que se dice hacer un violín. Al mismo tiempo, su balbuceo incoherente no cesaba.

–       ¿qué viste, mudo? – le preguntó el tío Juan, muy comedido.

Por toda respuesta, Mateo renovó la pantomima de cruzar un brazo por encima del otro con los puños cerrados, señalando a cada uno, para hacerle entender que era él y ningún otro, el receptor de tal majadería. Esta vez fue Lucino el que le preguntó:

–       ¿Qué viste allá abajo, Mateo?

Y de nueva cuenta, el güerejo sordomudo, presa de un terrible coraje, que no alcanzaba a externar, volvía a su gutural balbuceo, y a señalar a cada uno, para luego mentárselas de aquella manera poco verbal pero efectiva. A todos, pero a su jefe no, a éste, le hizo una seña con las palmas de las manos hacia abajo,  indicando que tuviera paciencia, y nuevamente hizo una ronda de frescas a todos los presentes, mientras sus gimoteos transmitían claramente su intención, por más que no utilizara verbo ni vocablo alguno.

Ya con la ira un tanto disminuida, le explicó a Lucino a qué lugar lo habían hecho descender. Él desde un principio, supo de qué sitio se trataba, de ahí su negativa profunda al forzado descenso y más claro tenía, que ahí no se encontraba tesoro alguno, ni nada que lo pareciese. La pantomima de Mateo no podía ser más elocuente. Acuclillándose, se llevó una mano al rostro, como quien piensa o hace alguna cosa con suma intensidad. El brocal aquel tan labrado, no era sino la boca de una letrina, y la caverna del supuesto tesoro era el lugar adonde iba a parar todo aquello de lo que la gente se desprende cuando va de visita a tales lugares. Se trataba de una antigua fosa séptica.

Finalmente Lucino y sus familiares cerraron el trato y cumplidas las fechas, entregaron la casa llena de agujeros en pisos y  muros. Del tesoro, jamás hallaron la mínima huella. La Casa de Altos es, hoy, una cafetería.

A finales de la década de los ochenta, en una región tan tradicionalista y provinciana como es Coatepec, Veracruz, se organizó la búsqueda de un tesoro. La leyenda había circulado en la familia desde los tiempos del abuelo Simón, aquel hombrazo rubio de ojos azules, alto y fornido como un roble que llegó de España siendo niño, a abrirse camino en tierra tropical: “en la Casa de Altos espantan porque hay un tesoro enterrado”, pero nunca había pasado del comentario hasta ese momento, en que estaban en pláticas para venderla. El primo Lucino dio una enérgica opinión:

–       Pues hay que escarbarle antes de deshacernos de ella

De inmediato se unieron a la partida los familiares más entusiastas, o los más ambiciosos. Antes que canta un gallo, ya habían conseguido un gambusino, es decir, una persona especializada en este tipo de menesteres.

Acordaron verse para tal día en una cafetería de Coatepec, para charlar sobre el tema. El gambusino, de nombre Reyes, resultó  ser un hombrón gigantesco, de más cien kilos de peso, cuadrado como un ropero y luengas barbas. Les hizo saber que él contaba con amplia experiencia en la extracción de tesoros, que había recuperado doblones españoles frente a las costas de Antón Lizardo, que contaba con tales y cuales aparatos para detectar metales, aunque estuvieran enterrados a muchos metros de profundidad, y por si fuera poco, poseía sensibilidad y clarividencia particulares, que le permitían saber con exactitud en qué parte podía hallarse algún tesoro.

Lucino y compañía se convencieron de que él era la persona que necesitaban. Acordaron los porcentajes a repartirse una vez encontrado el cofre lleno de monedas de oro o lo que hallasen, yconvinieron iniciar los trabajos a la mañana siguiente, y así fue. Desde temprana hora se dieron a la tarea de recorrer el caserón aquel, de sótano a techo, sin dejar de revisar un solo rincón, con detectores de metales muy sofisticados, que tenían unos alambritos en forma de ele y, asidos en los puños, se movían solos, conforme particulares corrientes de esotérica energía los guiase, mientras el hombre extendía las palmas extendidas de sus manazas. Hacia ese mediodía, Reyes concluyó:

–       El tesoro se halla en el patio central

Y hacia allá fueron. El lugar exacto lo indicaron los alambritos aquellos, al ponerse en cruz uno sobre el otro:

–       aquí es  – confirmó.

Las excavaciones comenzaron. Éste fue un peregrinar de tías, primos, ahijados y amigos que, picados de curiosidad y un poquito de codicia, desfilaban por el caserón de varios siglos de antigüedad, donde a lo largo de los años varias familias habían asentado sus reales desde la época de la Colonia y donde comprensiblemente habían llevado a cabo construcciones, demoliciones y fortificaciones conforme les era menester en su momento.

Pero al cabo de las semanas, lo que había sido emoción y gusto, desapareció para dar paso al tedio. Poco a poco, los curiosos desaparecieron. No era muy emocionante pasar las horas viendo a Mateo echar paladas y más paladas de tierra. Mateo era chiquilicuatro * y rebejillo **, rubio tostado de ojos verdes, lo que se dice un güero de rancho, cuya peculiaridad consistía en ser sordomudo. Empleado de Lucino, éste lo había asignado para ser el cavador de la “expedición”.

A este chiquilín le correspondía el pesadísimo trabajo de excavar, ora con pico, ora con pala, mientras el resto de la expedición (el gambusino, el tío Juan, Jorge y el primo Lucino, todos ellos por el metro ochenta y tantos de estatura, y una robustez y barrigas de concurso) lo observaban atentamente, no fuera a ser que de repente apareciera alguna moneda de oro, y que éste se la embolsase. En una de tantas sesiones, Reyes, compadeciendo al pobre muchacho por el duro trabajo, pidió que cesara la acción y les indicó :

–       Este tesoro está enterrado muy profundo. Con mis poderes lo voy a subir aunque sea un poco, para que nos sea más fácil sacarlo

Acto seguido, cerró los ojos y se puso en trance. Poco después, informó:

–       Ya siento el tesoro, está muy hondo

Posteriormente, con sus fierritos en forma de ele en sendas manos, apuntando hacia abajo en algún punto frente a sí, procedió a hacer esfuerzos sobrehumanos, siempre con los ojos bien apretados, frunciendo el entrecejo y haciendo muecas por el intenso empeño que ponía. Al mismo tiempo, iba levantando los brazos muy lentamente, hasta que los alambritos, en vez de apuntar a las rodillas, terminaron por apuntar a la panza de la persona que tenía delante.

–       ¡ya!  – dijo en tono triunfal.

Enjugándose el sudor, producido por tamaño esfuerzo mental, aclaró:

–       Logré levantarlo medio metro, está muy profundo, debemos seguir –

Lucino hizo una seña y Mateo reanudó la tarea.

Un buen día, cuando ya habían sacado camionadas de tierra y el agujero llevaba unos diez metros de profundidad, hallaron una especie de anillo perfectamente cilíndrico, un brocal preciosamente tallado en piedra, más allá, se abría un abismo, cuyo fondo no se alcanzaba a vislumbrar con la luz de las linternas.

–       Allí está el tesoro, ésta es la entrada que lleva a él –  afirmó el gambusino –

Los participantes de la aventura, se miraron entre sí, nadie podría caber por el estrecho pasadizo gracias a sus anchas espaldas, por no hablar de sus tremendas barrigas. Nadie… salvo el sudoroso mudito que, sofocado, jadeaba recargado en una pala.

–       Mateo – ordenó Lucino – vas para adentro – y acompañó sus palabras, de elocuente gesto.

Un torrente de biliosos balbuceos incomprensibles fue la respuesta. El hombrecito no se movió de su lugar, en cambio, seguía emitiendo sonidos guturales mientras señalaba el antro y luego alzaba las manos al cielo como dando a entender: ¡pero a quién se le ocurre!

Trajeron una soga, pero para atársela a la cintura, fue forzoso inmovilizarlo entre todos. Él se resistía.

–       órale, mudo, tú puedes – lo alentaban entre exhorto y amenaza.

Ataron el cabo de la soga a un árbol, y para meter al hombrecito al hoyo, tuvieron que llevarlo en vilo. Mateo profería entrecortados gritos y amenazaba con los puños mientras tiraba mordiscos. Al final, casi a patadas, lo hicieron pasar por el angosto orificio y le dieron soga. Poco a poco, lo fueron bajando cosa de diez metros.

–       ¿cómo vas, Mateo?

Pujidos biliosos subían desde las profundidades.

–       oigan – dijo alguien – ¿Cómo nos va a explicar lo que vio allá abajo?

Luego de lo que consideraron un plazo razonable, izaron al mudo. Mateo salió del antro, iracundo, con el rostro desencajado. Al borde del paroxismo, se dio a la tarea de señalar a cada uno de los miembros de la expedición, menos a Lucino, que a fin de cuentas era su jefe. Después hizo una pantomima, como si tocara el violín y apuñalara a éste con el arco, clavando éste hasta la empuñadura, lo que se dice hacer un violín. Al mismo tiempo, su balbuceo incoherente no cesaba.

–       ¿qué viste, mudo? – le preguntó el tío Juan, muy comedido.

Por toda respuesta, Mateo renovó la pantomima de cruzar un brazo por encima del otro con los puños cerrados, señalando a cada uno, para hacerle entender que era él y ningún otro, el receptor de tal majadería. Esta vez fue Lucino el que le preguntó:

–       ¿Qué viste allá abajo, Mateo?

Y de nueva cuenta, el güerejo sordomudo, presa de un terrible coraje, que no alcanzaba a externar, volvía a su gutural balbuceo, y a señalar a cada uno, para luego mentárselas de aquella manera poco verbal pero efectiva. A todos, pero a su jefe no, a éste, le hizo una seña con las palmas de las manos hacia abajo,  indicando que tuviera paciencia, y nuevamente hizo una ronda de frescas a todos los presentes, mientras sus gimoteos transmitían claramente su intención, por más que no utilizara verbo ni vocablo alguno.

Ya con la ira un tanto disminuida, le explicó a Lucino a qué lugar lo habían hecho descender. Él desde un principio, supo de qué sitio se trataba, de ahí su negativa profunda al forzado descenso y más claro tenía, que ahí no se encontraba tesoro alguno, ni nada que lo pareciese. La pantomima de Mateo no podía ser más elocuente. Acuclillándose, se llevó una mano al rostro, como quien piensa o hace alguna cosa con suma intensidad. El brocal aquel tan labrado, no era sino la boca de una letrina, y la caverna del supuesto tesoro era el lugar adonde iba a parar todo aquello de lo que la gente se desprende cuando va de visita a tales lugares. Se trataba de una antigua fosa séptica.

Finalmente Lucino y sus familiares cerraron el trato y cumplidas las fechas, entregaron la casa llena de agujeros en pisos y  muros. Del tesoro, jamás hallaron la mínima huella. La Casa de Altos es, hoy, una cafetería.

JHOFI EN EL PAIS DE LOS ENOJAURIOS

POR: @vergaracesar1

 (fragmento, novela para niños)

ESTA ES LA HISTORIA de una niña maravillosa, con una sonrisa de plena felicidad y un corazón alegre y simpático, aunque algo metiche, como el de muchas niñas.

También es la historia de dos personajes rarísimos que vivían en un castillo en el corazón del país de los Enojaurios: dos perritos de nombre Doña Nieves y Chentito-bebé y de cómo se conocieron éstos con Jhofi y su hermano Jhoge.

Pero como las historias se cuentan mejor cuando comienzan desde el principio, aquí vamos:

El relato no se inicia con Jhofi, como juraría cualquiera, sino con Elías, el Brujo del pueblo.

Este hombre –si se le podía llamar así –, era un verdadero misterio para todos los habitantes del pueblo: pasaba casi todo el tiempo en su choza, muy distante, a mitad del bosque, por allá en lo alto de la montaña, entregado a lo que parecía, a toda una serie de rituales y cantos muy extraños, muy secretos, que nadie más que él comprendía.

Los habitantes del pueblo poco le hacían caso, no por pensar que estuviera loco o alguna otra razón por el estilo, sino porque le tenían mucho respeto y también un poco de miedo. Además, él casi nunca se metía con nadie: en reciprocidad, nadie se metía con él. Acaso por eso mismo, cuando hablaba, sus palabras eran muy tomadas en cuenta.

Ah, pero este brujo no era un hombre común y corriente, ¡No! Algunos creían que ni siquiera podía dársele este calificativo. Indudablemente que se trataba de un singular personaje, por ejemplo: en vez de pelo, de la cabeza le salían ramitas ¡y con hojitas!

Un día Elías bajó al pueblo por unas gallinas. Nadie consideraría que se las venía a robar, puesto que todos estaban conscientes de que el brujo, para poder dedicarse con gusto y entera libertad a la magia, debía estar exento de las pesadas labores del campo, así pues, cuando requería de algo, ya fuese para sacrificarlo a los dioses o sencillamente para guisarlo y comérselo (lo cual todo el mundo estaba convencido de que era la verdad), no necesitaba más que tomarlo, ya se tratase de blanquillos, una rebanada de pastel o, como en este caso, unas gallinas.

Cabe mencionar que tales aportaciones eran motivo de orgullo para el dueño de los bienes, ya que le daba un status el ser partícipe de la buena alimentación y disciplinas de tan importante personaje.

Habría que decir que esto sucedía con poca frecuencia, ya que al brujo, de los tobillos en vez de vellos, le crecían unas fuertes varas que, luego de cubrirle por entero el lugar destinado a los pies, llegaban hasta el suelo, pues eran raíces, propiamente, por lo que, las más de las veces, Elías ocupaba un lugar preciso del bosque de las Lunas Ciegas, en mitad de un grupo de árboles, y ahí se quedaba, perfectamente inmóvil, durante días, noches y semanas, sobre todo en época de lluvias o en luna llena, con los brazos extendidos (por arte de un prodigio semejante al de los pies, en lugar de dedos y manos le crecían ramitas y hojitas) meciéndose suavemente al ritmo de la brisa, cual si de otro árbol más se tratase, que igualmente se alimentaba de la tierra, del sol, de la lluvia, de la luna…hasta que, repentinamente algún evento fortuito lo sacaba de su trance. Aunque en general disfrutaba de los trinos de las aves, algún pajarito cantarín en exceso lograba irritarlo muchísimo. También lo hacía reaccionar una puesta de sol particularmente bella, un amanecer magnífico, cuando las arañas le hacían cosquillas al tejer sus ingeniosas y geométricas trampas de delgadísima consistencia o bien una tormenta, sobre todo cuando la causa de su despertar era que un rayo le cayera en la cabeza. Ya vuelto en sí, no se ponía a correr y brincar como si nada, sino que sufría un proceso de aclimatación: primero comprendía que ya había dejado de ser árbol, o que nunca lo había sido o lo que fuera; al poco tiempo, horas o días, nadie podía asegurarlo, comprendía que ya era otra vez hombre-árbol o ser-naturaleza-consciente… brujo, pues, en una palabra.

¡En fin! El caso es que ese día bajó al pueblo, y ya con senda gallina debajo de cada brazo, se acercó a la fuente donde Jhofi jugueteaba, y le dijo muy solemne:

–¡Valentía, muchacha! Muy pronto te irás de este pueblo a desfacer un entuerto: habrás de enderezar un tronco que está torcido por la maldad, después de lo cual volverás convertida en una guerrera, pero no será pronto, ni fácil. ¡Cuida a tu hermano!

Este comentario a Jhofi la dejó helada, para empezar porque su hermano Jhoge era mayor que ella.

Elías, que ya había dado algunos pasos alejándose, volvió un poco la cabeza para agregar:

–Si llegaras a necesitarme, piensa en flores, y yo siempre estaré contigo.

Jhofi esperó muy quietecita, chorreándole por la cabeza el agua de la fuente que había estado jugando, en espera de alguna otra palabra, pero fue en vano: el brujo se alejó hasta perderse de vista más allá de las últimas casas del pueblo, acompañado del rítmico sonido que hacía al andar, como si barrieran con una escoba de varas.

No bien su mamá vio que el brujo ya no aparecía, tomó de la mano a la niña y a su hermano que también por ahí andaba jugueteando y a toda prisa corrieron a su casa.

Sin mediar palabra, sacó la mamá del ropero una vieja y polvorienta maleta de cuero, a cuyo interior procedió a arrojar prendas de ropa sin ton ni son, a la vez que lloraba y rezaba.

Mudos, ambos hermanos veían a su mamá llena de estupor, sin saber qué hacer. Ella, por toda explicación, ordenó:

–Jhofi: métete a bañar antes de que te enfermes por andarte mojando, mira nada más cómo estás: toda chorreada. ¡Y no te tardes, porque luego se va a bañar tu hermano!

Jhofi iba a repelar, como de costumbre con su consabido “¿y yo por qué?” pero, dadas las circunstancias, comprendió que sería preferible obedecer en silencio.

Ya que Jhofi se hubo retirado, Johoge, el hermano, preguntó:

–¿Qué está pasando, mamá? ¿por qué haces maleta? ¿Adónde vamos?

La mujer era toda actividad. Cerró la petaca, luego de lo cual procedió a golpearla repetidamente con un trapo: era el método universal más antiguo existente para desempolvar las cosas. Mientras esto hacía, respondió:

–¿Qué no oíste lo que dijo Eneas? En cuanto llegue tu padre se van a ir, pero muy lejos de aquí, donde estén a salvo de la maldición que les profirió ese hombre malvado a ti y a tu hermana.

Una vez la maleta quedó limpia, o cuando la mamá desquitó un tanto su coraje y su miedo, quién sabe, se dirigió a la cocina.

Con rápidos y certeros movimientos desató el garabato, luego de lo cual procedió a preparar unas tortas de jamón y queso.

Un garabato era una herramienta muy popular en aquellos ayeres tan antiguos en que no existía el refri, la estufa de gas ni tantos otros inventos que damos por sentados en nuestra época. En aquellos años en aquel mundo, de forma similar a lo que ocurría en nuestra Edad Media, la comida que se guardaba era más bien poca: pan, queso, huevos, un poco de carne en conserva al estilo de la cecina o el tocino, pan y poco más. Todo eso se colocaba en una mesa en la cocina, pero para que estuviera a salvo de perros, gatos, ratas, chiquillos tragaldabas y demás alimañas, dicha mesa  se suspendía del techo por medio de una cuerda: a esto se le llamaba un garabato. De ahí la expresión: un ojo al gato y otro al garabato.

Bien, mientras la mamá terminaba de preparar las tortas de jamón, mencionemos a Jhoge:

Era el hermano mayor de Jhofi. Si bien aún no dejaba de ser un niño, ya había alcanzado la estatura a la que llegan ciertos chamaquitos, que parece que les hubieran puesto fertilizante en exceso, pero sin llegar a convertirse todavía en un muchacho. Con su hermana no se llevaba ni bien ni mal, como es frecuente que suceda entre hermanos: a veces jugaban y a veces se peleaban, pero aunque nunca se lo decían, se querían mucho y eran los mejores amigos. La voz de Jhoge aún era de niño, pero con ciertos gallitos, quiebres y ronqueras temporales que indicaban a todas luces que el tiempo de la adolescencia no estaba muy lejano.

Y ya que estamos en las aclaraciones, faltó hablar del Bosque de las Lunas Ciegas: se llamaba así porque durante el verano, en las noches de luna llena, las arañas se llenaban de un frenesí inexplicable y les daba por llenar de telarañas todos los árboles, telarañas entre las ramas de un mismo árbol y también telarañas entre las ramas de unos árboles a otros. Además la noche se llenaba de una bruma muy espesa, de manera que era imposible ver la luna, ya ni hablar de las estrellas. Estrellas fugaces o brujas volando en escobas, ¡menos!

Lo que sí es que en tales  noches se llegaba a presentar por ahí algún unicornio de los que venían de visita (o extraviaban el rumbo en la bruma, nadie estaba seguro) procedentes del cercano bosque encantando de Brocelandia, rumbo por el cual era fama que el río se volvía mágico.

Alguno que por allí se aventuró mencionó la existencia de un venado encantado, gigantesco, de cornamenta dorada, pero eso es otra historia[1].

La mamá, de nombre Úrsula, terminó de preparar los bocadillos, los guardó en una bolsa de papel y fue a gritarle a su hija:

–Ya deja de desperdiciar agua, que todavía se tiene que bañar tu hermano.

Pro las dudas, mandó a éste a sacar más agua del pozo.

Ya desde entonces las casas tenían un cuarto dedicado al aseo personal así como a otros menesteres muy privados; la costumbre reinante consistía en bañarse con cubetas y a jicarazos.

El papá de esta familia, de nombre Jherónimo, era un hombre bonachón y muy paciente, cuya principal preocupación en la vida era que su mujer, Úrsula como ya dijimos, se pusiera de mal humor, lo cual por otra parte, no sucedía con frecuencia.

Esa noche, luego de cerrar su taller de herrería, cuidando que hubiera suficiente carbón como para que la brasa permaneciera hasta el día siguiente – su otra gran preocupación en la vida era que el fogón para su fuelle no se extinguiera –, se dirigió a charlar con su amigo el panadero. El móvil de su visita no era tanto la amistad como el estómago (que Jherónimo tenía bastante desarrollado), pues le había llevado a hornear un ganso (su tercera y última preocupación en la vida consistía en pasar hambre y la peor pesadilla en su vida era que no hubiera suficiente de comer a las horas de los sagrados alimentos). Además le compró dos panes para acompañar la merienda, que ya se le antojaba de lo más apetitosa.

Luego de charlar durante largos y despreocupados minutos, se encaminó a su casa,  con toda calma y saludando cordialmente a todo el mundo al pasar, cual era la regla de urbanidad en aquel tiempo.

Ya le tronaban las tripas de hambre. En ese momento ya no existía nada más importante en su horizonte que la cena.

Por eso se sorprendió tanto cuando vio a sus hijos bañados, cambiados y listos para viajar, mientras Úrsula recorría la casa entera como una ráfaga, quitando aquí, poniendo allá y corrigiéndolo todo.

–¡Vaya!—le dijo por todo saludo–. Ya era hora de que llegaras: tus hijos te están esperando para partir: ya váyanse.

Jherónimo, por toda respuesta, colocó ganso y pan sobre el garabato, se sirvió unas buenas rebanadas de ambas cosas en un plato de barro, para posteriormente dedicarse a cenar con toda parsimonia, rociando sus bocados con generosos vasos de vino (la bebida saludable de la época; además, la cosecha había sido muy buena ese año).

A pesar de su apuración, Úrsula comprendió que ni la amenaza de una fiera en embestida sería capaz de hacer que Jherónimo se pusiera en pie hasta que no quedara satisfecho su apetito, por lo que prefirió dedicar el tiempo a explicarle la situación:

–El brujo del pueblo le hizo una profecía a tus hijos: deben abandonar el pueblo cuanto antes, si no queremos que les pase nada malo.

–¿De qué hablas, mujer? ¿Y adónde vamos a ir?

–Adónde no sé, pero lejos: tú eres el hombre de la casa, tú debes de saber.

El hombrón aquel, grande, robusto, barrigón, levantó la vista del plato para encontrarse con los ojitos aterrorizados de sus hijos.

–A ver, vamos a ver –, dijo–. Vengan acá –.

Les extendió los brazos en un gesto protector. Los niños corrieron a abrazarlo, presas de sentimientos encontrados: se sentían a salvo porque su papá ya había llegado, pero tenían mucho tiempo al no comprender qué estaba pasando. Así, lloriqueaban y se reían alternativamente.

–Vamos por partes –insistió el papá –. ¿Qué fue lo que dijo el brujo?

A esas horas, ya la imaginación de la mamá había hecho crecer desproporcionadamente el asunto.

–¡Qué horror!–, dijo –. A mis pobres cachorritos se los van a llevar a otro país; y puede que les cuesta la vida y que ya nunca volvamos a verlos:

–Ay mamá, como crees, eso no fue lo que dijo –, sentenció Jhofi.

–Estás loca mamá, no inventes –, sentenció Jhoge.

–No le faltes al respeto a tu madre –, espetó el papá. Todos callaron.

Úrsula retomó:

–Hablo de una misión de la que, si llegan a volver, será hasta dentro de muchos años y tal vez ya no nos encuentren vivos, ¡hay que hacer algo!

Con esto la casa se llenó de gritos: la mamá llorando de desesperación ante el negro horizonte y los niños alegando que el brujo Elías no había dicho nada de eso, ni remotamente parecido.

Pasada la tormenta, todos se calmaron. El papá los convenció de que era mejor analizar el problema sin tener el estómago vacío, por lo que cenaron las tortas de jamón y queso que Úrsula había ya preparado.

Un buen rato más tarde, estando todos más tranquilos, sacaron en claro la premonición del brujo.

Jherónimo consideró que el asunto no era para tanto, que de un brujo se podría esperar cualquier cosa, por ejemplo que sus visiones del futuro resultaran por completo disparatadas y falsas, lo cual se demostraba generalmente con el paso del tiempo, y que de momento lo mejor que se podía hacer era dar cuenta del resto del ganso, que estaba francamente suculento antes de que el gato se lo acabara,

–Tal como sucedió la otra noche con el tocino, que quién sabe quién –, dirigió una significativa mirada a Jhoge –, dejó mal puesto por ahí encima en lugar de subirlo a su lugar: el garabato.

Como quiera, ya para la hora de la sobremesa, con el objeto de tranquilizar a Úrsula, que insistía en huir para evitar el peligro, acordaron ir a San Jhacinto, el pueblo vecino, a visitar a los abuelos de los niños.

Pese a los reclamos de la mamá, que insistía en partir de inmediato, todos convinieron en que en el remotísimo caso de que se hiciera absolutamente indispensable emprender un viaje, habría de ser con luz de día (a decir verdad, ni Jhofi ni Jhoge consideraban necesario ir a ninguna parte, sino que era preferible quedarse en su casa a coser y cantar, como se decía, pero no les hicieron caso).

Así pues, al día siguiente muy de mañana iniciaron el camino sin mencionárselo a nadie.

Este fue un error, ua que de haber comentado sus intenciones de visitar San Jhacinto, cualquiera les habría informado que a consecuencia de las fuertes lluvias de la temporada, el puente sobre el Río Jhavo se hallaba en muy malas condiciones, estropeado, resentido de la estructura y a punto de caer en cualquier momento.

Pero Jherónimo, ocupado como estaba siempre en la herrería, y Úrsula sin preocupación alguna por lo que sucediera en los pueblos o caminos, estaban ignorantes de la situación, por lo que se fueron a la buena de Dios, sin tener la menor idea de que por huir del peligro, se dirigían a él.

A media mañana, ya que el calor comenzaba a apretar, decidieron hacer una pausa para el almuerzo: fruta fresca y los restos de una tarta de manzana que aún quedaba de días atrás.

Pese a que vivían cerca, era la primera vez que los niños veían el río, por lo que abrumaron al papá con una serie de preguntas tocantes al tema, tales como:
–¿De dónde viene el río? ¿Adónde va? ¿Es peligroso? ¿Pasa por un despeñadero? ¿Es cierto que está embrujado?

Jherónimo levantó ambas manos pidiendo silencio y clemencia. Procedió a explicar, pero aclaremos, hay muchos papás que comienzan hablando de una cosa y terminan con otra. Este papá no era la excepción. Dijo:

–El Río Jhavo comienza en lo alto de unas montañas en un reino muy lejano donde es fama que vive un rey muy obeso y muy buena gente con sus súbditos[2] y con todo el mundo. Pasa este río por Jhetulio, nuestro reino, y se dirige al país de los Enojhaurios – al llegar a este punto, el papá, sin darse cuenta, bajó la voz –. Se adentra en ese misterioso lugar y regresa a nuestro reino muchas leguas más abajo, por lo que hay quienes lo llaman el río de la herradura. Así le decían en el reino de las anodi… –, se interrumpió–. En el país de los Enojhaurios.

–¿Qué es eso, papá?

–Así se llama el reino vecino, reino o país de los enojhaurios.

–No, papá, dijiste otra cosa.

Jherónimo no se hizo mucho del rogar para revelar el secreto:

–Cuando yo tenía su edad, hijitos…

–¿Cuál, la mía o la de mi hermano?–, interrumpió Jhofi.

–No importa –, terció la mamá–. No interrumpan, escuchen la historia.

–Cuando yo tenía su edad –, retomó el papá–, el vecino se llamaba el Reino de las Anodinas…

–¿Y por qué se llamaba así?–, preguntó Jhoge.

–Porque allí nunca pasaba nada de sustancia: el rey y la corte desperdiciaban sus vidas jugando a los naipes, compitiendo en modas, caballos y carruajes, pero dejaban al pueblo en paz, siquiera. Todo el mundo vivía tan feliz o tan infeliz como en cualquier otra parte. Era un país muy bello y muy próspero, pero un día, como un castigo divino por la fatuidad de la corte, llegó una malvada bruja…

–¿Venía montada en una escoba?

–¿Estaba chimuela?

–¿Estaba bizca?

–¿Se transformaba en guajolote para robarse a los niños?

–¡Dejen de interrumpir!—insistió la mamá.

Continuó Jherónimo:

–Y convirtió a los hijos del rey en unas bestias temibles de ver, que viven encadenadas en las más recónditas mazmorras del castillo. Dicen que se alimentan de carne humana y que basta mirarlos para morir de terror.

–¿Y eso es cierto, papá? – preguntó Jhoge.

Jherónimo levantó las cejas.

–La verdad es que nadie los ha visto, no son más que leyendas. Lo que sí se afirma es que nadie ha vuelto a ver a los niños del rey ni a muchos otros (que por lo demás no precisamente abundan en ese reino) y que el rey se la pasa llorando en su trono, mientras que quien gobierna con mano de hierro es la bruja ésa. Todo el mundo está muy enojado. La bruja tiene encantada a la población: convirtió a todo el mundo en biliosos insoportables que se la pasan peleando entre ellos. La bruja emplea este conjuro para mantenerlos distanciados entre sí, ya que si algún día se llegaran a unir, acabarían con ella de seguro.

–¿Y qué le pasó a los niños?

–Es un misterio: nadie ha vuelto a ver ni a los hijos del rey ni a casi ningún otro muchachito. Con el paso de los años poco a poco algunos de los pobladores han venido a asentarse de este lado de la frontera: hablan poco, no se mezclan ni se relacionan con nadie y todo el día están refunfuñando: de ese tiempo es que viene el nuevo nombre del reino vecino: son gente que siempre está enojada y por lo mismo se ve como si estuviera “ancianecida” como los dinosauros, de ahí el nombre: enojhaurios.

–¿Y tú cómo sabes tanto, papá?

–Yo soy un herrero, hijos: hace tiempo me mandaron llamar del reino de los enojhaurios  para que les fabricara todas las espadas, flechas, lanzas, dagas y demás para el ejército. Tuve que estar yendo y viniendo durante muchos meses. Al cabo al cabo, de tanto ir y venir trabé amistad con una señora que me contó todo esto que ahora les platico… que no sé ni por qué les estoy diciendo, ya que se supone que es secreto.

Con esto, dieron por terminada la pausa y siguieron su camino.